No fue un tren. Fue una apisonadora que arrasó con 11,482 hectáreas de selva, perforó 130 cenotes, hincó 15 mil columnas de acero en el segundo acuífero más importante de México, y ahora deja columnas reventadas que vierten toneladas de cemento con metales pesados en el sistema hídrico que alimenta a 1.8 millones de habitantes de Quintana Roo. El capricho presidencial de López Obrador no sólo mintió: perpetró uno de los ecocidios más brutales en la historia ambiental reciente de México.
Las imágenes difundidas esta semana por el colectivo Sélvame MX y recuperadas ayer por el diario El País, son apocalípticas: buzos documentando columnas corroídas que se deshacen al tacto, visibilidad nula por el derrame de cemento, mangueras y herramientas abandonadas en el fondo de cavernas milenarias. La columna que reventó en 2024 —derramando toneladas de concreto— sigue ahí, sin reparar, convertida en “un poco más de la basura que trajo el tren a la selva maya”, como denuncian los ambientalistas. Y esto es apenas lo que se puede documentar: miles de estas estructuras permanecen inaccesibles, liberando contaminantes conforme avanza su corrosión en un suelo kárstico que, literalmente, se disuelve con el agua.
Diciembre de 2018: “No se va a talar un solo árbol”, prometió López Obrador. La realidad, documentada con evidencia satelital que ni siquiera la Semarnat puede negar: entre 7 y 10 millones de árboles talados; 87% de la deforestación se realizó sin autorización de cambio de uso de suelo. El Tramo 5 Sur —el más devastador— arrancó sin estudios de impacto ambiental, sobre un ecosistema que el propio Conacyt calificó de “riesgo crítico”. Grupo México, una de las constructoras, abandonó el proyecto en 2023 citando “inviabilidad técnica” para construir de manera segura sobre ese terreno. Siguieron de todas formas.
El inventario de la destrucción es abrumador: fragmentación del corredor biológico del jaguar (menos de 4 mil ejemplares quedan en México), amenaza directa a tapires, pecaríes de labios blancos, y al pavo ocelado, ave endémica. La Reserva de la Biosfera de Calakmul, 723 mil hectáreas que albergan más de 350 especies de aves, pronto tendrá un hotel-casino de 150 habitaciones y recibirá tres millones de turistas anuales —frente a los 40 mil actuales— en comunidades que apenas racionan agua y no tienen capacidad para tratar residuos. El viaducto elevado entre Cancún y Tulum —80 kilómetros sobre 7,000 pilotes— amenaza con colapsar sobre un suelo que “está en constante disolución”, según advierte el ingeniero Wilberth Esquivel.
Ahora, la Sedena y Fonatur buscan contratar por 28 o 44 millones de pesos un monitoreo ambiental del agua superficial y subterránea para los tramos 1 a 7. Es decir, reconocen que contaminan, que nunca hicieron estudios previos, y que era mentira eso de que se les ponía un “recubrimiento especial” a las columnas para evitar corrosión. Lo mejor: el estudio no será público. En abril de 2025, Alicia Bárcena admitió “afectaciones relevantes” en la biodiversidad y Marina Robles prometió que “tiene que pagar quien hizo la obra”. No hay fechas. No hay presupuesto. No hay responsables.
Y ahí no termina: podría ser tren de carga. “No sé qué es lo que quieren meter a la selva”, pregunta el espeleólogo Guillermo D’Christy.
El Tren Maya no conectó comunidades. Las despojó. No protegió la naturaleza. La destruyó sistemáticamente, con la anuencia de autoridades ambientales que funcionaron como avales del ecocidio. No cumplió promesas turísticas. Abrió la puerta al extractivismo y la especulación inmobiliaria salvaje. Y ahora deja un legado de devastación ambiental irreversible: acuíferos contaminados, selva fragmentada, especies en peligro de extinción, cenotes destruidos, y toneladas de cemento tóxico disuelviéndose lentamente en el agua que millones beben.
El sur-sureste mexicano vivirá décadas —quizá siglos— con las consecuencias de este ecodicio monumental. Cada columna corroída que se desintegra bajo el agua es un recordatorio: éste no fue un proyecto de transformación. Fue un acto de barbarie ambiental vestido de nacionalismo.
