La invasión de Estados Unidos a Venezuela ha revelado que en México existen dos especies de ciudadanos, ambas contradictorias e incluso desmemoriadas.
El primer tipo anda estos días con una sonrisa de oreja a oreja, celebrando que por fin le pusieron un alto a la dictadura venezolana. Se les ve en redes sociales descorchando champaña virtual, repartiendo emojis de aplausos y tratando a Donald Trump como si fuera una mezcla entre Simón Bolivar y un justiciero de Marvel. Poco importa que sea el mismo presidente que hace no tanto llamaba a los migrantes mexicanos violadores, criminales y amenaza nacional y que su deporte favorito sea amenazar al país con la aplicación de aranceles.
Seguramente la gente piensa “si el dictador cae, todo mejora”, como si los países fueran torre de Jenga que, al sacar una pieza, las otras se acomodan. La historia, esa señora necia que insiste en repetir lecciones que nadie quiere estudiar, lleva décadas explicando que las invasiones no vienen con garantía de mejoría ni política de devolución. Sin embargo, hay quienes creen que el abuso de poder deja de serlo cuando “se usa para el bien”. Algo así como el fin justifica los misiles.
No habrá camisetas que digan “yo extraño a Nicolás Maduro”. Un gobierno que encarceló opositores, amañó elecciones y hundió a su país en la miseria merece los infiernos de la Divina Comedia, pero de ahí a aplaudir que una potencia extranjera invada a un país, capture a su presidente en pijama y lo suba a un avión rumbo a Nueva York hay un trecho enorme llamado derecho internacional que, aunque no sea tan emocionante como un operativo nocturno narrado en tiempo real, es lo que evita que el mundo parezca cantina del viejo oeste, sin ninguna regla. Hoy es Maduro; mañana puede ser Groenlandia o cualquier otro país que le represente un interés particular.
El segundo tipo de personas repudia la mano dura internacional, lloran que el presidente estadunidense se pase los tratados internacionales por el arco del triunfo, pero aplaudió a rabiar cuando Andrés Manuel López Obrador violaba el Estado de derecho, repetía que no le vinieran con que la ley era la ley, ignoraba contrapesos e imponía su voluntad constitucional a conveniencia.
México sabe mejor que nadie lo que es gobernar sin frenos. El tabasqueño ignoró resoluciones judiciales, descalificó jueces, confrontó a opositores, eliminó instituciones y centralizó decisiones bajo el argumento de que el pueblo lo respaldaba. Sus seguidores estaban muy felices porque era su caudillo. Hoy el mundo observa lo que pasa cuando el poder se acostumbra a no ser detenido. Trump hace y deshace porque puede (al menos hasta ahora) e invade, amenaza aliados, convierte la diplomacia en subasta y mira islas como quien revisa propiedades en el Monopoly.
El panorama internacional de estos primeros días del año no suena alentador, pero México tampoco se queda atrás. No sólo por las amenazas externas, sino porque tiembla. Tiembla la tierra y tiembla el piso político con la reforma electoral asomándose amenazante de terminar con la democracia que aún queda.
Apenas van 11 días de este 2026 ni una quincena siquiera y ya quedó claro que cuando se desmontan los contrapesos, cuando la ley se vuelve un estorbo que se brinca según convenga, el resultado es un planeta donde cualquiera con suficiente poder y milicia puede hacer lo que se le antoje. Se festeja la solución autoritaria cuando coincide con las filias personales y se llora la imposición cuando toca del otro lado. Enero ni siquiera ha terminado y el mundo ya dejó un mensaje: el problema nunca fue sólo quién manda, sino qué pasa cuando nadie puede decirle que no.
