México ya está en campaña, aunque, por razones legales, convenga llamarle de cualquier otra manera. Puede ser proceso interno, gira territorial, coordinación de la defensa de la transformación o espontánea coincidencia de varios cientos de personas alrededor de alguien cuyo nombre apareció misteriosamente en bardas y encuestas. En la democracia mexicana el pecado no está en hacer campañas adelantadas, sino en reconocerlas.
De acuerdo con el calendario electoral, las precampañas comenzarán el 4 de enero y terminarán el 12 de febrero de ¡2027! El registro de candidaturas será del 22 de marzo al 3 de abril, y las campañas arrancarán el 4 de abril para concluir el 2 de junio. Todo está perfectamente ordenado, salvo el pequeño detalle de que los partidos políticos llevan meses viviendo un calendario diferente, elaborado en una dimensión adelantada.
El proceso electoral arrancó formalmente el 10 de septiembre, pero Morena lleva meses moviendo sus fichas rumbo a 2027. Han proliferado aspirantes, recorridos, mediciones y, finalmente, coordinadores de la Defensa de la Transformación, ese curioso cargo que permite parecer candidato, hablar como candidato y reunir gente como candidato sin cargar todavía con el peso de la ley electoral. Para efectos electorales y de simulación, mientras nadie diga “voten por mí” puede hacer básicamente lo que le venga en gana.
La forma de elegir a esos coordinadores ha sido mediante encuesta, convertida en misterio de fe. Nadie necesita conocer con precisión quién fue consultado, cuándo, con qué preguntas o bajo qué metodología, para aceptar que, al terminar el rito, habrá un elegido.
El problema es que la tan cacareada unidad que durante años consistió en administrarles a los derrotados correspondientes dosis de agua y ajo, empieza a necesitar tratamientos más sofisticados. Las definiciones han despertado inconformidades dentro de Morena y entre sus aliados, porque una cosa es comprometerse a respetar una encuesta cuando exista la posibilidad de ganarla y otra muy distinta descubrir, una vez conocido el resultado, que “la voluntad popular” puede ser manipulada.
Además, en Morena ya no compiten aspirantes, sino tribus. Están los técnicos contra los rudos, los de Palenque contra los de Palacio Nacional, los puros contra los mestizos. Por eso ese partido sabe desde hace tiempo que el adversario más peligroso vive en casa. Cada definición deja aspirantes que felicitan al ganador, levantan la mano en señal de unidad, sonríen para la fotografía y después se retiran discretamente a planear la venganza.
Mientras esto ocurre, el INE y el Tribunal Electoral observan el desfile, cómodamente sentados en la banqueta. El consejero Arturo Castillo es uno de los que advirtió sobre la existencia de procesos políticos adelantados y propuso lineamientos para identificarlos y fiscalizarlos, pero ¡oh sorpresa! La mayoría del Consejo del Instituto decidió aplazar esa discusión; quiere evitarse la fatiga y molestar al partido en el poder.
La oposición, por su parte, enfrenta un problema bastante distinto. Morena necesita un controlador aéreo para ordenar el tráfico de aspirantes, mientras PRI, PAN y Movimiento Ciudadano todavía buscan el avión. Resulta complicado cometer actos anticipados de campaña cuando una parte del reto consiste, en primer lugar, en encontrar figuras capaces de entusiasmar a suficientes personas.
Así comenzó la larga marcha hacia 2027, con un calendario oficial que dice una cosa y la política mexicana haciendo otra; árbitros electorales decididos a no ver, un oficialismo corriendo antes del disparo y una oposición que todavía parece buscar la pista.
