Durante el acto oficial por el 109 Aniversario de la Promulgación de la Constitución de 1917, lo que capturó la atención nacional fue un video donde se observa al presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar, presenciar, sin inmutarse, cómo dos colaboradores le limpiaban los zapatos.
Como buena parte de la nueva élite política, Aguilar ha construido su narrativa pública sobre la cercanía con el pueblo, la austeridad moral y la idea de que el poder ejercerse sin privilegios; discurso que se desmorona ante un video tan claro que no deja margen al “se sacó de contexto”.
Lo que separa a quienes sobreviven a una crisis reputacional de quienes se quedan marcados de por vida es la reacción, y la respuesta del ministro convirtió el momento en un desastre perfecto al tratar de justificar lo que a todas luces era distinto a lo que quedó grabado. El “ministro del pueblo” le regaló al país evidencia de que la sátira pierde competitividad frente a la realidad, porque la vida pública empieza a parecer sketch de comedia involuntaria.
En términos prácticos este caso sirve como recordatorio básico de lo que se debe hacer en toda comunicación de crisis. Regla número 1: no mentir, y mucho menos si existe evidencia tan concreta como un video. Si el video muestra a un señor con las manos en los bolsillos disfrutando una boleada VIP, no se puede decir que estaba sorprendido e intentó detenerlo.
Regla número 2: no recurrir a la victimización como caballito de batalla. Lo de: “es un compló”, es “guerra sucia de la derecha”, o “un incidente esta mañana se ha difundido con mensajes ajenos a la realidad” está completamente pasado de moda, porque además si el video no es realidad, entonces ¿qué es?, ¿una interpretación artística? ¿un fallo en la Matrix?
Regla número 3: entender que los símbolos pesan más que las explicaciones. Agradecer el gesto de la persona que fue exhibida limpiándole los zapatos, confirma exactamente la jerarquía que se pretende negar. El reconocimiento del error y, sobre todo, claridad sobre cómo evitar que vuelva a suceder, es la salida elegante a estos casos. Una alternativa habría podido ser algo así: “Reconozco que la imagen que circuló no refleja lo que he sostenido públicamente sobre la forma en que debe ejercerse el servicio público. Aunque fue una situación que no anticipé y que me tomó por sorpresa, eso no cambia el hecho fundamental de que nunca debió suceder. Debí reaccionar de inmediato para detener esa acción y evitar enviar un mensaje equivocado. Entiendo por qué esta escena generó críticas y molestia en un país donde el servicio público exige congruencia y sobriedad. Asumo mi responsabilidad. Más allá de explicaciones, este episodio me obliga a ser más cuidadoso y consciente de que cada acción pública también comunica valores. Reitero mi compromiso con ejercer mi función con integridad y congruencia”.
Regla número 4: asumir que la coherencia no es optativa. Nadie puede llegar al cargo prometiendo un Poder Judicial austero, transparente, honesto y cercano al pueblo y destinar millones para comprar camionetas blindadas, adquirir togas con un precio de renta mensual promedio y destinar cifras dignas de boda de hacendado a ceremonias de purificación.
Cada escándalo que protagonizan los ministros de la SCJN, ya sea ser captado mientras le limpian los zapatos, mostrando ignorancia de la ley o plagiando su tesis, no se quedan en los protagonistas, sino que erosionan la legitimidad de un órgano que está tambaleándose. Esa Corte que nació de una reforma judicial que prometía que las cosas serían distintas, comprueba que de lo que se trataba no era cambiar las prácticas, sino cambiar de manos.
