#NoVoyARenunciar

A la orden de separar de sus cargos a todo aquel responsable, el secretario de Comunicaciones se apresuró 
a destituir al delegado de su secretaría en Morelos: 
José Luis Alarcón.

Socavones en autopistas a los tres meses de haber sido inauguradas, no deberían pasar, pero pasan. Escapes de uno de los capos del narcotráfico más famosos en el mundo sin que se responsabilice a ninguna autoridad de alto nivel, no deberían ocurrir, pero han ocurrido. Procuradores que no renunciaban ni siquiera a causa de la fatiga que les provoca una investigación de la que quedan todas las dudas, no deberían pasar, pero pasan. Diligencias de ejecución dudosa en una de las investigaciones más importantes del sexenio, no deberían pasar, pero pasan… ¿Y cómo? ¿En pleno 2017, en un sistema democrático en el que la rendición de cuentas tendría que ser el eje de todo ejercicio de gobierno?

Lo ocurrido en el Paso Exprés de Cuernavaca y que costó la vida a dos personas, es el más reciente ejemplo. A la orden de separar de sus cargos a todo aquel responsable, dada por Enrique Peña Nieto, el secretario de Comunicaciones se apresuró a destituir al delegado de su secretaría en Morelos: José Luis Alarcón (de quien, por cierto, varios funcionarios en el interior de la propia secretaría tenían la mejor de las opiniones en términos de profesionalismo y honestidad). Pero Ruiz Esparza piensa que lo ocurrido no tiene que ver directamente con él, al menos así se lo dijo a mi compañero Ciro Gómez Leyva en entrevista: “Un funcionario tiene responsabilidades muy precisas, muy puntuales y muy de frente a la sociedad. Se toman decisiones todos los días, muchas decisiones que implican responsabilidad e implican riesgo (…) Soy responsable de todo lo que pase en esta secretaría y no es que pase, si no que yo creo que hay que esperar en un momento dado, la conclusión de las cosas, saber qué pasa y simple y sencillamente, sobre esa base, si yo cometí un error, desde luego que renuncio al servicio público que lo he desempeñado por 48 años…”. No es que pase, dijo, sino que hay que esperar a que las investigaciones digan que él no tuvo nada que ver, según entiendo. ¿Y quién va a investigar? Pues la propia SCT.

Así que no se va. Como tampoco se fue Miguel Ángel Osorio Chong luego de la fuga de El Chapo en 2014, cuando iba rumbo a París y se tuvo que regresar con todo y maletas para atender algo que no debió pasar. Y a la pregunta sobre si dejaría el cargo por la fuga, en aquel entonces respondió: “Los momentos de crisis no son para renunciar, son para enfrentarlos. Ha sucedido un evento muy delicado que debemos investigar, sancionar y recapturar a este delincuente…”. Y sigue despachando donde siempre, a pesar de que 2017 es considerado el año más violento desde 1997. Algo sucede en la dependencia encargada de la seguridad nacional, pero nadie se va.

Tomás Zerón de Lucio también se negó a dejar su cargo, como cabeza de la Agencia de Investigación Criminal, cuando comenzaron las dudas sobre el peritaje que se realizó en el Río San Juan, a cuatro semanas de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa: “No —sobre renunciar—, ahora más que nunca estoy comprometido en el actuar en el ámbito de la responsabilidad de lo que yo hago y con mi país…”. Aunque casi dos años después sí presentó su renuncia… pero para irse como secretario técnico del Consejo Nacional de Seguridad.

Por el mismo caso, tampoco se fue Jesús Murillo Karam, y eso que estaba súper cansado a menos de dos meses de la investigación de los 43 estudiantes en Iguala. Su salida del escenario político se dio poco a poco, cuando hasta febrero de 2015, cuatro meses después de los hechos de Ayotzinapa, lo movieron a la Sedatu, donde permaneció seis meses.

El único que ha tenido la sensibilidad de saber cuándo retirarse fue Luis Videgaray, quien renunció a la Secretaría de Hacienda tras la invitación hecha al entonces candidato Donald Trump para encontrarse con EPN en Los Pinos. La diferencia entre saber pagar un costo político por algo que, eventualmente, blindaría al país (o lo intentaría al menos). Renunció y luego regresó, pero muy en otras circunstancias: justo para hacerse cargo del tema bilateral en la impensable era Trump. El hoy canciller supo irse, y por ello, también supo regresar.

Ésa es la diferencia entre los que entienden la naturaleza del servicio público y la razón de Estado, y aquéllos para los que solamente es una caja en la que se guarda el añorado (e irrenunciable) “hueso”.

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