El poder no se arriesga

Cuando el guion ya está escrito, las opiniones técnicas no alteran nada.

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

Mientras en México todavía se intenta descifrar y entender las consecuencias del experimento llamado reforma judicial, ya se cocina el siguiente platillo en la olla exprés de la Cuarta Transformación: la reforma electoral.

No hay texto oficial ni iniciativa presentada, pero sí filtraciones, declaraciones a medios y conclusiones de una comisión que entregó resultados en Palacio Nacional. En la política, el documento es lo de menos; lo importante es la narrativa previa, ésa que se repite hasta que parece verdad y a eso le han apostado los creadores de esta reforma.

Lo que ha trascendido apunta a una reingeniería profunda del sistema electoral. Se habla, entre otras cosas, de eliminar a los legisladores plurinominales que permiten que las minorías parlamentarias tengan voz; se menciona que hay que desaparecer los OPLE, los organismos locales que organizan elecciones estatales. Todo presentado bajo la bandera de la austeridad y la “verdadera democracia”. El hecho de que con esto Morena tendría menos competencia y menos vigilancia, es un beneficio colateral, un accidente feliz del sistema. No vaya a pensar nadie que ése es el interés primordial del partido.

El problema no es sólo lo que se propone, sino cómo se propone, sin un texto claro, sin un diagnóstico técnico compartido y con la expectativa de que Morena tenga lo necesario para aprobarla. El debate se plantea, si acaso, como una cortesía, no como una condición. Al final, la discusión pública servirá para cumplir el trámite, no para modificar el resultado.

Los expertos ya salieron a advertir riesgos. Exconsejeros del INE, académicos, organizaciones nacionales e internacionales, abogados constitucionalistas coinciden que una reforma aprobada diseñada por el partido en el poder representará un retroceso democrático. Sin embargo, la historia reciente confirma que, cuando el guion ya está escrito, las opiniones técnicas no alteran nada.

El verdadero espectáculo, hasta el momento, ha sido el estira y afloja de los aliados de Morena, el PT y el PVEM. Para cualquier reforma constitucional se necesitan votos extra y eso lo saben perfectamente quienes suelen prestarlos. Por eso, primero vinieron las declaraciones de principios y los “así no”. Durante unos días se habló de fracturas, rebeliones y crisis en la coalición.

Luego ocurrió lo de siempre. Después de reuniones en Gobernación y llamadas oportunas, donde antes había resistencia, apareció “voluntad”; donde había preocupación, surgió “apertura al diálogo”.  Traducción simultánea: todavía no les llegan al precio, pero están dispuestos a escuchar ofertas.

Todo esto ocurre, además, sin que exista una crisis electoral que justifique una transformación de ese tamaño. No hay elecciones anuladas en masa ni colapsos operativos ni multitudes exigiendo quemar urnas. Las elecciones funcionan, los resultados se reconocen y las alternancias, aunque incómodas, ocurren. Lo que sí hay es una urgencia de conservar el poder a toda costa y reducir cualquier margen de incertidumbre futura.

El país nuevamente está en el filo de ver cómo se aprueban reformas al vapor y se cambian las reglas sin consenso. A Morena le tiene sin cuidado que el país quede cada vez más frágil, con instituciones cuestionadas, contrapesos debilitados y una oposición que grita desde la irrelevancia.

La reforma electoral todavía no aparece en un papel legislativo oficial, pero ya manda en la conversación pública. Avanza como idea, amenaza o promesa, demostrando que las reglas de la democracia no se ajustan cuando fallan, sino cuando incomodan o no dan suficiente garantía de perpetuidad.