Es ahora (no en 500 años)

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

El 26 de junio, Felipe VI estará en el Estadio Guadalajara para ver jugar a España contra Uruguay. La Casa Real confirmó la visita. Será el primer partido que la Roja disputa en territorio mexicano durante el Mundial. Y aunque el rey va como aficionado real, lo que se juega en paralelo es más interesante que cualquier resultado en el marcador.

La SRE trabaja en la organización de un posible encuentro con Felipe VI durante su visita y la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó esta mañana que es “probable que sí” se reúnan. El encuentro, de concretarse, sería en la Ciudad de México, no en Jalisco.

Bien. Que se reúnan. Que se estrechen la mano. Que hablen.

El reclamo histórico de México frente a España está hecho. Claudia Sheinbaum lo heredó de AMLO y lo ha sostenido: que España pida perdón por los crímenes de la Conquista. Felipe VI, por su parte, reconoció públicamente que durante ese periodo hubo “mucho abuso”, y la propia Presidenta calificó el gesto como un acercamiento. No es la disculpa formal que México exige, pero es un movimiento. La agenda histórica avanza, lenta y simbólicamente, como avanza todo lo que tiene 500 años de antigüedad.

Pero hay otra agenda. Una que no vive en el pasado sino en el presente inmediato. Y esa agenda tiene datos, no metáforas.

En 2024, México captó 3,025 millones de euros de inversión extranjera directa española, creciendo 69% respecto al año anterior. España ocupa la segunda posición entre los países con mayor flujo de IED acumulada en México: 55,735 millones de dólares entre 2006 y 2024.

En 2025, México escaló dos posiciones para ubicarse como el segundo receptor de los flujos de inversión española en el extranjero. No es un capricho ni una tradición sentimental: es una de las apuestas económicas más importantes que España tiene en el mundo.

Y México las necesita. En un entorno en que la relación con Estados Unidos sigue siendo la oxígeno de la economía nacional, pero también su talón de Aquiles, diversificar no es una opción retórica: es supervivencia.

Ahí entra España como puerta, no sólo como socio. México y la Unión Europea acaban de modernizar su tratado de libre comercio. Desde la entrada en vigor del acuerdo original, el intercambio de bienes ha crecido más de 300 por ciento. En 2025, el intercambio bilateral entre México y la UE superó los 94 mil millones de dólares, con exportaciones mexicanas superiores a los 27 mil millones. El Comce estima que el comercio bilateral podría expandirse hasta 35% en los próximos cinco años gracias a la actualización del acuerdo.

España fue uno de los actores centrales dentro de la UE para que esa modernización avanzara. El vicepresidente primero del gobierno español y el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, plantearon públicamente la meta de duplicar el comercio y la inversión bilateral hacia 2030. No es retórica de cumbre: hay una arquitectura económica construida durante décadas que sostiene esa ambición.

México se consolida, así, como una de las pocas economías con acceso preferencial simultáneo a Norteamérica y Europa, combinando el T-MEC con el TLCUEM modernizado. Ése es un activo geopolítico que ningún otro país latinoamericano tiene. Y España es, en buena medida, la llave del corredor europeo.

Hay una tentación política comprensible: usar cada interacción con España como ocasión para volver al litigio histórico. El discurso tiene su público, tiene su verdad y tiene su función. Pero la grandeza de una diplomacia madura está en poder sostener dos conversaciones al mismo tiempo: la del pasado que reclama justicia y la del presente que exige pragmatismo.

Sheinbaum y Felipe VI, en una sala de reuniones en la Ciudad de México, sería exactamente eso: dos mandatarios de naciones que comparten idioma, historia, sangre mezclada y ahora, también, intereses económicos concretos y verificables. Una reunión que no borra nada de lo dicho, pero que construye lo que falta.

El rey viene al Mundial. México tiene mucho más que ganar que España en este partido diplomático. Sería un desperdicio histórico dejar que el balón ruede solo.