El Mundial como caja chica

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay algo de profética en la advertencia que lanzó esta semana la presidenta Claudia Sheinbaum: “No hay recursos ilimitados”. Lo dijo con la serenidad característica de quien sabe que está parada sobre una grieta y prefiere no mirar hacia abajo. Porque lo que se abre bajo sus pies no es una crisis económica ordinaria, sino algo mucho más antiguo y más cínico: la temporada de caza que inaugura cada megaevento en México, cuando los grupos de presión afinan sus garras y descubren, de repente, que tienen demandas urgentísimas, postergadas décadas enteras, que no pueden esperar ni un día más. El Mundial 2026 es, para esos grupos, menos una fiesta del futbol que una oportunidad de extorsión legítima.

El mecanismo es conocido y, a su manera, tiene una lógica impecable. Los transportistas saben que ningún gobierno puede permitirse imágenes de ciudades bloqueadas cuando el mundo está mirando. La CNTE sabe que una huelga o una marcha en el Zócalo —convertido en zona de exhibición internacional— vale, en términos de poder de negociación, diez veces lo que valdría en un año sin cámaras extranjeras. Los sindicatos de trabajadores de estadios, los ambulantes, las agrupaciones vecinales: todos han aprendido la misma lección de sus antecesores durante los JO del 68, el Mundial del 86... Lo que cambia ahora es el contexto fiscal. Sheinbaum heredó las finanzas públicas más tensas en años, con un déficit que obligó a recortes transversales y una deuda que crece con la obstinación de las malas noticias. El margen de maniobra presupuestal es estrechó y la Presidenta lo sabe con precisión técnica —ella, que viene de la gestión y no de la improvisación—. De ahí la frase: no hay recursos ilimitados. Pero esa frase, dicha en voz alta, también es una señal de que alguien ya está tocando la puerta.

Las vías de salida para el gobierno son, en el fondo, tres, y ninguna es cómoda. La primera es la negociación atomizada: atender grupo por grupo, demanda por demanda, con pequeñas concesiones que nunca resuelven el problema estructural, pero compran paz temporal. Es el método tradicional, el que convierte cada megaevento en una hemorragia de recursos dispersos que no aparecen en ningún capítulo presupuestal con nombre propio. Funciona, pero tiene un costo político cada vez más alto en un entorno donde la austeridad es discurso oficial y cualquier privilegio negociado en lo oscuro termina siendo filtrado. La segunda vía es la confrontación selectiva. Elegir uno o dos grupos de los más visibles, plantar una línea y no cederla, apostando a que el resto baje el tono ante el precedente. Es lo que hizo López Obrador con la CNTE en algunos momentos —con resultados mixtos— y lo que Sheinbaum podría intentar desde una posición de mayor legitimidad electoral. El riesgo es evidente: si el grupo elegido para la demostración de fuerza decide escalar en lugar de retroceder, el gobierno queda expuesto frente a las cámaras del mundo exactamente en el momento en que menos puede permitírselo. La tercera vía —la más difícil y la única que resuelve algo más allá del sexenio— es convertir las demandas en inversión con rendimiento público verificable. No dar dinero, sino infraestructura; no aumentar plantillas, modernizar condiciones de trabajo con contrapartes medibles. Es la vía que los gobiernos mexicanos siempre anuncian y raramente ejecutan porque requiere algo que escasea: voluntad de documentar, monitorear y hacer valer compromisos en ambas direcciones. Lo más probable, seamos honestos, es una combinación de las dos primeras con la tercera como decorado discursivo. El apetito extorsionador no es una anomalía del sistema: es el sistema. Y el Mundial no lo creó. Sólo le puso fecha.

ADDENDUM

El incómodo. En el Estado de México ya no es apodo, es diagnóstico: a Higinio Martínez Miranda lo llaman “el incómodo” porque decidió hacerse campaña… a sí mismo y contra todos. En su carrera adelantada rumbo a 2029, el senador ha tejido una red de páginas para golpear a propios y extraños, como quien lanza piedras y luego se sorprende por el eco. Pero en los pasillos del poder mexiquense no hay misterio ni suspenso: saben quién escribe, quién filtra y quién empuja. Y el resultado es el peor de los espejos: pelearse con todos… empezando por uno mismo.

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