Universitas
Cada profesión filtra la realidad; lo mismo sucede con quienes provienen de distintas regiones.
La palabra universidad proviene del latín universitas, que significa totalidad, colectividad o conjunto. Desde sus orígenes, esta institución formativa no se reducía a un grupo de edificios, sino que encontraba su esencia en la comunidad de profesores y estudiantes que se asociaban intelectualmente para descubrir el vasto mundo. Las materias que se estudiaban buscaban justamente ofrecer una visión universal, abarcando las matemáticas, la filosofía, el arte, la retórica y la teología, entre otras.
Con el paso del tiempo, la ciencia siguió avanzando y las especialidades se multiplicaron. Ese crecimiento trajo consigo un efecto secundario: las disciplinas comenzaron a interactuar menos entre sí, defendiendo su especificidad en detrimento de la visión de conjunto. Por eso, en años recientes, se ha puesto tanto énfasis en la interdisciplinariedad, que busca rescatar ese diálogo entre áreas del saber y devolvernos la mirada amplia que resulta indispensable para comprender y resolver los problemas complejos del mundo actual.
Ahora que inician nuevamente las clases universitarias, vuelvo a pensar en la importancia de que cualquier estudiante —sin importar la carrera que elija— adquiera esa cosmovisión, esa universalidad tan propia de la institución universitaria. Hoy, más que nunca, necesitamos no sólo a los mejores especialistas, también a personas capaces de ver el conjunto e interpretar el mundo con visión humanista.
Con esta convicción me animo a proponer tres consejos para quienes comienzan o continúan esta aventura universitaria: abrir la mente, mover los sesgos y alimentar las raíces.
1. Abrir la mente
Un universitario debe abrirse a la cultura general, conocer la historia, acercarse al arte, ser sensible a sus múltiples manifestaciones. No importa si estudia ingeniería, medicina, derecho o contaduría: ampliar la mente para comprender mejor al ser humano y a la sociedad es un rasgo esencialmente universitario. La lectura profunda, el diálogo, detenerse a pensar, hacerse preguntas interesantes o despertar la curiosidad son modos concretos de cultivar nuestro intelecto.
La visión de “popote” —que se limita a un punto estrecho— puede facilitar la precisión en el detalle, pero no fomenta la comprensión del conjunto. Tal vez podríamos medir la madurez universitaria de un estudiante por la amplitud de su horizonte intelectual al comenzar la carrera y por la visión de conjunto que alcanza al graduarse; o también por la cantidad de experiencias que acumula a lo largo de esos años: seminarios, conferencias, viajes, exposiciones y tantas actividades que ensanchan la mirada.
2. Mover los sesgos
Todos tenemos marcos de referencia —nuestro framing— a través de los cuales interpretamos la realidad. Proceden de nuestra historia personal, educación, aficiones o profesión. Estos marcos, aunque nos proporcionan puntos de apoyo, también limitan la manera en que entendemos a los demás. Cada profesión —comunicación, pedagogía, filosofía, finanzas, psicología o mercadotecnia— filtra la realidad a su manera; lo mismo sucede con quienes provienen de distintos países o regiones.
Qué enriquecedor resulta cuando logramos desplazar esas anclas y comprender el enfoque de otras disciplinas, culturas, aficiones, modos de pensar o actuar. Esa capacidad de reconocer los propios sesgos y de incorporar nuevas categorías de pensamiento y acción es, en sí misma, una expresión de la universalidad universitaria.
3. Alimentar las raíces
La universidad también es el momento de afianzar principios y valores fundamentales. Si todo fuera relativo, esa misma afirmación se convertiría en un dogma contradictorio. Existen valores universales que conviene reforzar; bienes que es preciso comprender; ideales que vale la pena cultivar.
La búsqueda de la verdad, el aprecio por la belleza, la capacidad de amar a los demás, el compromiso con la justicia y la solidaridad, la honestidad, etcétera, son bienes universales –he ahí también un aspecto del concepto universitas– que pueden fortalecerse en esta etapa decisiva de la vida.
Un principio básico de ingeniería recuerda que el output es proporcional al input. Lo mismo ocurre con la formación personal: aquello con lo que alimentemos nuestra mente, carácter y emociones marcará la calidad de lo que podamos ofrecer al mundo. Si llenamos nuestro interior de violencia, frivolidad o resentimientos, difícilmente seremos capaces de crear obras valiosas o transformar positivamente el mundo. Si, en cambio, ampliamos nuestra mente, suavizamos nuestros sesgos y fortalecemos nuestros principios, entonces los profesionistas del mañana serán personas con visión universal, capaces de honrar el verdadero ideal universitario.
