Perdónanos, Rubén

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

Hay semanas en las que la política obliga a los mexicanos a hacer un acto de contrición y ésta parece ser una de ellas. La Fiscalía General de la República explicó que, a pesar de sus exhaustivas investigaciones, no existían pruebas suficientes para acreditar las acusaciones formuladas por Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya. El morenista aprovechó entonces para recordar que lleva esperando pacientemente en Culiacán, compareciendo ante las autoridades mexicanas y soportando, según sus propias palabras, una “atroz embestida mediática” organizada por la ultraderecha internacional. Visto así, la verdadera víctima nunca fue Sinaloa ni el país que ha tenido que cargar con la complicidad de los gobiernos con el narco. La única víctima de la imaginación colectiva es Rubén y eso amerita una disculpa.

Perdón por haber dudado, porque dudar es un pecado nacional. La mala costumbre de un pueblo que no aprende a confiar en sus gobernantes ni cuando publican comunicados o posteos en sus redes. La impunidad que existe en el país nunca ha sido porque las autoridades hayan volteado la cara, sino porque los ciudadanos insisten en mirar donde no deben y buscar justicia, que hoy en día está sobrevalorada.

Hay que pedirle perdón por haberlo creído más a Ismael El Mayo Zambada que a él. Esto es francamente ofensivo, porque un verdadero mexicano debe saber que, históricamente, la palabra de un político mexicano es una garantía de confianza. Que El Mayo haya dicho que iba a reunirse con él y terminara en un vuelo rumbo a Texas es sólo un detalle logístico. Era evidente que todo formaba parte de un elaborado montaje para perjudicar a un servidor público ejemplar cuya única falta consiste en vivir demasiado cerca del peligro. 

Perdón por tener esa manía de creer más en las investigaciones de Estados Unidos que en las de la FGR. Es obvio que la cercanía y amistad no comprometen la independencia de las instituciones, sino que les permite investigar con la confianza que sólo existe entre compañeros.

Ya entrados en el “por mi culpa, por mi culpa y por mi gran culpa”, se debe reconocer que el gobierno federal también merece disculpas. Hubo quien creyó que volver a colocar en el centro de la conversación la captura de El Mayo obedecía al único interés de desviar la atención del caso Rocha. Evidentemente se trata de la defensa de la soberanía nacional y nada más. Los culpables no son los que han protegido y pactado con los narcos, sino Estados Unidos, que ha tenido la osadía de no compartir información con Palacio.

Con el arrepentimiento en la mano, conviene de una vez pedir perdón a los morenistas que fueron fotografiados viajando en clase ejecutiva o en algún partido del Mundial, qué injusticia haber señalado la contradicción entre el discurso republicano y los lujos. Ellos merecen eso y más tras sus extenuantes jornadas de trabajo. 

Perdón igualmente para los hijos de Andrés Manuel López Obrador; fue una precipitación sospechar de ellos tras tantos reportajes sobre contratos, negocios y amigos favorecidos. El éxito empresarial simplemente florece cuando existe talento, disciplina y la extraordinaria suerte de tener a un papá presidente que sólo tenía ojos para la oposición y sus adversarios.

En el fondo, lo que quisieran escuchar Rocha, el gobierno federal y todos los personajes bajo investigación es esa disculpa colectiva. Lamentablemente para ellos, hay millones de mexicanos tercos, mal educados, incapaces de arrepentirse y que están dispuestos a hacerle pagar a Morena en las próximas elecciones por haber confundido la lealtad con la impunidad.