Ayer viernes, Ryan James Wedding finalmente cayó en la nieve. No en las montañas de Utah donde en 2002 compitió para Canadá en los Juegos Olímpicos de Invierno —lugar 24 en slalom gigante paralelo—, sino en la Ciudad de México, donde pasó más de una década escondido bajo la protección del Cártel de Sinaloa. La ironía es tan obvia que el FBI la capitalizó: bautizaron su investigación “Operación Giant Slalom”. Del atleta que descendía por la nieve al capo que la distribuía por toneladas.
Wedding, de 44 años, no fue capturado. Según Omar García Harfuch, se entregó voluntariamente en la embajada estadunidense el 22 de enero, coincidiendo con la con la visita del director del FBI, Kash Patel. Para el viernes ya estaba camino a territorio estadunidense.
La narrativa es perfecta para Trump 2.0. Pam Bondi lo presentó como líder de una organización que mueve 60 toneladas de cocaína anuales. Patel fue más lejos: “Ryan Wedding es la versión moderna de Pablo Escobar y El Chapo Guzmán”.
Los números respaldan la comparación. Desde que salió de prisión en 2011, Wedding construyó un imperio criminal que conectaba Colombia, México, Estados Unidos y Canadá. Su organización transportaba droga desde Colombia hacia México, la cruzaba en camiones hacia Los Ángeles y después a Canadá. Escala industrial, violencia sistémica.
La violencia es lo más notable. En noviembre de 2023 ordenó asesinar a Jagtar y Harbhajan Sidhu, pareja de origen indio que visitaba a sus hijos en Ontario, en represalia por un cargamento robado. Error fatal: eran víctimas de identidad equivocada. Su hija de 28 años recibió trece disparos y sobrevivió con lesiones permanentes. En enero de 2025, Wedding orquestó otro asesinato: el de un testigo federal del FBI en Medellín —cinco balazos en la cabeza—. Pagó 500 mil dólares, creyendo que al eliminar al testigo se retirarían los cargos.
Ese crimen le costó caro. En noviembre de 2025, el Departamento de Justicia arrestó a diez personas más: un abogado canadiense que en redes se identifica como @cocaine_lawyer, un cantante de reggaetón, un joyero. La recompensa por Wedding subió a 15 millones de dólares.
Pero cayó por la ostentación. Durante 2025, autoridades mexicanas aseguraron una flotilla de motocicletas valuada en 40 millones de dólares, vehículos de lujo, obras de arte y dos medallas olímpicas. El Mercedes-Benz CLK-GTR —sólo existen seis en el mundo— lo delató. Difícil pasar desapercibido cuando conduces un automóvil que cuesta como el PIB de una pequeña nación.
La detención plantea preguntas incómodas. ¿Cómo vivió más de una década en México un hombre comparado con El Chapo, con 15 millones de recompensa, sin ser tocado? García Harfuch enfatizó que todo se hizo “con pleno respeto a la soberanía”.
El timing no es casual. La visita de Patel coincide con la necesidad de Trump de mostrar resultados contra el narcotráfico en el hemisferio. Que Wedding fuera miembro de alto rango del Cártel de Sinaloa bajo protección de Los Chapitos añade complejidad. México entregó un canadiense protegido por uno de los cárteles más poderosos del país. Wedding era una moneda de cambio muy aceptable. El lunes 26 de enero comparecerá ante un tribunal federal, acusado de ocho cargos criminales. Si es declarado culpable, “nunca volverá a salir de una prisión”.
Así termina la historia de un atleta olímpico que cambió las pistas nevadas por las rutas de la cocaína. Wedding finalmente cayó en la nieve, pero esta vez no lo catapultó hacia la gloria, sino hacia una celda federal. Irónico que la operación se llamara como su disciplina olímpica. En el deporte, cuando caes en el Giant Slalom, te levantas y lo intentas de nuevo. En el narcotráfico, cuando caes, ya no hay segunda bajada.
