No pasó nada
En México, donde los huracanes y los temblores están a la orden del día, no es raro que los mexicanos vean a la política como un fenómeno, o más bien, un desastre natural más. Por eso es muy común escuchar a algunas personas preguntar con una especie de burla y ...
En México, donde los huracanes y los temblores están a la orden del día, no es raro que los mexicanos vean a la política como un fenómeno, o más bien, un desastre natural más. Por eso es muy común escuchar a algunas personas preguntar con una especie de burla y patriotismo mal entendido “¿ves como no pasó nada con la reforma judicial?”, “¿ves cómo desaparecieron el Inai, la Cofece y otros organismos y seguimos vivitos y coleando?” Porque, claro, sin un apocalipsis zombi al día siguiente, parece que todo sigue igual.
Esa gente espera que después de la aprobación de una iniciativa constitucional venga algo así como un huracán categoría 5 para sentir el rigor y los daños. Esperan temblores institucionales que tengan magnitud de 7 en la escala política de Richter.
Lo que estas almas optimistas olvidan, o gustosamente ignoran, es que las catástrofes políticas tienen una cosa que los fenómenos naturales no: son de liberación prolongada. Es como ese antibiótico que alguien se toma hoy, pero empieza a matar al bicho hasta el jueves. La medicina de la destrucción es lenta, discreta, de muy largo aliento y, eso sí, muy eficaz.
Está, por ejemplo, la reforma judicial que tanto presume la 4T. No es que no haya pasado nada, es que todavía no llega la parte divertida. Varias de las leyes secundarias están en proceso y el verdadero merequetengue se verá el próximo año con las campañas y elección de quienes quieran ser jueces, magistrados o ministros. Sin embargo, como habrán pasado tantos meses de discusión, gritos y sombrerazos, cuando llegue ese momento la gente muy probablemente estará curada de espantos.
Lo mismo pasa con la desaparición de los organismos autónomos. Su ausencia, como la falta de un riñón, no duele hasta que el otro comienza a fallar. Cuando la gente empiece a buscar conocer la verdad detrás de la mentira oficial, se toparán con pared; cuando haya flagrantes violaciones a la competencia o acuerdos turbios, entonces sabrán para qué era un organismo que regulaba estas situaciones.
“¿Ves cómo con López Obrador no pasó nada? Con Claudia Sheinbaum tampoco pasará”. Lo que no se entiende es que el problema no es lo que pasa hoy, sino lo que estará (o no) pasando mañana. Las decisiones que destruyen no se sienten de inmediato porque, como la fábula de la rana, el calor de la olla sube tan gradualmente que su cuerpo se va adaptando al cambio y cuando quiere reaccionar ya está servida con una guarnición de arroz.
La cuestión con la Cuarta Transformación no es que sea un terremoto o un huracán, sino es esa humedad que carcome las paredes. Primero es una manchita que se cubre fácilmente con una pinturita de programas sociales, pero luego viene un olorcito extraño y, de repente, la casa entera se está desmoronando. Hasta que eso no pase, muchas personas seguirán diciendo: “¿ves como no pasó nada?”.
¿Y por qué no se perciben los cambios? Precisamente porque ahí está la magia y el truco: juegan a acostumbrar. La demolición de las instituciones, cuando se hace con método, no genera alarma, no hay un momento claro de indignación porque ¿cómo cabrearse cuando todavía no hay evidencia clara del desastre? Así es como la gente se acostumbra a la violencia y masacres; a tener un sistema de salud donde no hay medicinas, no se las quitaron de golpe, sino que fueron desapareciendo del cuadro básico. Los escándalos de corrupción no se ven tan grandes como en el pasado y las ocurrencias de algunos morenistas ya no suenan tan ridículas.
Mientras las y los mexicanos sigan viendo la política como un huracán que se desvió o un temblor que no se sintió, el país puede seguir hundiéndose en una especie de resignación total donde nunca pasa nada.
