Guerra de narrativas
Ese clima de polarización es el resultado de sembrar miedo, señalar enemigos y glorificar la confrontación.
En política, lo importante no es lo que pasa, sino lo que parece que pasó. La realidad, esa señora inestable y escurridiza, ha sido sustituida desde hace tiempo por su versión maquillada: la narrativa y, como en todo buen oficio, la narrativa es de quien la trabaja. No gana quien tiene la razón, sino quien logra que su historia se vuelva viral, creíble, repetible y conveniente.
Esta semana, los ingredientes de esa versión discursiva se cocinaron a fuego alto entre México y Estados Unidos. En medio de redadas migratorias, protestas en ciudades clave como Los Ángeles, Nueva York, Chicago y San Antonio y un ambiente social cada vez más inflamable, la lucha no fue por la verdad, sino por imponer una versión creíble de los hechos. Ahí Donald Trump volvió a demostrar que cuando se trata de relatos polarizantes, él tiene la productora, los actores y hasta el tráiler oficial.
En las calles, miles de migrantes salieron a protestar, la mayoría de forma pacífica, pero unas cuantas escenas de caos bastaron para alimentar la narrativa republicana: los migrantes como amenaza, las ciudades demócratas como cómplices y la bandera mexicana ondeando como prueba irrefutable. De acuerdo una encuesta de Reuters/Ipsos, aunque 50% de los encuestados desaprueba la respuesta de Trump ante las protestas en Los Ángeles, 48% está de acuerdo con que se despliegue al ejército para controlar las manifestaciones violentas, frente a 41% que se opone. Además, 52% apoya el aumento de deportaciones de personas que se encuentran ilegalmente en el país. Es decir, parece que a Trump la jugada le está saliendo bien.
Mientras tanto, desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum busca mantener la versión institucional, negando cualquier vínculo entre su discurso y las manifestaciones en el norte, además de intentar —hasta ahora con poco éxito— de construir un relato sólido en defensa de los connacionales en Estados Unidos. Ella cuida cada palabra, pero siempre hay entusiastas del aplauso fácil cuya imprudencia actúa como gasolina en terreno seco. Gerardo Fernández Noroña en su papel de bufón y Melisa Cornejo, consejera de Morena en Jalisco con su diplomacia de cantina, consideraron que era buena idea soltar frases más inflamables que útiles.
La crisis migrante parece no acabarse. Donald Trump dio un provocativo paso y en un despliegue de poder y fuerza, ayer organizó un suntuoso desfile militar de 45 millones de dólares a la par que grupos opositores se organizaban bajo el lema No Kings. La protesta buscó visibilizar no sólo el rechazo a las redadas migratorias, sino al culto a la personalidad que acompaña al mandatario.
El problema de la construcción discursiva es que llega un punto en que deja de obedecer a su creador. Una máxima debería ser: si no puedes controlarla, no la alimentes. El asesinato de la representante estatal Melissa Hortman y su esposo, así como el ataque en el que resultaron heridos el senador John Hoffman y su esposa, son una señal clara de que la narrativa ya no se expresa sólo en pancartas o discursos incendiarios, sino también con balas. Ese clima de polarización es el resultado de sembrar miedo, señalar enemigos y glorificar la confrontación.
Cada gobierno le habla a su gente. En México, el gobierno federal intenta posicionarse como defensor de sus paisanos. Estados Unidos, en voz de Trump, dramatiza el “peligro migrante” y presenta al caos como excusa para apretar tuercas. Una puesta en escena donde los protagonistas son los mismos de siempre, pero el libreto se escribe en Washington, se grita en redes y se paga en remesas.
