Ricardo, ¡ay, Ricardo!

En tan sólo una semana, Monreal acumuló dos macroenmendadas de plana.

En la política mexicana, siempre hay personajes que parecen piezas de rompecabezas que, por más que intentan, no logran encajar. Ricardo Monreal es, sin duda, uno de los más relevantes protagonistas de este fenómeno. Su nombre suena entre las filas de su partido y de la 4T como un eco incómodo, un asistente al que invitaron a fuerzas a la fiesta y al que nunca lo sentarán en la mesa principal.

¿Y quién puede culpar a los morenistas? El amor del zacatecano por el partido guinda siempre ha estado condicionado. Sólo hay que regresar un poco la memoria para recordar que, en 2017, cuando era el jefe delegacional de la Cuauhtémoc, se mostró absolutamente inconforme por los resultados de las encuestas internas que le daban la candidatura a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México a Claudia Sheinbaum. En ese momento hizo una gran pataleta y se habló de su renuncia al partido.

En diciembre de 2022 declaró: “En 2017 aspiré a ser jefe de Gobierno, yo creo que gané la encuesta, pero no gané la decisión de quien toma las decisiones”, demostrando que en su corazoncito seguía abierta la herida.

Durante las elecciones intermedias de 2021, surgieron fuertes rumores –para algunos certezas, como el propio Andrés Manuel López Obrador– que quien fue también gobernador de Zacatecas había operado en contra de su propio movimiento en la Ciudad de México para conservar cuotas de poder y abollar la administración de Sheinbaum. El ahora expresidente, quien no se ha caracterizado nunca por el perdón, lo congeló políticamente durante un muy buen tiempo.

Luego vino la intentona presidencial. Una vez más, Monreal apostó por ser el centro de atención con el mismo resultado: fuera de la jugada y con un premio de consolación como coordinador parlamentario de los diputados de Morena. En ese momento ¡oh sorpresa, sorpresa!, volvió a deslizar la posibilidad de salirse del partido, a lo que lo que respondió López Obrador: “Ah, es que ‘si no me apoyas a mí, y no gané la encuesta, me voy’: que te vaya bien, sigue tu camino”.

Ahora, con poco más de dos meses y medio de la administración de Sheinbaum siguen aflorando las tensiones y en tan sólo una semana acumuló dos macroenmendadas de plana. Una tuvo que ver con el helicopterogate, pues el diputado lo utilizaba como Uber para atender todos sus compromisos. Entonces la Presidenta lo bajó del aire y le recordó que todos debían poner el ejemplo.

También estuvo presente el desliz fiscal. Monreal, con la seguridad de quien cree que tiene la sartén por el mango (ternurita) aseguró que habría una profunda reforma fiscal porque “la distribución de la riqueza y porque la sociedad igualitaria a la que aspiramos requiere de un mayor esfuerzo de los que más tienen”. ¿En la sociedad igualitaria se incluye el uso de helicópteros?

Sheinbaum salió a desmentirlo y, en efecto, el Paquete Económico 2025 presentado el viernes pasado por el secretario de Hacienda, destila optimismo y fe, pero no conlleva una reforma fiscal.

Así que Monreal mantiene ese vaivén entre aliado incómodo y adversario interno, es ese mosquito que no deja dormir, que nadie lo quiere cerca, pero que no han logrado mantenerlo lejos.

También ha quedado demostrado que los verdaderos contrapesos de Morena son los morenistas. Monreal y Adán Augusto López han sido los primeros en sacar el cobre, mostrando que las lealtades no necesariamente apuntan a Palacio Nacional y es que la fidelidad partidista es un acto de equilibrio y una mezcla de ambiciones personales incluyendo las del exmandatario que no termina de irse de la escena nacional.

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