Ayotzinapa globalizada
Muy a pesar de todo lo que se ha hecho en los últimos meses para reposicionar la marca México, como una que proyecte un destino renovadamente atractivo no sólo para el turismo si no para la inversión extranjera, tras lo alcanzado con la aprobación de las reformas ...
Muy a pesar de todo lo que se ha hecho en los últimos meses para reposicionar la marca México, como una que proyecte un destino renovadamente atractivo no sólo para el turismo si no para la inversión extranjera, tras lo alcanzado con la aprobación de las reformas estructurales, tristemente, sumado a las señales que se mandó al mundo con el encarcelamiento de personajes como Elba Esther Gordillo o la captura de El Chapo Guzmán, pareciera que otra vez, la marca México está nuevamente en peligro. En riesgo de hundirse, ante los ojos del mundo, en los pozos de la percepción negativa por la reaparición de aquella realidad que tanto trabajo está costando sacudirse: la de un país rehén del crimen organizado. Peor aún, la de un país rehén de la corrupción y la impunidad, generadas por la penetración de ese mismo crimen organizado en las estructuras del Estado.
Y no, por supuesto que no decimos que hasta antes de Ayotzinapa o Tlatlaya, el país marchaba —en cuestiones de seguridad— en óptimas condiciones. Aquí mismo escribí hace unos días sobre la baja de volumen que el gobierno federal decidió en materia del discurso oficial respecto al tema de la inseguridad desde el inicio del sexenio, como parte de una estrategia que evidentemente no sería sostenible y mucho menos suficiente, y lo sabían. Los problemas aquí están. La realidad terminó por alcanzarnos nuevamente. Lo que sucedió en Iguala es la prueba más contundente de ello. Más aún cuando pensamos en las dimensiones y en los antecedentes. Después de las disculpas que ofreció el PRD por haber abanderado a José Luis Abarca, queda una certeza: todos sabían lo que ocurría, pero nadie hizo nada. Pero no sólo el PRD. También el gobierno estatal. Y a decir de las denuncias presentadas hace un año contra Abarca, también el federal. Todos sabían, pero la espiral del silencio terminó en un derramamiento de sangre. Así de fuerte. Así de triste.
Los ojos del mundo vuelven a estar encima de nuestro país, no por notas alentadoras —como calificó la prensa internacional la racha reformista— sino por este lamentable episodio de violencia. Somos nota en los principales diarios del mundo. Y cómo no habríamos de serlo. Si mejor Human Rights Watch envía una carta fuerte y sin tapujos de lo que ocurre al interior de nuestro país con respecto al tema de los desaparecidos por el crimen organizado y que dirigió al secretario de Gobernación. Mejor ellos que la CNDH que preside Raúl Plascencia, quien busca quedarse en donde está por un nuevo periodo. Y si no estoy en lo correcto, usted y yo recordaríamos contundencia de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, pero sólo ha generado observaciones obvias para el gobierno federal. Y cómo no vamos a serlo, si la ONU, la OCDE, el Departamento de Estado en EU, y todas las instancias que tienen voz en la escena internacional, han exhortado (por no decir exigido) al gobierno mexicano una clara y pronta respuesta ante los hechos ocurridos.
No sólo en el Distrito Federal o en Guerrero. No sólo en otras capitales del país. También en otras capitales del mundo la gente salió a las calles en manifestaciones que inundaron con su solidaridad y un urgente llamado para que el caso tenga una pronta resolución. Argentina, España, Bolivia, Noruega, Estados Unidos, Inglaterra o Alemania. Desde aquellos territorios se pide por una causa tan dolorosa. Desde ahí se escucha un grito que pide un rápido actuar, porque bajo esa misma lógica, de no solucionar el caso Iguala a la brevedad, podría ser un retroceso a la marca México. Y su más grave tropiezo (obstáculo, por decirlo a todas letras) en el camino de crecimiento que se había trazado Enrique Peña Nieto y su gabinete completo con las reformas estructurales que todavía ni siquiera estrenan...
Y no sería justo porque poco a poco se ha comenzado a implementar un camino para reposicionar a nuestro país como uno que puede ser el más deseable destino para las inversiones; el famoso Mexican moment nos ponía en la antesala de un renovado liderazgo en la región.
Addendum. Ayer cuando pregunté, en entrevista en CadenaTres, a Ruth Zavaleta, guerrerense y diputada federal integrante de la Comisión especial para el caso Iguala, escuchamos decir: “En Guerrero, seguramente, mucha gente sabe en dónde están —los 14 normalistas aún desaparecidos— la gente tiene miedo de hablar, tiene miedo de salir a la luz pública. Porque siempre que alguien sale a denunciar este tipo de actos, hay represión contra su familia (...) Las cosas en Guerrero no son nuevas, todo el mundo lo sabe...”, Y en efecto, el que se escuchó ayer en el mundo, fue un llamado que para que Iguala deje de ser una realidad tan dolorosa, tan impune, tan arbitraria, tan corrupta... una realidad que existe desde hace tanto tiempo. Pero hoy, para el mundo, México es Iguala. O Iguala es igual a todo México...
