El caso de Maricarmen en España, despojada de su hogar y lanzada a la calle tras verse imposibilitada para pagar la renta donde por años cumplió puntualmente, no es un hecho aislado ni una simple tragedia individual; representa la manifestación de una crisis estructural de dimensiones globales. Detrás de esta historia existen millones de situaciones semejantes en distintas partes del mundo, revelando dos situaciones. Por un lado, la desprotección y el abandono en el que con frecuencia quedan los adultos mayores por parte de sus propios entornos familiares. Por otro lado, las enormes barreras económicas que impiden acceder y conservar una vivienda digna cuando los ingresos fijos resultan insuficientes frente a la especulación inmobiliaria y el encarecimiento de la vida.
La vulnerabilidad habitacional se agudiza drásticamente cuando las personas enfrentan imprevistos o emergencias que escapan por completo a su control. Pensar en el impacto financiero y emocional de una madre que acaba de quedar viuda o en la desprotección de hijos que quedan huérfanos nos invita a reflexionar sobre la fragilidad del bienestar bajo los esquemas actuales. Ante eventos traumáticos de esta naturaleza, la pérdida del sustento familiar no debería conducir de manera automática a la pérdida del techo. Esta realidad plantea una interrogante fundamental sobre la función del Estado y de las instituciones públicas: ¿cómo se puede garantizar de forma efectiva que ninguna persona en situación de vulnerabilidad sea privada de su hogar? La vivienda no puede seguir siendo tratada como una mercancía sujeta a las leyes de la oferta y la demanda, sino como un derecho humano fundamental que requiere mecanismos de salvaguarda, subsidios temporales, rentas sociales protegidas que impidan los desalojos sumarios ante situaciones de vulnerabilidad acreditada.
México no es la excepción, sólo hay que ver la cantidad de personas que se encuentran en situación de calle y que coinciden en un mismo punto: ya no pudieron seguir pagando la renta. La precariedad laboral, la ausencia de un sistema integral de cuidados para la vejez y la falta de vivienda social accesible convierten cualquier crisis familiar en un camino directo a la indigencia, demostrando la urgente necesidad de articular políticas públicas que protejan el patrimonio y la dignidad humana frente a las adversidades.
ALFREDO DE LA CRUZ
CIUDAD DE MÉXICO
