Bolardos

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Las tres principales ciudades de México por su población urbana, relevancia económica y funciones administrativas son: Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. Por esa misma razón ya contaban con infraestructura suficiente como para alojar partidos del Mundial. Gracias a ello, la Ciudad de México espera recibir al menos a aficionados sudafricanos, uzbecos y colombianos; Guadalajara, adicionalmente, a surcoreanos, uruguayos y españoles, como mínimo; y Monterrey sumará a la lista a tunecinos y japoneses, entre otros. 

Estos últimos, los japoneses, el domingo impactaron al mundo con un gesto solidario aparentemente sencillo, pero que deja claro su nivel de desarrollo cívico y conciencia de comunidad: tras el partido de su selección ante Países Bajos (juegazo, por cierto), los seguidores de los Samuráis Azules se dieron a la tarea de recoger la basura y barrer el estadio de Dallas, antes de abandonarlo. Su asombrosa consideración volvió a enamorar al mundo.

Emociona pensar que los visitantes pudieran llevarse también una prueba de la cultura cívica de los mexicanos, como muestra del desarrollo de nuestra grandiosa civilización, que tanto nos enorgullece. Por ejemplo, algo que comienza a ser prometedor es la conexión entre coreanos y mexicanos, la cual parece estar aumentando. Eso que comenzó durante el Mundial de Rusia 2018, y que se consolidó en la frase “coreano, hermano, ya eres mexicano”, como agradecimiento de la afición mexicana a la selección de Corea del Sur por colaborar a que México avanzará a octavos de final, ha evolucionado hasta una especie de complicidad entre aficiones, donde se les ha visto apoyarse mutuamente frente a otros combinados, utilizar prendas de la otra cultura y festejar juntos. Sin embargo, en medio de esta algarabía mundialista y de la ilusión por demostrar nuestro civismo, aparecen ante la mirada de los visitantes los repugnantes bolardos. 

Según la RAE, un bolardo es un obstáculo de hierro, piedra u otra materia colocado en el suelo de una vía pública y destinado principalmente a impedir el paso o estacionamiento de vehículos: boyas secas hechas a partir de cubetas de pintura rellenas de cemento, botes, conos, llantas, huacales, costales, “trafitambos” o tubos móviles, cada uno de éstos que no es colocado por una autoridad facultada, sino por un particular, automáticamente se transforma en un vergonzante monumento a la individualidad, incivilidad e insolidaridad nacional que hoy más que nunca disuena en el contexto de la actual celebración deportiva. Los aficionados japoneses deben ser incapaces siquiera de imaginar la razón de la existencia de tales objetos. Ellos limpian un estadio al cual muchos probablemente no volverán, que no pertenece siquiera a su territorio, aliviando el trabajo de personas que no conocen, pero les basta con saber dos cosas: que es lo correcto y que la existencia es coexistencia. En cambio, quien pone un bolardo artesanal (además de afear el paisaje para todos, grotescamente) es injusto, porque pretende apropiarse indebidamente de un pedazo de vía pública para su comodidad, pero al mismo tiempo exige usar los bienes públicos como los demás; lo quiere todo, pues. Que nadie se estacione frente a su fachada, pero poder llegar y hacerlo frente a la de otros. Estos encuentros transculturales deberían motivarnos para multiplicar los operativos destinados a eliminar tales aberraciones.

AUTORIDAD

Las tres ciudades mundialistas de México cuentan con sus respectivos reglamentos, ya sean de Tránsito y Vialidad (CDMX y Monterrey) o de Movilidad, Transporte y Estacionamientos (Guadalajara), y cada uno de ellos establece la prohibición expresa de reservar, apartar o separar lugares en la vía o espacio público, previendo en cada caso sanciones en forma de multas, además de otras medidas (la Ley Cívica de la CDMX contempla incluso trabajo comunitario y hasta arresto administrativo), pero los bolardos siguen ahí.