El fin no justifica los medios
El mundo que cambió en un instante, sin que atináramos a darnos cuenta.

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
Las imágenes son impactantes y, sin duda, quedarán inscritas para el futuro en la memoria colectiva. El bombardeo sobre Caracas, el anuncio triunfal de la detención de Nicolás Maduro. El dictador sometido, su exhibición en las calles, el beneplácito de los mandatarios de otros países. El mundo que cambió en un instante, sin que atináramos a darnos cuenta.
El fin, sin embargo, no justifica los medios. Aunque se trate de la caída de un dictador sanguinario. Es imposible regatear el júbilo de quienes celebran la defenestración del sucesor de Hugo Chávez; es imposible no advertir, por otro lado, que tras la intervención norteamericana Venezuela lo mismo podría estar en camino a recuperar la libertad que a punto de someterse al yugo de otro amo. Lo que se advierte hasta el momento, por desgracia, no deja mucho lugar al optimismo.
La operación fue quirúrgica, y su ejecución perfecta. Demasiado perfecta, dirían algunos críticos que suponen un acuerdo previo. La misión se planeó de manera meticulosa, de acuerdo con las declaraciones de Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, y fue la culminación de meses de preparación que incluyeron la construcción de una réplica exacta de la casa de seguridad en la que se refugiaba Nicolás Maduro: con tanta atención al detalle —y tantos recursos comprometidos— sería iluso pensar que, tras una operación que no se realizó en coordinación con los opositores al régimen, el gobierno norteamericano simple y sencillamente les entregara el poder. González Urrutia podrá ser el presidente electo —y María Corina, la ganadora del Premio Nobel—, pero Donald Trump es el presidente más poderoso del mundo. Un presidente que no sólo sigue su propia agenda, sino que tiene la sartén por el mango.
“Vamos a administrar Venezuela hasta que pueda realizarse una transición segura, adecuada y juiciosa”, anunció Trump en conferencia de prensa tras la captura de Maduro. “No podemos arriesgarnos a que alguien que no tenga en mente el bien del pueblo venezolano se haga con el control de Venezuela”, aseguró quien terminaría por decidir que la persona adecuada para dicha transición no era otra sino Delcy Rodríguez, vicepresidenta del dictador defenestrado que —a decir de los propios venezolanos— es incluso más sanguinaria y antidemocrática. “Si no hace lo que es correcto pagará un gran precio”, advirtió el mandatario estadunidense. “Incluso mayor que Maduro”, precisó.
El futuro de Venezuela es una carrera que se juega en varias pistas, mismas que corren en paralelo. El combate a las mafias del crimen organizado, el control de los hidrocarburos; los escándalos del caso Epstein, los índices de aprobación que se diluyen. Las promesas no cumplidas, la crisis económica en proceso. El fracaso de los aranceles como una medida que beneficia al ciudadano común, la pérdida de confianza en lo doméstico y lo internacional. El ego infinito de un presidente que hoy se siente invencible, pero que sabe que podría perderlo todo antes de un año en las elecciones intermedias. El miedo de perder el poder, sobre todo. Venezuela, para Donald Trump, no es más que un medio para alcanzar sus propios fines.
El fin no justifica los medios, aunque se trate de la caída de un dictador sanguinario; el fin no justifica los medios —tampoco—, aunque se trate de la permanencia en el poder de otro equiparable, pero que resulta ser su adversario. El fin no justifica los medios cuando se preserva un statu quo perverso que sólo favorece intereses determinados; el fin no justifica los medios, mucho menos, cuando la aprobación tácita o explícita de los líderes internacionales abre la puerta a una realidad que viola el Derecho Internacional Público y legitima el poder de quien demuestra ser más fuerte. El daño está hecho, sin embargo, y el mundo cambió en un instante. Sin que nos diéramos cuenta.
Venezuela merece algo mejor, sin duda alguna. EU, y el mundo entero, también. El fin no justifica los medios, aunque el próximo en caer fuera —como debería serlo— Andrés Manuel López Obrador.