Receta para cocinar una autocracia

Desde el sexenio pasado, se ha estado cocinando una auténtica autocracia.

México amaneció el miércoles con dos noticias que ocasionaron una muy mala digestión: el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos a pesar de estar muy pasado de cocimiento, y que la última esperanza de salvar el Poder Judicial se quemó en el horno.

Desde el sexenio pasado, se ha estado cocinando una auténtica autocracia al concentrar en una sola persona todo el poder, primero con Andrés Manuel López Obrador y ahora con la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha seguido al pie de la letra la receta que le dejó su antecesor.

Para lograr el platillo que quiere la 4T se necesita una Presidencia omnipresente que dirija todo sin permitir que ningún otro chef se acerque a la cocina ni tenga acceso a los ingredientes y mucho menos a las recetas; para ello se debe mezclar lentamente una retórica nacionalista en la que se repita una y otra vez que todo fue decisión del pueblo con un Congreso sazonado de abyección y bien marinado con una mayoría parlamentaria obtenida gracias a que, en el mercado político, el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, se la dieron en una ganga.

Luego se requiere trocear y amasar el Poder Judicial hasta reducirlo a un puré suave y manejable. Esta etapa requiere experiencia, ya que los jueces y magistrados pueden resultar, como lo han demostrado, duros y fibrosos. En este paso se necesita un buen pinche que haga el trabajo sucio, como sucedió con el ministro Alberto Pérez Dayán. Él se aseguró de que la reforma judicial no fuera anulada.

El siguiente paso es eliminar cualquier sabor y aroma a autonomía. Primero lo hicieron con el INE, luego con el TEPJF y ahora van con los órganos autónomos. En este paso, el objetivo es deshidratarlos o eliminarlos por completo, dejándolos con una apariencia crujiente por fuera, pero huecos y sin esencia. Por ello quieren pasar las funciones del Inai, el Coneval, el IFT, la Cofece o la CRE a las Secretarías de Estado. Así se convertirán en una especie de merengue de pastel, que sirve de adorno, pero a la hora de comerlo, todo mundo lo retira.

Cuando el plato esté casi listo, se agrega a discreción programas sociales y medios complacientes y aplaudidores. No se necesitan muchos, sólo unos cuantos que asistan a las mañaneras del pueblo a hacer preguntas condescendientes. Esto endulza el platillo y suaviza las opiniones en la mesa. Además, los sabores indeseados se hacen más manejables y las personas están dispuestas a comerse lo que le ofrecen. Esto le ha funcionado a la chef de Palacio Nacional, porque, de acuerdo con las encuestas de su primer mes de gobierno, los comensales han aprobado su estilo de cocinar.

El último paso es cocinar a fuego lento y servir bien caliente, es mejor que la gente se queme la lengua a que pueda intentar buscarle sabor. Es importante presentar ese plato principal señalando que se está construyendo el segundo piso de la cocina, o de la transformación, asegurándose que nadie pueda pedir condimentos como el diálogo o la división de poderes. Mucho menos que se busque que se rinda cuentas de cuánto le costará al país ese manjar.

Parece que el gobierno de Sheinbaum y su partido Morena tienen muchas ganas de regalarle en Navidad ese platillo a López Obrador, por eso están cocinando la destrucción del país a marchas forzadas, con el horno al máximo sin importar las consecuencias de su prisa.

Así México se sentará a la mesa a disfrutar una autocracia bien cocinada, servida con un Congreso a la parrilla, el Poder Judicial bien triturado y los órganos autónomos a punto de turrón, mientras la chef de la transformación señala que el plato está listo y no se admiten devoluciones.

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