Volver al futuro
Las universidades necesitamos adaptarnos a los tiempos que corren y ser capaces de generar profesionistas competentes para las organizaciones. Al mismo tiempo, tenemos que ser más autocríticos sobre nuestro modo de entregar ciertos servicios, por ejemplo, los digitales.
Recientemente desayuné con dos talentosos directivos de una conocida fintech con operaciones en México y Brasil. Quedé gratamente sorprendido de lo que, en pocos años, han logrado. Y es que, en el ranking de actividades tortuosas, quizá no muy lejos de ir al dentista, se encuentra la visita a una sucursal bancaria o lidiar con su correspondiente menú telefónico. Por el contrario, este “neobanco” apuesta por la atención directa a las personas, resolver con rapidez y facilitar los trámites. Quitando la intermediación burocrática, y con ello ahorrándonos pérdida de tiempo y frustraciones comunicativas, es fácil entender por qué han conseguido más de 3 millones de clientes.
Al final de la conversación, pregunté a estos emprendedores su opinión sobre cuál consideran que sería la principal tarea de las universidades cara al futuro. Casi naturalmente, salió el tema de la inteligencia artificial y cómo transformará nuestro modo de aprender y de educar. Incluso la creatividad y la innovación humana podrían palidecer ante las iteraciones algorítmicas. Enseñar a pensar y conectar serán, por tanto, prioridades apremiantes.
Más tarde me encontré con un directivo de una importante consultora especializada en tecnología. Comentó con acierto que, si queremos lograr una transformación digital en las universidades, no hace sentido seguir a las mejores del mundo, pues incluso éstas se quedan cortas ante los logros digitales que han tenido empresas de servicios. Un alumno no te compara con su experiencia digital en Harvard u Oxford, sino con el servicio de Uber o de Amazon. Por eso la pandemia resultó tan retadora en la educación, pensé de inmediato: el alumno tenía enfrente TikTok, Netflix o una clase. En esa contienda, evidentemente el mundo educativo llevaba las de perder.
No sin cierta angustia me subí al coche y comencé un traslado, pensando precisamente en los retos que tenemos en la educación, particularmente en el mundo universitario, frente a la realidad actual, los avances tecnológicos y el modo de ser de las generaciones jóvenes. Mis interlocutores habían señalado como soluciones, entre otras ideas, conciencia crítica, creatividad, atención personalizada y eficiente. Algo sonaba raro en un horizonte que parecería más de chips y circuitos. Al llegar a mi casa, me encontré con un texto de Alfonso Sánchez Tabernero, exrector de la Universidad de Navarra a quien, además, he tenido el gusto de tratar personalmente. Alfonso me recordó en aquellas líneas muchos aspectos que han sido históricamente fundamentales en las universidades. Los centros de educación superior promueven conversaciones cultas, encuentros que favorecen el estudio, la reflexión personal y el hábito de pensar con sosiego. La tarea intelectual resulta incompatible con el estruendo y los gritos, remata el antiguo rector.
¿Es un escrito pasado de moda? ¿Se mantienen vigentes las ideas de Sánchez Tabernero?, me pregunté de inmediato. Pensé en mis colegas profesores y en mis estudiantes universitarios. Sin duda, intentamos promover la introspección interior, el pensamiento crítico y acercarnos a responder preguntas trascendentes. Somos conscientes de que no se trata únicamente de generar buenos profesionistas, sino de ayudar a cada persona a crecer intelectual y humanamente. Ahora bien, ¿será esto compatible con los retos que tienen las universidades actuales?
Sin duda, las universidades necesitamos adaptarnos a los tiempos que corren y ser capaces de generar profesionistas competentes para las organizaciones. Al mismo tiempo, tenemos que ser más autocríticos sobre nuestro modo de entregar ciertos servicios, por ejemplo, los digitales. En esa línea, me parece miope y poco fecundo rehuir a conceptos como la inteligencia artificial; antes bien, es preciso encontrar el “cómo sí”, entenderla y aprovecharla al máximo, al tiempo que la hacemos compatible con el verdadero desarrollo de las personas. En paralelo, no podemos alejarnos de los tradicionales anhelos universitarios: proponer ideales altos; defender la dignidad y la libertad de las personas; enfrentar razonamientos desafiantes, aunque a veces nos incomoden; promover el respeto por el pasado; contagiar amor por los libros; enseñar a pensar y a conectar; disfrutar las conversaciones profundas.
Al pensarlo con detenimiento, me doy cuenta de que todas esas ilusiones que pretende la universidad clásica son precisamente aspectos que la inteligencia artificial nunca va a sustituir. Ahora entiendo más aquel principio que defiende que lo clásico no pasa de moda. No sé si es una especie de “volver al futuro” o “volver al pasado”. En cualquier caso, concluí en aquel dinámico día, la universidad actual debe seguir fomentando aquellos magníficos ideales clásicos articulándolos con los avances tecnológicos contemporáneos.
