Ernesto Ruffo Appel tiene un lugar asegurado en los libros de historia: en 1989 fue el primer gobernador de oposición que le arrebató una entidad al PRI hegemónico, el hombre del abrazo incómodo con Salinas, el símbolo de que la alternancia era posible. Ayer sumó otro primer lugar, mucho menos honroso: se convirtió en el primer exgobernador detenido por la nueva causa nacional, el huachicol fiscal. La FGR lo capturó en Ensenada acusado de delincuencia organizada y contrabando, como accionista mayoritario de Ingemar, la empresa vinculada al decomiso de más de 15 millones de litros de hidrocarburos en Coahuila. Ya cayó el primero. La pregunta es quiénes siguen y, sobre todo, en qué orden.
Porque el club de gobernadores caídos es amplio y, hasta hace poco, notablemente bipartidista, con mayoría tricolor. Repasemos: Mario Villanueva, priista de Quintana Roo, pisó cárcel mexicana y fue extraditado a Estados Unidos por narcotráfico. Tomás Yarrington, priista de Tamaulipas, capturado en Italia y extraditado a Texas, donde se declaró culpable de lavado. Su paisano y sucesor, Eugenio Hernández, también procesado. Jorge Torres, el interino de Coahuila, se declaró culpable en cortes estadunidenses. Javier Duarte convirtió a Veracruz en sinónimo de saqueo y purga condena desde 2017. César Duarte, de Chihuahua, fue detenido en Miami y devuelto a México. Roberto Borge cayó en Panamá. Andrés Granier, en Tabasco, protagonizó el expediente de los mil trajes. Y del lado panista, Guillermo Padrés durmió en prisión por el caso Sonora, y Francisco García Cabeza de Vaca vivió años entre el desafuero y las órdenes de aprehensión. La colusión entre poder estatal y dinero sucio no tiene siglas: tiene oportunidades.
Lo que sí tiene siglas es el presente. Porque mientras Ruffo estrenaba esposas, la lista de gobernadores y exgobernadores de Morena bajo sospecha crece sin que ninguno haya pisado un juzgado. Rubén Rocha Moya, con licencia en Sinaloa, señalado en el expediente del secuestro de El Mayo Zambada, mientras Palacio insiste en que “haya pruebas”. La gobernadora de Baja California, quien desde hace un año hizo público lo de su visa. Y en las columnas de mayor circulación se ha reportado igualmente la revocación de visas de Alfonso Durazo y de Américo Villarreal —este último mostró la suya para, según él, desmentirlo—, en una ofensiva de Washington que, según esos mismos trascendidos, apunta a más gobernadores, senadores y funcionarios del partido en el poder. Sospechas no son sentencias, cierto. Pero tampoco lo eran cuando los sospechosos eran priistas y panistas, y entonces el hoy oficialismo no pedía prudencia: pedía cárcel.
Si Ruffo es culpable, que lo procesen, que lo castiguen. Pero resulta inevitable pensar que ahí está el verdadero significado de la detención de Ruffo, más allá de su expediente, que tendrá que probarse ante un juez, a Morena le urge emparejar la cancha —o más bien, emparejarla ópticamente—. Con el partido acumulando frentes (Sinaloa, los audios de Baja California, las visas revocadas, La Barredora en Tabasco), nada más oportuno que recordarle al país que la corrupción también habla panista y hacerlo con el panista más simbólico disponible: el padre de la alternancia en México, además, recién incorporado al consejo de Somos México, la nueva oposición que acaba de obtener registro rumbo a 2027. El mensaje es doble: miren, perseguimos a todos; y miren, sobre todo a quién perseguimos primero.
Y, sin embargo, la cancha tiene memoria propia. Porque hablando de huachicol fiscal, en varias columnas de circulación nacional ha trascendido que del otro lado de la frontera estaría por revelarse una investigación mayúscula contra un personaje del más alto nivel del sexenio pasado: un exgobernador del sureste que despachó después en Bucareli, hombre de todas las confianzas del expresidente, cuyo exsecretario de Seguridad ya duerme en el Altiplano. Si esa carpeta se abre, la detención de Ruffo quedará como lo que quizá siempre fue: el primer capítulo, no el principal. Ya cayó el primero de esta temporada morenista. Ojalá que investiguen y, si son culpables, caigan también todos los que faltan. Los libros de historia, otra vez, están tomando nota. Falta ver si la justicia también.
