Faltan 13 días para el 3 de noviembre y los números no le sonríen a Donald Trump. La encuesta CNN/SSRS levantada del 15 al 18 de octubre da a los demócratas 49% de intención de voto para la Cámara de Representantes contra 39 de los republicanos, la distancia más amplia en ese ejercicio desde las vísperas de la elección de 2020. El promedio de Nate Silver la ubica en casi nueve puntos. El sondeo de NewsNation y Decision Desk HQ la mide en siete y deja al presidente con 38 por ciento de aprobación. Hasta Fox News pronosticó la semana pasada que los demócratas recuperarán la Cámara baja, la primera vez en el ciclo que esa televisora se aventura a tanto.
Con ese diagnóstico en la mesa, la Casa Blanca podía ocuparse del costo de la vida, que es lo que más le pesa al votante. Prefirió sacar la chequera. El 9 de septiembre, en Dallas, durante la inédita convención republicana de medio término, Trump prometió un “dividendo” de 5 mil dólares a cada ciudadano adulto, siempre y cuando su partido conserve la Cámara y el Senado. No explicó de dónde saldrían los cerca de 1.2 billones de dólares que costaría. Erica York, economista de la Tax Foundation, calculó que se comería toda la recaudación arancelaria proyectada para una década.
Luego llegaron los anticipos. Casi un millón de inscritos en Obamacare recibieron cheques de 500 dólares, presentados como reembolso por cobros excesivos del gobierno de Biden. Más de 20 millones de beneficiarios de Medicare reciben este mes 90 dólares tomados de un fondo que el Congreso creó en 2008; los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid no han explicado con qué base legal lo usan. Todo aterriza en buzones y cuentas bancarias a unas semanas de la jornada.
Elon Musk puso lo suyo. De acuerdo con The New York Times, ha metido 366 millones de dólares en este ciclo. El lunes 19 anunció en X que el próximo año regalará una acción de SpaceX a cada niño del país, unos 73 millones de menores y más de 10 mil millones de dólares al precio actual, y advirtió que será “la primera de muchas”. Musk ya tiene antecedentes: en 2024 su America PAC rifaba un millón de dólares diarios entre votantes registrados de estados bisagra, y su abogado terminó admitiendo que los ganadores no salían por sorteo.
Conviene ser justos con la discusión legal. La ley federal castiga a quien ofrezca dinero a alguien para votar, abstenerse o hacerlo por un candidato, y la promesa de Trump alcanza a todos los adultos, voten por quien voten. Pero cuando el pago depende expresamente de quién gane, la frontera entre política pública y dádiva se vuelve muy delgada. Bob Good, expresidente del Freedom Caucus y nada sospechoso de simpatías demócratas, lo calificó de esquema socialista de compra de votos. En México conocemos bien el expediente de las despensas y las tarjetas que aparecen justo antes de las urnas. Lo inquietante es encontrarlo en la democracia que durante décadas se vendió como modelo al resto del hemisferio.
La memoria tampoco juega a favor. En 2020, seis semanas antes de la elección, Trump prometió tarjetas de 200 dólares para medicamentos a 33 millones de jubilados que nunca llegaron. El “dividendo DOGE” de 2025 se esfumó junto con el DOGE, y los cheques arancelarios de 2 mil dólares siguen en el aire. El electorado parece haber tomado nota: según Economist/YouGov, 57% duda que el dinero llegue aun si ganan los republicanos.
Lo que debería preocupar es el terreno donde caen esos cheques. Hace casi seis años una turba asaltó el Capitolio para impedir la certificación de una elección, y el presidente que hoy ofrece dividendos indultó a cerca de mil 500 participantes el mismo día que volvió a la Casa Blanca. A una sociedad así de partida, que ya mostró que puede desconocer un resultado, se le dice ahora que su voto tiene precio y que el precio depende del marcador. Si los republicanos pierden, millones sentirán que alguien les arrebató 5 mil dólares. Si ganan y el dinero no aparece, la rabia buscará otro destinatario. Ninguna de las dos rutas fortalece a la que, en teoría, es la democracia más sólida de Occidente.
