A Liébano Sáenz, por su inquebrantable fortaleza
Arranca la Semana Santa y, como cada año, millones de fieles se preparan para revivir la Pasión de Cristo. Sin embargo, ninguna representación de viacrucis supera la de la política mexicana. Si en Jerusalén hubo traiciones, negaciones, resurrecciones, juicios amañados y muchas caídas, en San Lázaro y en Palacio Nacional también.
Toda pasión necesita una resurrección y este año el papel le tocó a la reforma electoral. Claudia Sheinbaum desempolvó el engendro legislativo que Andrés Manuel López Obrador ya había intentado resucitar durante su sexenio, lo volvió a poner de pie, lo envío al Congreso y lo vio morir otra vez. Entonces, la mandataria intentó darle vida con discursos sobre austeridad, democracia y voluntad popular: “Reforma, levántate, reforma, levántate…”, pero la reforma nomás no se levantó.
Y esto sucedió porque apareció un Judas, el Partido del Trabajo. Al menos, así lo ven desde el evangelio según Morena y el gobierno federal. El PT no se vendió por 30 monedas de plata; lo hicieron por algo mucho más terrenal y práctico: instinto de conservación. El partido entendió que, si el nombre de Claudia Sheinbaum aparecía en la boleta durante las elecciones de 2027, Morena se llevaría la gloria y los partidos rémoras terminarían crucificados. A Ricardo Monreal no le tocó más que pedir el perdón bíblico: “Presidenta, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, aunque la verdad, sí sabían, sólo que no estaban dispuestos a sacrificarse para hacerle el milagro a otros.
El Partido Verde, mientras tanto, hizo de Poncio Pilato. Primero se apartó a reflexionar, observó, calculó y finalmente se lavó las manos. En la versión original de la reforma votó en contra; en el Plan B ya pudo caminar sobre las aguas sin hundirse. Este partido siempre encuentra la forma de no cargar la cruz completa; cuando el peso aprieta, siempre aparece un Cireneo dispuesto a ayudarle. En política se les llama alianzas; en el evangelio del presupuesto, mercenarios.
En estas fechas de representación santa no podrían faltar las negaciones. Pemex asumió con fervor el papel de Pedro, porque antes de que cantara el gallo, la petrolera ya había negado tres veces su responsabilidad en los derrames y accidentes que volvieron a evidenciar su desastre operativo. Primera negación: no hay derrame; segunda: fue un barco privado; tercera: son emanaciones naturales de las chapopoteras.
Detrás de un viacrucis siempre hay un juicio amañado. El SAT se vistió de fariseo con sello oficial y acusó a cientos de organizaciones civiles de no acreditar carácter científico, educativo o social, revocándoles el estatus de donatarias autoridades. En la lista aparecieron varias que tienen una característica sospechosa para cualquier régimen: vigilan, miden, documentan y cuestionan el poder. Ahí están casos como el Instituto Mexicano para la Competitividad, Mexicanos Primero o Mexicanos Contra la Corrupción, llevados al Gólgota para ser castigados, no por delincuentes, sino por incómodas.
Por supuesto, en estos tiempos litúrgicos también hubo caídas como la del senador Adán Augusto López o el exfiscal de la República, Alejandro Gertz Manero, quienes pasaron de ser figuras intocables del obradorismo a cargar cada uno su propia cruz cuesta arriba.
Lo que dejó ver esta Semana Santa política es que, dentro del oficialismo, ya no todos están dispuestos a cargar la misma cruz ni a inmolarse para que otro aparezca en la estampita. Unos traicionan, otros se lavan las manos, unos más niegan tres veces y otros sólo comienzan a tropezarse en sus aspiraciones personales.
