Hay muertes que no sólo apagan una vida: apagan un reflector entero. Hoy, 30 de enero de 2026, murió Pedro Torres, y con él se va un productor que entendió antes que casi todos que la televisión no era “la caja”, sino el idioma con el que un país se mira a sí mismo. Su familia informó que partió en paz, rodeado de los suyos, tras enfrentar esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Lo llamo visionario sin adorno: lo fue. Porque Pedro Torres no produjo programas: produjo maneras de contar. En una industria que durante años confundió “salir al aire” con “hacer televisión”, él trabajó como si cada minuto compitiera contra el mundo entero. Y, spoiler con décadas de adelanto: eso terminó pasando.
Su intuición fue simple y feroz: la gente no consume formatos; consume historias. Por eso sus videos musicales no eran sólo glamour y playback: eran relatos comprimidos, minicine con ritmo de canción. Ahí está el caso emblemático de La incondicional de Luis Miguel, que quedó tatuado en la memoria popular no sólo por la música, sino por la narrativa visual.
Luego vino la jugada que muchos criticaron y que el tiempo terminó validando con una carcajada amarga: traer el reality a México. Big Brother México arrancó el 3 de marzo de 2002, en alianza de Televisa con Endemol, con conducción de Adela Micha. ¿Y qué estaba haciendo ahí Pedro Torres? Dibujando, sin querer, el mapa de lo que vendría: la fascinación por mirar vidas ajenas, la intimidad convertida en espectáculo, el juicio público como deporte nacional, la vigilancia como entretenimiento. Años después, las redes sociales harían lo mismo, pero sin horario y con producción automática: cada quien su propio casting, y el algoritmo como productor ejecutivo —sin alma, pero con métricas—.
También empujó estética y ritmo cuando la tele todavía se sentía invencible. Se integró a Televisa en 1997 y encabezó proyectos donde modernizó puesta en escena e imagen, incluyendo el noticiero de Joaquín López-Dóriga. Eso también era visión: entender que el lenguaje visual no es “decoración”, es credibilidad. Que un país no sólo escucha: también mira. Y cuando mira mal, cree mal. Después llegó el tsunami. Primero las redes: conversación, agenda, atención. Luego las plataformas: hábito. De pronto, ya no era “ver lo que toca”, sino “ver lo que quiero”, cuando quiero, en la pantalla que sea. YouTube nació en febrero de 2005 y cambió la lógica del video en internet. Netflix inició su streaming en 2007 y le puso fecha de caducidad al ritual de “la hora de la tele”. A partir de ahí, la televisión dejó de ser plaza pública y se volvió archipiélago: cada quien en su isla, con su feed, su serie, su burbuja.
Y en ese nuevo mundo, el legado de Pedro Torres se ve con claridad casi cruel: no era un productor de su época; era un productor del mundo que venía. Los videoclips narrativos anticiparon la cultura del video como golpe emocional rápido. El reality anticipó la exposición permanente. Su obsesión por el ritmo visual anticipó la regla más dura de hoy: la atención se decide en segundos y se pierde en milésimas.
Pero si todo esto fuera sólo currículum, la noticia dolería menos. Lo verdaderamente inolvidable —para quienes lo conocimos e interactuamos con él— fue la otra parte: su carácter afable, la calidez, el humor como antídoto contra el ego inflado del medio. En un ecosistema donde abundan los genios imposibles (y los imposibles sin genio), Pedro Torres podía ser una rara combinación: talento y buen trato. Por eso su ausencia no es sólo profesional; es íntima. Se siente como cuando cierran un set y, de pronto, el silencio pesa más que la escenografía. Hoy la televisión mexicana cambia de piel a la fuerza. Vive en clips, memes, fragmentos, reacciones. Vive en segunda pantalla. Vive en conversación. Vive, paradójicamente, como un reality permanente donde todo compite por ser tendencia. Y justo por eso duele más: porque Pedro Torres no sólo supo leer el presente de entonces, supo imaginar el presente de ahora.
A veces el futuro llega y, cuando por fin se sienta en la sala, descubrimos que alguien ya le había puesto el café desde hace años. Descansa en paz, Pedro. Y gracias: por adelantarte, por enseñarnos a mirar y por recordarnos —con humor— que la televisión, cuando es buena, no es caja: es ventana.
