No es una simple anécdota

 Y repentinamente lo que menos debería ser noticia, se convirtió en el lugar común de los análisis con respecto al Mundial de futbol que se lleva a cabo durante estas semanas. Lo de menos es hablar de la FIFA y sus cuestionables decisiones, para ello están los expertos en el deporte que terminan por pasar las páginas con una singular rapidez que no deja de sorprender. No, lo importante radica en todo lo que se ha suscitado tomando como pretexto un partido de futbol.

Es frecuente emplear el calificativo “simple” cuando nos referimos a un partido futbolístico. Sin embargo, ha quedado evidenciado que, mientras ese balón se encuentra en la cancha, se fraguan una serie de situaciones que nos envuelven en discusiones y más de una preocupación. No, no, tampoco es cuestión de referirse en especial a las habilidades futbolísticas de nadie o de las decisiones arbitrales que, a pesar del uso de la tecnología, son el claro ejemplo de que es muy fácil colocar en el terreno de la suspicacia a la frágil decencia y la ética: en realidad eso se convierte en un caldo de cultivo en el que se enciende lo más irracional y peligroso de los seres humanos.

Y, así, en cuestión de unos cuantos días, las expresiones más nefandas se convirtieron en los lugares comunes y referencias obligadas de todo análisis que trascendía las pantallas en las que se disfruta –o se sufría en dimensiones casi dantescas– un encuentro futbolístico. Resulta casi imposible no recordar el extraordinario libro La guerra del futbol de Ryszard Kapušcińsky (Anagrama) en el que realiza una crónica del contexto social y político que rodeó los partidos clasificatorios entre las selecciones de Honduras y El Salvador que, a fin de cuentas, derivó en la llamada “Guerra de las cien horas” entre ambos países, que se presentó en julio del año 1969.  Nada extraño –y muy sintomático, por cierto– nos puede parecer una descripción como esta: “El primer partido se jugó el domingo 8 de junio de 1969 en la capital de Honduras, Tegucigalpa. Nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a este acontecimiento. El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado, y todos sus miembros pasaron la noche en blanco en el hotel. No pudieron dormir porque fueron víctimas de una guerra psicológica que desencadenaron los hinchas hondureños. El hotel se vio rodeado por un hervidero de gente. La multitud arrojaba piedras contra los cristales y aporreaba láminas de hojalata y bidones vacíos. A cada momento estallaban con estruendo los petardos. Se disparaban en aullidos espantosos los cláxones de los coches que habían rodeado el hotel. Los hinchas silbaban, chillaban, proferían gritos llenos de hostilidad. El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores del equipo contrario, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica, semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie...”. Quizá una ligera sonrisa se ha dibujado en más de un rostro cuando leemos este breve párrafo de Kapušcińsky; sin embargo, algo nos comienza a inquietar cuando el mismo reportaje nos permite comprender que, a veces, lo de menos es lo que ocurre en la cancha.

No faltará quien opine y desestime las expresiones de xenofobia y el racismo que han proliferado durante estas últimas semanas al tratarse de “asuntos” que responden al ámbito del futbol (entre tantas posibles sugerencias con respecto a este tema y que nos permiten ampliar la mirada y la discusión, te sugiero leer la columna de Ligia Urroz titulada Una novela que expone el racismo, publicada en el diario Milenio el 10 de julio del presente año). Minimizar dicha situación o envolverse en los mantos de la retórica nacionalista y chabacana son igual de nocivos si se quiere dimensionar lo que implica la proliferación de este tipo de expresiones: son los ejemplos de algo tan pernicioso no ha dejado latir en los corazones de nuestras sociedades. No podemos permitir que sean “normales” este tipo de expresiones bajo ninguna circunstancia o pretexto y eso, vaya situación, se comienza a plantear, profundizar y discutir en un sentido crítico, el ámbito escolar.

Quizá valdría la pena cerrar esta breve conversación con otra cita de Kapušcińsky: “El nacionalismo exacerbado por el futbol. Lo que ocurría cada vez que se enfrentaban dos países vecinos solía ser el preludio de la guerra. En América Latina, el futbol no es sólo un deporte [...]. Un partido era capaz de encender la mecha de pasiones incontrolables que los políticos aprovechaban para desviar la atención de los verdaderos problemas”. Vaya que dicho autor plantea algo que nos toca observar con detenimiento en una época en la que no se trata de América Latina, sino del mundo entero, que posee medios de comunicación que amplifican las voces más nocivas para la civilización. Y esto va más allá de una simple anécdota cuando la violencia camina en nuestra misma acera.