El fin del simulacro
Lo que testimoniamos fue el colapso del lenguaje diplomático como vehículo del poder.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
En las montañas suizas acaba de escenificarse el funeral del orden mundial tal como lo conocimos. Fue un espectáculo brutal donde cuatro líderes dijeron en voz alta lo que la corrección diplomática había mantenido en susurros: que el sistema de instituciones multilaterales y la narrativa occidental de valores compartidos eran una ficción conveniente.
Mark Carney lo dijo el martes con franqueza inusual: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximían a sí mismos cuando les convenía”. No fue denuncia, fue declaración de defunción. “El viejo orden no va a regresar. Estamos en medio de una ruptura, el final de una ficción agradable y el comienzo de una realidad brutal”. Su advertencia: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.
Emmanuel Macron, con sus gafas de aviador convertidas en símbolo involuntario, declaró: “Nos acercamos a un mundo sin reglas, donde el derecho internacional es pisoteado y la única ley que parece importar es la del más fuerte”. Acusó a Estados Unidos de buscar “abiertamente debilitar y subordinar a Europa” y convocó: “No hay que ceder a la ley del más fuerte ni a una técnica de intimidación”.
Trump respondió sin mediaciones. A Carney: “Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones”. Sobre Groenlandia: “Lo que pido es un pedazo de hielo, frío y mal ubicado. Tienen la opción de decir que sí y estaremos muy agradecidos. O pueden decir que no, y lo recordaremos”.
Pero fue su afirmación sobre la OTAN la que detonó el cruce revelador. Trump declaró: “La OTAN no es nada sin Estados Unidos”. Y entonces ocurrió lo impensable: Giorgia Meloni, su aliada más cercana en Europa, le respondió con ironía devastadora: “Perfecto. Entonces Europa cerrará las bases estadunidenses, romperá los acuerdos comerciales preferenciales y, para que el mensaje llegue, también boicoteará a McDonald’s”.
No fue sólo sarcasmo. Meloni continuó: “Si Washington quiere hablar como si la protección fuera un favor en un sólo sentido, Europa puede responder como un socio con influencia, no como un dependiente que pide permiso”. Había llamado públicamente a los aranceles “un error”, rompiendo por primera vez con su alineación incondicional con Washington.
Lo que testimoniamos fue el colapso del lenguaje diplomático como vehículo del poder. Carney lo destrozó con honestidad brutal: “No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”. Trump ni siquiera mantuvo las apariencias: “Si no fabricas tu producto en América, tendrás que pagar un arancel”. Sólo poder desnudo.
Lo extraordinario es que los cuatro —desde perspectivas opuestas— coincidieron: el multilateralismo liberal ha muerto. Carney propone construir algo nuevo sin EU. Trump declara que Estados Unidos nunca necesitó de nadie. Macron intenta defender un orden inexistente. Y Meloni marca el límite incluso para quienes creyeron que la subordinación era el precio de la alianza.
Nigel Farage, aliado de Trump, admitió que Groenlandia representa “la mayor fractura transatlántica desde Suez en 1956”.
El simulacro terminó. La pregunta ya no es si el orden liberal sobrevivirá —acaba de morir en Davos con certificado firmado por sus herederos—, sino qué surge de entre las cenizas. Y en Davos 2026 quedó brutalmente claro que, incluso el poder estadunidense tiene límites cuando hasta los aliados más fieles se niegan a seguir fingiendo.