Autolisis

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Esta palabra se compone de las raíces griegas: autos, “lo que es propio”, y lysis, “disolución”. Originalmente se acuñó para hacer referencia al proceso biológico por el cual una célula se desintegra a sí misma mediante sus propias encimas, pero la RAE lo reconoce como sinónimo de “suicidio”. Este tema, el suicido, ha sido tratado profusamente y con todo rigor por pensadores tan distantes como Platón y Durkheim, pasando por Séneca y Schopenhauer, entre muchos otros.

Para el griego era algo generalmente reprobable, aunque con ciertas excepciones restringidas, como una desgracia extrema, cruel e inevitable que hiciera la vida insoportable; por deshonra tras haber cometido crímenes vergonzosos; por corrupción moral irremediable; o por una orden judicial, que fue el caso de su maestro, Sócrates, quien fue condenado a suicidarse bebiendo la cicuta. Para el romano, lo valioso no era vivir sin más, sino vivir de acuerdo con la razón y la virtud, por lo que defendió que podría ser aceptable en casos extremos, ligados a la dignidad y la libertad racional, como, por ejemplo, para evitar una acción indigna o inmoral, como sería tener que obedecer una tiranía injusta, que es exactamente de lo que se libró cuando fue obligado a suicidarse por Nerón, quien lo acusó de haber conspirado contra él, por lo que recurrió a abrirse las venas, metido en una bañera con  agua caliente, después de haber ingerido veneno. El alemán, por su parte, sostuvo que el suicidio, en el fondo, no niega la voluntad de vivir, sino que, en realidad, expresa el deseo de otra vida en circunstancias más dichosas. Por último, el francés llegó a distinguir cuatro tipos de suicidio: el anómico, producto de la frustración que deriva de la falta de normas que orienten la vida, lo cual sucede durante crisis sociales (guerras) o financieras; el egoísta, en el que el aislamiento acaba generando falta de sentido; el altruista, en el que se sacrifica la propia vida por el bien de un grupo o familia, y el fatalista, cuando el sujeto siente que su vida está absolutamente determinada. En general, parecen coincidir en que el suicidio es una afirmación en contra de un destino inevitable y ominoso; sin embargo, reprochable, si obedece a una desesperación pasajera o remediable.

Lo anterior viene a cuento por el caso de Noelia Castillo Ramos, una joven española que estuvo tutelada en centros de menores de los 13 a los 18 años, como resultado de un contexto de inestabilidad familiar y económica. Según relató, en 2022, teniendo 21 años, sufrió una violación grupal, hecho que, sin embargo, no llegó a denunciar, por lo que no hay acusados ni un proceso judicial. Días después, intentó suicidarse, arrojándose desde un balcón de un quinto piso, lo que la dejó parapléjica y con secuelas físicas y psicológicas graves. Desde 2024 solicitó la eutanasia, alegando un “sufrimiento grave, crónico e imposibilitante”; su petición fue aprobada por la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña, a pesar de los recursos que interpuso su padre ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que acabó avalando la sentencia. El jueves pasado se le practicó la eutanasia. El caso es muy polémico, pero hay una cuestión inquietante que se ha comentado poco: en Suiza, por ejemplo, existen empresas que ofrecen servicios de suicidio asistido, incluso a extranjeros, cuyos procedimientos contemplan estrictas evaluaciones psiquiátricas que acrediten que el deseo de morir no deriva de una depresión aguda o pasajera. Noelia había sido diagnosticada con depresión severa.

EL MITO DE SÍSIFO

“No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”, así comienza el libro de Albert Camus.

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