Aquí mando yo
En la política, como en la vida, los inicios y los finales suelen ser reveladores. En el caso de Andrés Manuel López Obrador, el cierre de su sexenio demuestra ser un espejo inquietante de su comienzo y muestra un patrón de gobierno que ha priorizado la demostración de ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
En la política, como en la vida, los inicios y los finales suelen ser reveladores. En el caso de Andrés Manuel López Obrador, el cierre de su sexenio demuestra ser un espejo inquietante de su comienzo y muestra un patrón de gobierno que ha priorizado la demostración de poder por encima de cualquier otra agenda.
El gobierno de AMLO arrancó con un acto que muchos interpretaron como una demostración de fuerza: la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco. Esta decisión, tomada a través de una consulta popular cuestionable, envió un mensaje claro: el nuevo Presidente estaba dispuesto a deshacer proyectos multimillonarios y acuerdos previos para imponer su visión, sin importar los costos económicos o reputacionales para el país. La cancelación del NAIM no sólo representó pérdidas económicas significativas, sino que también sembró dudas sobre la seguridad jurídica en México para inversiones a largo plazo. Fue el primer “manazo sobre la mesa” de AMLO, una acción que buscaba demostrar quién mandaba, aun a costa de la confianza internacional y la estabilidad económica.
El cierre, con puño de hierro. Ahora, en el ocaso de su mandato, AMLO parece determinado a cerrar el círculo de la misma manera que lo abrió: con decisiones unilaterales que buscan reafirmar su poder, sin importar las consecuencias. Las reformas propuestas en el último tramo de su gobierno, particularmente la Judicial y la que busca desaparecer organismos autónomos, son el equivalente al “manazo final” de su administración.
La propuesta de reforma al Poder Judicial no es sólo un ajuste administrativo, es un intento de socavar la independencia de uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia. Al buscar modificar la estructura y funcionamiento del Poder Judicial, AMLO no sólo trata de dejar una marca indeleble en el sistema de justicia, sino que también envía un mensaje claro sobre su visión del poder: concentrado, sin contrapesos efectivos.
Por otro lado, la iniciativa para desaparecer diversos organismos autónomos representa un ataque frontal a las instituciones que han sido fundamentales en el proceso de democratización de México. Éstos, creados para fungir como contrapesos y garantizar transparencia en áreas críticas, están siendo sacrificados en el altar de la “austeridad” y la “eficiencia”, cuando en realidad lo que se busca es concentrar aún más el poder en el Ejecutivo.
Tanto la cancelación del NAIM como estas reformas de última hora comparten un denominador común: un costo elevadísimo para México que va más allá de lo económico. Estas decisiones erosionan la confianza en las instituciones, debilitan el Estado de derecho y envían señales preocupantes sobre el compromiso del país con la democracia y la separación de Poderes.
El daño a la reputación internacional de México, la incertidumbre jurídica para inversiones y el debilitamiento de los contrapesos democráticos son heridas que no tomarán años, sino décadas en sanar. Irónicamente, AMLO llegó al poder prometiendo una transformación profunda del país, un cambio radical en la forma de hacer política. Sin embargo, sus acciones al inicio y al final de su mandato revelan una adhesión a las viejas prácticas del presidencialismo autoritario que tanto criticó.
La verdadera transformación requiere fortalecer las instituciones, no debilitarlas; fomentar el diálogo y el consenso, no imponer decisiones unilaterales; requiere pensar en el largo plazo del país, no en victorias políticas de corto plazo.
Al cerrar su sexenio, de la misma manera que comenzó, con decisiones que priorizan la demostración de poder sobre el bienestar del país, AMLO sella un legado contradictorio. Innegablemente, ha movilizado a sectores de la población históricamente marginados y ha puesto sobre la mesa temas cruciales como la desigualdad. Pero sus “manazos” inicial y final amenazan con dejar un país más polarizado, con instituciones debilitadas y una democracia acotada. El verdadero costo de estas acciones no se medirá en pesos y centavos, sino en la salud a largo plazo de la democracia mexicana. La pregunta que queda en el aire es si México podrá recuperarse de estos embates y reconstruir lo que estos “manazos” han intentado derribar.
El próximo gobierno tendrá la difícil tarea de reconstruir puentes, fortalecer instituciones y restaurar la confianza en un sistema democrático y republicano que, hoy por hoy, parece más frágil que nunca desde que se inauguró la alternancia. Sólo el tiempo dirá si el legado de AMLO será recordado como el inicio de una verdadera transformación o como un doloroso retroceso en la consolidación democrática de México.