La ley de la selva
Algunos animales llegan a sacrificar parte de su cuerpo por autoamputación o autonomía, lo que les permite escapar.

Vianey Esquinca
La inmaculada percepción
Cuando un animal está asustado o se siente acorralado tiene distintos comportamientos.
Está aquél que puede llegar a ser muy peligroso, porque cuando está herido arremete contra todo lo que puede o lo que se cruce en el camino. Si siente que su espacio vital se reduce al mínimo o que peligra, saca las garras y colmillos, se eriza, patea, gruñe y comienza un voraz ataque contra quien pone en riesgo su supervivencia.
Esta conducta es trasladable al hombre. Hay quien cuando ha sido lastimado se le echa encima con toda su fuerza a su atacante, utilizando todo lo que está a su alcance: su poder, las instituciones fiscales o judiciales, los medios estatales o a sus seguidores. Puede, incluso, llegar a violar la ley, pero no le importa, porque quiere hacer pagar a todo aquél que osó, no sólo desafiarlo, sino a lacerar sus intereses.
Como instinto, algunas especies en el reino animal llegan a arrojar sustancias corrosivas e irritantes por la boca para defenderse y atacar. En el reino político a este recurso se le conoce como la mañanera.
Es muy común ver que cuando algún organismo está malherido comienza a moverse erráticamente buscando un espacio para ocultarse y curar sus heridas. Entonces recurren a estrategias de distracción, esperando que el depredador se fije en otras presas potenciales y le dé un respiro. Es así como se crean conflictos imaginarios con España o Austria.
Algunos animales llegan a sacrificar parte de su cuerpo por autoamputación o autonomía, lo que les permite escapar. Los animales políticos se desprenden de los chivos expiatorios, nunca dejan a sus hijos, amigos o de quien le es útil.
En la naturaleza es común cuando un animal lanza señales a sus potenciales atacantes para hacerles creer que son venenosos y peligrosos. En la política esto es sustituido por los expedientes y el uso de información confidencial y privilegiada.
También están aquellos seres vivos que tienen comportamientos colectivos y entonces cuando un integrante de la colonia ha sido aplastado, lanza una señal para que todos se agrupen y ataquen. Si, además, la víctima es el macho alfa o el rey del Palacio la alarma se quintuplica, pues está en riesgo la supervivencia de todo el rebaño.
Esta conducta suele observarse claramente cuando desde el Zócalo se da la instrucción de armar acciones sincronizadas de ataque en redes sociales, para lanzar hashtags, calumnias o acusaciones contra el enemigo.
Otros animales fingen estar muertos. Los científicos señalan que éste es un comportamiento adaptativo al que recurren como mecanismo de defensa para evadir a sus depredadores.
Muchos políticos y actores sociales recurren también a esta estrategia. Durante sexenios anteriores criticaron el número de homicidios dolosos o el asesinato de periodistas. Ahora, sin embargo, se hacen los muertos y no dicen ni pío ante los más de 112 mil homicidios o los 30 periodistas asesinados en este sexenio. Llegan a mimetizarse tanto con su jefe político que es difícil saber si pertenecen a la especie de los equinodermos, que no tienen cerebro ni corazón, pero aun así se mueven, incluso llegan a tener espinas, por lo que llegan a hacer daño.
En el reino animal también están los animales que recurren al comportamiento de huida o al cambio de colores como mecanismo de defensa. Algo así se observó desde el 2018 cuando políticos decidieron cambiar sus colores políticos para sobrevivir ante el declive de sus partidos, o aceptar una embajada o un consulado para no caer en las garras de un depredador.
Cualquier parecido con la realidad es culpa de la naturaleza.