Trump 2.0 no es presidencia, es refundación. En su primer año ejecutó 225 órdenes ejecutivas —la cifra más alta desde FDR en 1933—, desmantelando agencias completas, forzando la primera migración neta negativa en Estados Unidos en 50 años y retirándose de 66 organizaciones internacionales. Lo que negó en campaña lo ejecuta al pie de la letra: Project 2025 se implementa sin pronunciar su nombre. Control total del DOJ, despidos masivos de funcionarios, politización absoluta del Poder Ejecutivo.
La clave para entender las contradicciones aparentes es simple: Trump no gobierna desde ideología económica, sino desde capital político espectacular. Los aranceles de 10% universal que luego pausa 90 días, las propuestas populistas sobre tarjetas de crédito a 10% y prohibición de inversores institucionales comprando casas —medidas que todos los expertos dicen que son contraproducentes— no están diseñadas para funcionar económicamente. Están diseñadas para demostrar acción. Para crear enemigos externos (China, la UE, México) que justifiquen medidas autoritarias internas. Para generar dependencia del “hombre fuerte” que soluciona el caos que él mismo crea.
Los datos son devastadores: 38% de aprobación, 75% de estadunidenses dice que los aranceles suben precios, 61% cree que sus políticas elevaron costos de salud, sólo 14% apoya más aranceles. Pero eso es secundario si logra consolidar instituciones capturadas. El verdadero objetivo no es prosperidad —es permanencia del proyecto MAGA.
Y aquí está la ambición real: Trump busca ser recordado como el segundo fundador de la República Americana. Las señales son inequívocas. Renombró el Kennedy Center, destruyó el ala este de la Casa Blanca para un salón de 90,000 pies cuadrados, instaló su Walk of Fame presidencial, ordena un Arc du Triomphe cerca de Arlington, busca anexar Groenlandia y convertir Canadá en el estado 51. Su narrativa explícita es “pacificador y unificador” mientras conduce operaciones militares ilegales contra Venezuela y despliega la Guardia Nacional en ciudades demócratas. El modelo que persigue es Jackson-McKinley-Roosevelt sin restricciones institucionales.
El plan de sucesión revela la fragilidad del proyecto. Ha ungido a JD Vance como heredero precisamente para probar que el trumpismo puede transferirse, pero la coalición MAGA se fractura: sólo 28% de votantes no-MAGA de Trump considerarían votar por un candidato trumpista. Las divisiones son ideológicas —aislacionismo versus intervencionismo, antisemitismo versus apoyo a Israel— y Vance queda atrapado en medio. Su estrategia es lealtad absoluta mientras construye infraestructura de campaña vía las midterms 2026, pero enfrenta rivales como Rubio, Cruz, DeSantis, todos esperando que el Trump fatigue haga su trabajo.
Trump está intentando algo que ningún presidente moderno ha logrado: una revolución institucional completa manteniendo legitimidad democrática. La analogía correcta no es con presidentes anteriores sino con Orbán, Erdoğan, Putin. Las medidas contraintuitivas no son errores —son el método. El caos es la herramienta para destruir el viejo orden.
2026 es el año bisagra. Si sobrevive las midterms con mayorías republicanas y evita recesión, habrá consolidado suficiente poder para hacer permanentes sus cambios. Si pierde la Cámara y la economía se contrae —y los economistas advierten que los efectos plenos de los aranceles apenas comienzan a sentirse— será recordado como el presidente que sobrevaloró (y que dinamitó) su mandato: la termita que debilitó la estructura sin tiempo para reconstruirla. La pregunta no es si será buen presidente, sino si logrará institucionalizar su movimiento antes de que las consecuencias económicas y el agotamiento político terminen su proyecto. Por ahora, está en carrera contra el reloj para convertir su espectáculo en permanencia.
