El mundo parecía haberse convertido en un lugar completamente distinto tras la captura arbitraria de Nicolás Maduro. El operativo sobre Venezuela no sólo se había realizado con precisión quirúrgica, sino que había bastado para demostrar que el poderío militar de los EEUU era superior, por mucho, al de cualquiera de sus rivales. El destino de Groenlandia, en estas circunstancias, parecía estar decidido.
Algo pasó, sin embargo. Los paradigmas cambiaron en un instante, durante la reunión anual de Davos: lo que en un principio se había anunciado como el comienzo de la “toma de Groenlandia” —y que no parecía ser más que un mero trámite— terminó por convertirse en una derrota estrepitosa que habrá de definir, sin duda alguna, el rumbo del segundo mandato del presidente norteamericano. El imperio ha comenzado a derrumbarse, y en su caída arrastrará a los países que gravitan en su órbita. Hoy, más que nunca, es necesario ser realista.
“Los canadienses sabemos que la cómoda presunción de que nuestra geografía y alianzas nos brindarían —de forma automática— seguridad y prosperidad, ya no es válida”, aseguró Mark Carney, el primer ministro canadiense, en una intervención que podría calificarse ya como histórica en el foro de Davos. “Estamos actuando de manera amplia y estratégica, con los ojos bien abiertos. Tomamos al mundo tal y como es, sin esperar a que se convierta en el mundo que deseamos (…) Ya no confiamos tan sólo en la fortaleza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza”, afirmó.
“Esa fortaleza la estamos construyendo en casa”, continuó el canadiense con decisión, a sabiendas del impacto que habrían de tener sus palabras al sur de sus fronteras. “Hemos cortado impuestos, removido barreras comerciales, fomentado inversiones por más de un trillón de dólares. Duplicaremos nuestro gasto de defensa al final de la década, y nos estamos diversificando en el exterior: hemos pactado una alianza estratégica con la Unión Europea, y hemos suscrito otros doce acuerdos en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días hemos concretado alianzas con China y Catar, y estamos negociando pactos comerciales con la India, las naciones del Sudeste Asiático, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.
“Además, con el fin de resolver problemas globales, estamos buscando coaliciones distintas para diferentes asuntos, con base en intereses y valores comunes. Somos uno de los mayores contribuyentes para la defensa y seguridad de Ucrania; apoyamos con firmeza a Groenlandia y Dinamarca, y nuestro compromiso con la OTAN —y su artículo 5º— es inamovible. No se trata de un multilateralismo simplón, sino de establecer coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con aliados con los que tengamos cosas en común para actuar en conjunto—”. El mensaje del primer ministro canadiense caló hondo en el ánimo de sus pares y marcó el tono de la reunión; el presidente norteamericano, por su parte, quiso generar miedo pero no logró obtener más que el desprecio generalizado.
El mundo se ha convertido en un lugar completamente distinto, en el que los EEUU han dejado de ser un aliado confiable incluso para sus propios ciudadanos. El regreso a casa fue todo menos terso: el imperio se sigue derrumbando, minuto a minuto, con cada declaración del presidente y las órdenes ejecutivas correspondientes. El reciente asesinato de Alex Pretti a manos de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) ha sido la gota que podría derramar el vaso incluso para los integrantes del Partido Republicano: la violencia generada por el propio gobierno en Minnesota se ha convertido en una situación insostenible, y, lo que en algún momento se suponía parte de una estrategia brillante —un ajedrez en tres dimensiones—, hoy se comprueba que no es sino un delirio más de un hombre senil y resentido. Un hombre que puede tirar la basura, en cualquier momento, en el que considera su patio trasero.
