El filin, legado musical del siglo XX

Cuba es, qué duda cabe, un país clave para la historia del “nuevo mundo” y para la de América Latina. Su ubicación geográfica jugó un papel estratégico y determinante para la conquista española, y junto con Brasil, quizá sea la nación latinoamericana en la que ...

Cuba es, qué duda cabe, un país clave para la historia del “nuevo mundo” y para la de América Latina. Su ubicación geográfica jugó un papel estratégico y determinante para la conquista española, y junto con Brasil, quizá sea la nación latinoamericana en la que el mestizaje racial y cultural ganó mucha mayor profundidad y arraigo.

En el ámbito de la música popular, ni hablar: el sonido producido por el tambor sagrado que surge de las entrañas habaneras, santiagueras, costeñas y serranas se ha destacado hasta hoy, y quizá su éxito se deba a su poder de adopción de otros ritmos y a su gran flexibilidad para adaptarse a otras armonías y jugar con ellas, llegando con frecuencia hasta el virtuosismo interpretativo.

De hecho, hace aproximadamente un año en este mismo espacio se subrayó la explicación que al respecto del origen de esa mixtura brindó el musicólogo cubano Cristóbal Díaz de Ayala: “Cada año, a mediados del siglo XVI partían dos flotas desde Sevilla que, aprovechando la corriente del Golfo, se dirigían una a México y otros puertos de América Central, y otra a Cartagena y a veces a Argentina. Ambos grupos de naves debían reunirse en el invierno en La Habana, y de ahí hacer el viaje de regreso, juntas otra vez, en marzo. Estos itinerarios tenían cambios, pero, básicamente, La Habana era el punto de reunión”.

Ese tiempo de espera de varios meses de fiesta y ocio en el puerto cubano —asegura el puntilloso investigador— “se convertía en un verdadero laboratorio de experimentación musical”. Es claro que de ese laboratorio han germinado muchísimos autores, intérpretes, canciones, conjuntos y nuevos ritmos que, sobre todo en el siglo XX —con el empuje de la radio y la industria discográfica— le dieron más brillo aún al talento artístico de la isla.

Esta brevísima mención al trayecto musical de Cuba viene a cuento, porque acaban de cumplirse cinco años de la muerte del compositor habanero César Portillo de la Luz (31 de octubre de 1922-4 de mayo de 2013), uno de los creadores de música popular más destacados, pero, también más olvidados en la actualidad. Para darle un poco de realce a su obra, habría que decir que con su fallecimiento, a los 90 años, se cerró de manera definitiva uno de los movimientos musicales más relevantes en la cultura popular en español del siglo XX: el filin.

Este género, que toma su nombre de la palabra en inglés feeling (sentimiento en español, con lo que queda clarísimo su espíritu), se refiere única y exclusivamente al ámbito de la canción cubana que surge a finales de los 40 del siglo XX, y significó un cambio radical en la manera de abordar el bolero, tanto en términos de composición como de interpretación.

El filin, que alcanzó celebridad a través de la radio y el mundo discográfico, ya lo decíamos, y en menos medida en el ámbito de los conciertos (sus exponentes solían ganarse la vida tocando en cafés, peñas y cabarets), tuvo una influencia definitiva del jazz estadunidense; de hecho, en los dos géneros se trasluce una gran emotividad casi íntima.

Entre los apóstoles del filin estuvieron Ángel Díaz (1921-2009, cuya principal obra es La rosa mustia), José Antonio Méndez (1927-1989, La gloria eres tú, Si me comprendieras) y el propio César Portillo de la Luz (Contigo en la distancia y Tú, mi delirio).

Quizá el factor definitivo para la existencia del filin radicó en la adopción del formato instrumental jazz band para la interpretación de la música popular cubana en prácticamente todos sus géneros; así la orquestación de sus formatos tradicionales cambió para siempre. En retroalimentración, la música estadunidense comenzó a adoptar elementos cubanos en el jazz, a través sobre todo de la rítmica y de la inclusión de algunos instrumentos de percusión. Esos dos elementos propiciaron el surgimiento de expresiones musicales contemporáneas en ambas direcciones. Tan es así que en la misma década de los 40, cuando aparece el filin en Cuba, el modern jazz irrumpe en EU. Es justo en ese momento cuando nace la fusión de la conga de Chano Pozo (1915-1948) en el conjunto de Dizzy Gillespie (1917-1993) durante sus presentaciones en el Town Hall de Nueva York, mixtura revitalizó los nuevos estilos del jazz, cuya evolución derivó en el hoy denominado latin jazz, con abanderados (cubanos, estadunidenses, boricuas, mexicanos) que son verdaderos virtuosos en sus respectivos instrumentos.

Ya asentado el filin, en los años 50 llegó a México su influencia, que no fue definitiva ni totalizante, pero sí manifiesta, sobre todo en compositores de la talla de Mario Ruiz Armengol (Aunque tú no me quieras), Vicente Garrido (No me platiques más), Álvaro Carrillo (Como un lunar), Luis Demetrio (La puerta), Roberto Cantoral (Soy lo prohibido), Gonzalo Curiel (Vereda tropical), María Grever (Júrame) y Armando Manzanero (Esperaré, Cuando estoy contigo).

El filin fue un movimiento cultural amplio y en su consolidación intervino también el decisivo aporte de arreglistas cuba-

nos como Bebo Valdés (1918-2013), y empecinados continuadores, en cuya categoría habría que incluir a cantautores como Pablo Milanés y Francisco Céspedes, cuya obra ha tenido en México un gran impacto. Ahora que en Cuba han comenzado a cambiar

otra vez las cosas a nivel político, con la finalización del régimen castrista, vale la pena rescatar otro tipo de legados culturales

que la isla propició, entre ellos, por supuesto, el discreto, enamorado, tristísimo y

hermoso filin.

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