Oposición de sofá

Una semana más, y unos metros más cerca del abismo. Una semana más menos de diez para la elección del 6 de junio, a la fecha de publicación de este texto en que la oposición no ha hecho sino contemplar los errores de su adversario, sin hacer nada en concreto. Como ...

Una semana más, y unos metros más cerca del abismo. Una semana más —menos de diez para la elección del 6 de junio, a la fecha de publicación de este texto— en que la oposición no ha hecho sino contemplar los errores de su adversario, sin hacer nada en concreto.

Como si faltara material. Lo ocurrido en los últimos días sería más que suficiente para testerear a cualquier gobierno, tras haber cruzado el terrible umbral de los 200 mil muertos por la pandemia, que en unas horas se reconocieron como 321 mil; las contrarreformas en materia eléctrica y de combustibles, hechas con el estómago y que nos retrasan décadas frente al resto del mundo; el autoritarismo sin mesura, el desprecio a las instituciones y la nula empatía con las causas más elementales de la sociedad mexicana, como la de las mujeres.

La oposición sigue sin darse cuenta de que puede ganar. Sigue sin unirse, sin generar nuevas ideas, sin que sus propuestas sean noticia en ausencia del tirano, sin que se sepa de ella más que los escándalos de corrupción de los políticos de siempre. La oposición, sin embargo, es mucho más que el conjunto de partidos críticos con el gobierno en funciones, las organizaciones de la sociedad civil, o cualquiera de los individuos —y sus iniciativas— que procuran sus fines haciendo del activismo un medio de participación política.

La oposición, en realidad, somos todos los individuos comprometidos con nuestra nación, capaces de advertir los errores del gobierno en turno —sin importar los colores— y de proponer una manera mejor de llevar los asuntos que nos competen a todos, los asuntos públicos. La oposición somos todos, aunque —en las circunstancias actuales— hayamos caído en lo que no podría ser definido sino como un activismo de sofá, propiciado por la falsa impresión del impacto que los esfuerzos cotidianos en las redes sociales —y los servicios de mensajería— pueden tener en la sociedad como conjunto. Una labor cotidiana e infructuosa, que nos distrae de lo realmente importante. ¿De qué sirven las peleas en redes sociales, de qué sirve mandar los mismos mensajes a los mismos grupos, de qué sirve seguirnos convenciendo, todos los días, de lo que ya sabemos de sobra? ¿A quién le sirve?

¿A quién le sirve que sintonicemos la mañanera, todos los días, para escuchar incoherencias? ¿A quién le sirve que le brindemos resonancia a los caprichos de un hombre senil? ¿A quién le sirve que perdamos el tiempo criticando a un merolico, mientras que la agenda de destrucción institucional continúa? ¿A quién le sirve que nos organicemos para caer mejor en los distractores, mientras dejamos de enfocarnos en lo que no sólo es importante, sino urgente?

A nadie más que al mismo demagogo al que le seguimos haciendo el caldo gordo. La oposición tiene una causa justa, y puede conseguir sus fines si —y sólo si— se organiza. Las elecciones no se ganan con gente enojada tuiteando en un sofá, sino comprometida en el territorio, y es ahí donde Morena cuenta con las fortalezas que la oposición ha descuidado. Morena tiene un mensaje unificado, mientras que la oposición se distrae en divisiones internas; Morena ya tiene una estructura, mientras que la oposición sigue discutiendo, en mensajitos, quién entre ellos es el más opositor; Morena tiene un aparato que ha sido probado en mil batallas callejeras, mientras que la oposición no termina por organizarse de manera efectiva.

La lucha puede ganarse, pero la oposición deberá entender que grupos distintos pueden asociarse cuando tienen intereses concurrentes, y que los métodos que sirven para unos pueden no hacerlo para otros, pero que funcionan en tanto aportan al fin que los congrega. Que es preciso dejarse de divisiones y soberbia cuando el fin es superior, que es necesario coordinarse, pero, sobre todo, que tendremos que quitarnos las pantuflas, apagar los teléfonos y levantarnos del sofá si es que queremos salir de esta pesadilla.

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