Las bravatas, a veces, también se cumplen
Feliç aniversari, G “La clave real de mi estilo de promoción son las bravatas”, explicaba Donald J. Trump en su libro El arte de la negociación, publicado en 1987. “Juego con la fantasía de la gente”, proseguía. “La gente no ...
Feliç aniversari, G
“La clave real de mi estilo de promoción son las bravatas”, explicaba Donald J. Trump en su libro El arte de la negociación, publicado en 1987. “Juego con la fantasía de la gente”, proseguía. “La gente no siempre piensa en grande, pero se emociona con quienes sí lo hacen. Por eso, una pequeña hipérbole nunca está de más: la gente quiere creer que algo es lo más grande, lo más grandioso, lo más espectacular. Eso es lo que yo llamo una hipérbole realista: una manera inocente de exagerar, y una forma muy efectiva de promoverse”.
Las bravatas funcionan en contra de los rivales débiles y amedrentados, y Trump lo sabe de sobra: el norteamericano todavía está a meses de asumir el poder por segunda ocasión, pero sus meras palabras comienzan a tener repercusiones entre aquellos a quienes están dirigidas. “México está siendo utilizado como una puerta trasera para los productos chinos”, acusaron los dirigentes de Ontario y Alberta hace unos días. “Hablamos de que es importante que haya un documento que hable de los beneficios para Estados Unidos, los beneficios para México y los beneficios para Canadá, del Tratado”, señaló brevemente la Presidenta de México en su conferencia del 20 de noviembre, al delinear la estrategia del gobierno federal para hacer frente a las amenazas de Trump y las reacciones de los canadienses. “Tenemos un acuerdo comercial absolutamente excepcional en este momento”, afirmaría el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en una conferencia de prensa posterior: “Es algo que nos gustaría que continuara: ésa es mi primera opción”, proseguiría. Sin embargo, “dependiendo de las decisiones y elecciones que México tome, podríamos tener que mirar otras opciones…” matizaría un poco más tarde, con cautela política y —a todas luces— electoral.
“Vamos a buscar qué productos estamos comprando de más en China para tratar de hacerlos en Norteamérica o en México”, explicaría el secretario de Hacienda un par de días después —a petición expresa de la titular del Ejecutivo— en un discurso que sonaba más a la construcción de la narrativa para justificar una derrota esperada que a un esfuerzo real por resolver el problema que tenemos enfrente. “La clave real de de mi estilo de promoción son las bravatas”, aseguró desde hace décadas quien años después celebraría haber doblado, “como nunca había visto doblarse a nadie”, al “máximo representante de México justo debajo del más alto, justo debajo del jefe que resulta ser el presidente”, mismo que ahora se desempeña como secretario de Economía y se apresta para participar, activamente, en la revisión del tratado comercial entre los tres países.
La vida cambia en un instante, sin que podamos advertirlo: en unos cuantos meses nuestro país ha pasado, de paladear las supuestas mieles del nearshoring, a la atropellada construcción de argumentos para demostrar que seguimos siendo merecedores de una sociedad con nuestros vecinos a pesar el caos innegable de nuestra realidad política. No se trata tan sólo de China, ni del déficit comercial; no se trata de la crisis del fentanilo, ni de las oleadas de migrantes tratando de cruzar la frontera común. No se trata, ni siquiera, del peligro que enfrentamos en conjunto o de los beneficios de nuestra alianza: se trata de que nos hemos convertido en un socio al que se le ha perdido la confianza, en un vecino al que se mira con desagrado extremo por lo que se sabe que ocurre detrás de sus puertas.
El comercio es la savia que mantiene vivas a las economías nacionales: el comercio exterior, el oxígeno que permite que se desarrollen y crezcan cuando se encuentran en un ecosistema regulatorio propicio. Nos hemos convertido en el vecino incómodo que descuidó su huerto, y que dejó de atenderlo permitiendo que las plagas se extendieran: las bravatas funcionan en contra de los rivales débiles y amedrentados, y Donald Trump —lamentablemente— lo sabe de sobra. Las bravatas, hay que recordarlo, a veces también se cumplen.
