No llores por mí, Acapulco
La pregunta es cómo salir del atolladero, de la crisis de imagen provocada por el crimen cometido y agravada por el alcalde sollozante.
Claro, Luis Walton se disculpó al día siguiente, pero para entonces el daño ya estaba hecho. Sus irresponsables declaraciones ya habían dado la vuelta al mundo y, al horror de la violación de las seis turistas españolas, se sumaba la indignación de saber que el alcalde minimizaba unos hechos, por demás, inadmisibles.
Mucho se ha dicho sobre la repercusión de este crimen, y de las declaraciones de su locuaz alcalde, en la imagen de México en el extranjero. La percepción de inseguridad, de violencia, de impunidad. Pero la verdad es que la imagen de nuestro país en el exterior no era, precisamente, de bonanza y alegría: tras seis años de violencia extrema, en las que el Presidente aprovechaba la menor oportunidad para hablar sobre temas de seguridad, parecería que el propósito era, justamente, el contrario. Es triste reconocerlo, pero México es concebido en muchos países como una nación bárbara y atrasada, donde la corrupción campea y la gente se enfrenta a tiros en las calles a la menor provocación. Lo cual, y esto es aún más triste de reconocer, no está muy alejado de la realidad.
El doloroso estereotipo del mexicano que, con un sombrero enorme, duerme junto a un cactus en un desierto, está cambiando por el del que se levanta de la siesta en el cactus, sediento de sangre, en un país sin ley. No es gratuito: las noticias que se difunden cotidianamente en el extranjero hablan de matanzas terribles, de sevicia infinita, de tragedias inenarrables. Documentales sobre el culto a la muerte, sobre el abuso a los migrantes, sobre la historia de la francesa juzgada “injustamente” ante la complacencia de las autoridades. Y mientras tanto, los diplomáticos mexicanos tratan de rebatir, de explicar, de matizar en una labor interminable, de promover el turismo y la inversión mientras transmiten el mensaje de que no todo es blanco o negro. O rojo.
México tiene, como es evidente, problemas muy serios y que no fueron atendidos de manera correcta en el pasado cercano. La impunidad no sólo de los grupos criminales, sino de los delincuentes comunes, es una situación cotidiana y que no fue atacada en la administración pasada. La corrupción que impide que los procesos penales lleguen a buen término, las cárceles atestadas que no cumplen con sus funciones de rehabilitación, la policía que en algunas comunidades está completamente infiltrada por el crimen organizado. Todo esto no es ni siquiera un secreto a voces, es algo que el mundo entero conoce y que es parte del sambenito que carga nuestro país en cada relación comercial, en cada proyecto de inversión, en cada decisión de pasar unos días en alguno de nuestros destinos turísticos.
Volviendo al tema de Acapulco, la situación difícilmente mejora cuando seis españolas son violadas, el alcalde minimiza los hechos, no se alcanzan resultados y finalmente Walton lloriquea, literalmente, pidiendo el auxilio de un gobierno federal que su partido se empeña en conseguir que naufrague. Sus lágrimas y voz cortada fueron registrados por los principales medios nacionales y extranjeros, y transmiten una sensación de debilidad, de desamparo, de vulnerabilidad que en poco ayudarán a que los turistas elijan Acapulco como destino para pasar unos días en un clima de tranquilidad que, ahora lo saben, ni siquiera el alcalde siente.
La pregunta es, ahora, cómo salir del atolladero, de la crisis de imagen provocada por el crimen cometido y agravada por el alcalde sollozante. No basta con presentar a unos culpables o publicar fotos en revistas internacionales sobre gente que se divierte en las playas de Caleta. No se trata de hablar, simplemente, con los tour-operadores y ofrecerles incentivos por boleto vendido. No es suficiente con bajar el precio de los hoteles al alimón con una campaña de publicidad agresiva, o poner calcomanías invitando a hablar bien de Acapulco.
Es el momento oportuno, y la necesidad es urgente, para cambiar la percepción de nuestro país a partir de un esfuerzo conjunto y coordinado entre las diferentes dependencias en los tres niveles de gobierno. En los sexenios anteriores, las iniciativas para posicionar a México han sido inconexas e incongruentes, como en las tristemente célebres giras internacionales en las que, en lo económico, se hablaba de las grandes oportunidades que ofrecía nuestro país, mientras que en lo turístico se trataba de minimizar la marca país para favorecer la marca región, en lo cultural se promovían las películas sobre la miseria humana nacional y todo era rematado por los discursos presidenciales en los que se hablaba de muertos y se mencionaba a los delincuentes por sus apodos, con gran familiaridad.
La estrategia debe de pasar por la definición de objetivos razonables, y resultados mesurables, para poder alinear los recursos disponibles de la manera más eficiente. El planteamiento debe incluir al gobierno entero y a todas sus dependencias, en coordinación con las autoridades estatales y municipales. Es tiempo de dejar atrás la imagen de los mexicanos dormidos, los bigotones sanguinarios y los alcaldes chillones. México es mucho más que eso, y tenemos que demostrarlo, sobre todo en estos momentos.
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