Desde la FIL y las redes

Desde la FIL Guadalajara, rodeada de palabras que saltan de los libros y se mezclan con las conversaciones inteligentes y animadas de autores, lectores y editores, leo con mucho detenimiento la columna de ayer de Mauricio Merino en El Universal. Un texto muy lúcido, como ...

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Desde la FIL Guadalajara, rodeada de palabras que saltan de los libros y se mezclan con las conversaciones inteligentes y animadas de autores, lectores y editores, leo con mucho detenimiento la columna de ayer de Mauricio Merino en El Universal. Un texto muy lúcido, como siempre, que pone el dedo en la llaga sobre un tema crucial: la aparente colonización del debate público por parte de los influencers y la superficialidad que muchas veces acompañaría a estas nuevas figuras.

Merino advierte, no sin razón, del riesgo de sustituir la deliberación informada por el griterío digital, donde la emocionalidad y la inmediatez suelen prevalecer sobre la argumentación y la reflexión. Pero creo que hay un matiz fundamental que merece ser discutido: internet y las redes sociales no son ni el enemigo ni el único responsable de los males que aquejan a nuestra democracia. Como lectora empedernida y periodista, puedo afirmar que hemos atravesado otras revoluciones en los medios de comunicación —la imprenta, la radio, la televisión— que también fueron vistas con recelo en su momento y, sin embargo, las sociedades encontraron maneras de adaptarse y sacarles un provecho determinado.

No podemos pelear con una realidad que ya está aquí: internet y las redes sociales, así como la inteligencia artificial, llegaron para quedarse. Si bien estos nuevos escenarios han democratizado el acceso a la información y dado voz a sectores que antes estaban marginados, también han traído consigo ruido, desinformación y polarización. Pero la solución no es volver la mirada nostálgica a un pasado idealizado en el que los debates públicos eran únicamente responsabilidad de los grandes medios, los intelectuales o los “analistas” en su parnaso. Ese pasado, con sus virtudes, también estaba muy lejos de ser incluyente.

El verdadero reto está en encontrar maneras de construir una inteligencia —individual y colectiva— que sepa comunicar, debatir y convencer en las nuevas pistas y arenas digitales. Esto requiere aceptar que las reglas del juego han cambiado y que debemos aprender a jugar en el terreno digital sin perder el rigor, la profundidad ni la ética. Aquí es donde la inteligencia humana —y ahora también la artificial— tiene un papel crucial: convertir el griterío en conversación, el dato aislado en contexto, la opinión visceral en argumento fundamentado.

Si abandonamos las redes sociales por considerarlas un terreno hostil o superficial estaríamos dejando el espacio libre para que otros —muchas veces los menos comprometidos con la verdad y con la democracia— dominen el discurso. Y eso sí sería letal. En cambio, si aprendemos a navegar esas aguas con destreza, podremos transformar las redes en herramientas para fortalecer la democracia en lugar de verla sucumbir entre el ruido, la propaganda y la desinformación.

La inteligencia artificial también puede ser un aliado en este esfuerzo. Herramientas como los algoritmos de verificación de hechos, los sistemas de análisis de tendencias y las plataformas de debate estructurado tienen el potencial de enriquecer el discurso público. Pero, como toda tecnología, su éxito dependerá de cómo las utilicemos y con qué propósito.

La FIL, con su mezcla de lo tradicional y lo vanguardista, es un recordatorio perfecto de que las ideas —ya sea en papel o en terabytes— tienen el poder de transformar el mundo. El debate público, como los libros, no debe ser un objeto de museo, sino una herramienta viva y en constante evolución. Sólo así evitaremos que la democracia quede atrapada en el pasado o perdida en el caos del presente. La clave está en aprender a construir puentes entre ambos mundos, con la esperanza de un futuro más informado, más inclusivo y, sobre todo, más humano.

ADDENDUM

Ver a miles de morras y chavitos husmear, felices, entre los libros del paraíso lector de Guadalajara y hacer colas para una presentación, una firma o una selfie nos recuerda que la tentación de incendiar la biblioteca (y, por lo tanto, el saber y el pensamiento crítico) fracasará como ha fracasado siempre en la historia de la humanidad y su apego genético al conocimiento.

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