El oído mestizo de Carpentier

El FCE acaba de publicar la recopilación Temas de la lira y del bongó

Cuenta deliciosamente Alejo Carpentier, el brillante escritor cubano, que allá “por 1924 llegó a La Habana un músico mexicano llamado Ignacio Fernández Esperón, Tata Nacho, que es el autor de canciones que todos ustedes conocen: Adiós, mi chaparrita, La borrachita, etcétera, y que era una estrella en México. (…) Era otro de esos músicos populares que hacía música popular inspirada en el folclor de su país, pero en París estudiaba con Edgar Varèse”.

Carpentier, apenas de 20 años, atendió con diligencia una gran curiosidad de Tata Nacho: el famoso compositor mexicano quería escuchar lo mejor de la música folclórica cubana. Entonces, Carpentier, sin pensarlo demasiado, lo llevó a un juramento ñáñigo (ceremonia de iniciación de una sociedad secreta cubana, aunque no tan secreta si pudieron asistir a ella). Bueno, el asunto es que, tras presenciar los bailes colectivos y toda la parafernalia ritual, Tata Nacho quedó un poco más que satisfecho: quedó más bien obnubilado con lo que vio y escuchó.

Todo bien hasta ahí, pero surgió un pequeño problema: enterado de esa visita, Eduardo Sánchez de Fuentes —musicólogo y compositor de la famosa habanera , quizá el primer éxito internacional de la música cubana— enfureció tanto, que escribió un rabioso artículo en el periódico El Mundo. En el texto reprobaba un hecho: esa manifestación de la cultura popular era una tara para los cubanos y no debía, bajo ninguna circunstancia, enseñársele a los extranjeros. Ese ritual ñáñigo era, para Sánchez de Fuentes, una vergüenza nacional.

Fue tal el alboroto que suscitó la protesta de Sánchez de Fuentes —en un contexto en que era tremendo el debate público en la isla caribeña acerca de la diferencia entre música culta y música popular— que un oficial de la Marina isleña retó a duelo a Carpentier por el agravio de haber llevado a Tata Nacho al ritual local. “Y en aquella época —recuerda compungido Carpentier— no podía uno rajarse, aunque no hubiera cogido nunca una pistola; al duelo había que ir”. Pero los padrinos de ambos duelistas —cuatro personas más sensatas sin duda que sus apadrinados— llegaron a la feliz conclusión de que ese desafío mortal “era estúpido, sencillamente porque la causa de la ofensa no estaba prevista por el código de honor del conde Athos de San Malato, que efectivamente no podía haber previsto que llevar a un mexicano a ver a unos ñáñigos podía ser ofensivo para un oficial de la Marina cubana; y como el delito no aparecía, no había ofensa”.

Así, debido a un notable uso del sentido común de cuatro personas que no tenían originalmente vela en el entierro, fue como Carpentier se salvó de morir a manos de un cuarentón experto en armas. Así también fue como Carpentier —cuyo 37 aniversario luctuoso se cumple mañana— pudo dedicarse a escribir y heredar al mundo de la literatura universal joyas inmarcesibles como El reino de este mundo, El siglo de las luces o El arpa y la sombra y, posteriormente, pudo hacerse acreedor de muchos galardones literarios, entre ellos el Premio Cervantes (reconocimiento que recibió hace justo 40 años).

Pero eso es parte de su faceta literaria, y de lo que estábamos hablando era de música, ámbito en el que Carpentier —nacido en Suiza en 1904, de padre francés y madre rusa— se movía a sus anchas, gracias a una notable formación musical (se sabe, por ejemplo, que el escritor, que llegó a Cuba de niño y creció en medio de un poderoso mestizaje cultural, era capaz de leer partituras hasta de reojo).

Pues bien, esta musical anécdota que tiene como protagonista a Tata Nacho está incluida en el libro Temas de la lira y del bongó, compilado y anotado por el historiador Radamés Giro y que el Fondo de Cultura Económica, sello del Estado mexicano, recién publicó en su colección Popular. Se trata de una selección de 78 textos que Carpentier escribió entre 1923 y 1979, y en los que el novelista y ensayista no sólo desplegó un profundo conocimiento musical, sino que además emprendió una defensa irrestricta de una expresión genuinamente cubana: la música interpretada por anónimos ejecutantes que prodigaban su arte en plazas y cafés de la vieja Habana, y también en las poblaciones serranas y en la selva tropical de la isla.

Se trata de una antología cuya primera parte (la escrita hasta inicios de los años 40), sirvió de base a Carpentier para escribir La música en Cuba, un portentoso libro de corte ensayístico e histórico que en 1946 le fue encargado por el intelectual y editor mexicano Daniel Cosío Villegas, director, precisamente, del Fondo de Cultura Económica.

Considero que el mayor mérito de este libro, cuyo insólito autor es uno de los grandes escritores de nuestro idioma, es describir con luminosa elocuencia y humor ese puente diáfano, exuberante, armónico y universal que hay entre la música culta y la popular. Y esa expresión mestiza fue el sustrato nutricio de nuestro autor. Esta recopilación de es una espléndida muestra de ese meticuloso afán ensayístico e histórico de Carpentier.

Estribo y cuenta

Resulta que está en el horno legislativo, ya en sus últimos detalles, la llamada Ley General de Cultura y Derechos Culturales, que el Congreso de la Unión pretende expedir en estos días con el fin de que rija el sector en México. Esta semana, mi compañero Luis Carlos Sánchez adelantó en estas páginas algunas novedades que incluiría, de aprobarse, dicha ley. Entre ellas, sanciones específcas a funcionarios, participación de la iniciativa privada en proyectos culturales y, sobre todo, la definición de un presupuesto. Justo este último es clave: no es un secreto que cuando el Conaculta fue ascendido a Secretaría, sus recursos fueron, paradójicamente, recortados.

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