Este 8 de marzo el país amanece cubierto de morado. Los gobiernos iluminan sus edificios de este color; partidos, dependencias y empresas publican mensajes sobre igualdad, talento y liderazgo femenino; recuerdan a las mujeres que “han hecho historia” y reiteran la importancia de seguir avanzando para que más mujeres ocupen cargos de decisión. Tampoco falta el despistado que envíe una imagen con una rosa felicitando a las mujeres con frases como: “Eres luz, fuerza y el amor que mueve al mundo”, “Eres la mezcla perfecta entre la fuerza de una guerrera y la ternura de un ángel”, “Suave como gaviota, felina como una leona. Feliz día”.
También es previsible que buena parte de la conversación pública termine concentrándose en la violencia que pueda registrarse durante la marcha convocada para hoy, y no en las razones que siguen llevando a miles de mujeres a salir a las calles.
Habrá quien celebre que ya no solo se habla del Día de la Mujer sino, generosamente, ¡de todo el mes! Treinta y un días para publicar reportajes, organizar paneles sobre empoderamiento y las brechas que aún deben cerrarse y, por supuesto, anunciar compromisos que se desvanecerán apenas llegue la Semana Santa. Aunque en el papel la equidad y protección a las mujeres parece avanzar, la realidad tiene otros datos. Según datos del Inegi y de ONU Mujeres, las mexicanas siguen ganando entre 14 y 20% menos que los hombres por trabajos equivalentes.
El logro más celebrado será, desde luego, que México tiene su primera Presidenta, con el argumento estrella de que no llegó una, sino que llegaron todas. Una frase poderosa que ni Karol Toledo Gómez ni Kimberly Ramos Beltrán ni las más de 9 mil mujeres víctimas de feminicidio desde 2015 volverán a escuchar.
Se tiene un Congreso paritario, pero basta leer noticias diariamente para entender que las decisiones siguen concentradas en los hombres. Los liderazgos femeninos suelen convivir con estructuras internas profundamente machistas. Por eso, es por lo que aun con un Poder Legislativo con el mismo número de hombres y mujeres, personajes como Cuauhtémoc Blanco o Félix Salgado Macedonio son defendidos, incluso por diputadas y senadoras. Además, que sigue sin avanzar ninguna ley que reconozca el trabajo no remunerado que hacen las mujeres mexicanas, cocinando, limpiando, cuidando hijos y familiares y administrando la vida entera de sus familias.
En el país se legisla, se crean comisiones, subcomisiones, unidades de género, coordinaciones de igualdad sustantiva y direcciones generales de no discriminación con presupuesto, página de internet y redes sociales actualizadas; se elaboran protocolos y normas oficiales, se firman convenios internacionales, pero sigue habiendo brechas, desigualdades, asesinatos.
Porque mientras los discursos se multiplican este mes, las cifras también. En 2025 fueron asesinadas en promedio siete mujeres diariamente y siete de cada diez mujeres han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Las estructuras de poder cambian más lento que la narrativa oficial; la impartición de justicia con perspectiva de género convive con fiscalías que no investigan y las leyes conviven con prácticas políticas donde el machismo está arraigado.
La equidad no ocurre por decreto ni por hashtags, tampoco iluminando edificios de morado una vez año. La igualdad real exige algo mucho más escaso en la política mexicana y es voluntad para cambiar las reglas y estructuras, repartir el poder, dejar de proteger a los impresentables, dar presupuesto y capacitación a las fiscalías para que investiguen, y garantizar justicia. Todo lo demás es mera utilería.
