Universidad, democracia y ciudadanía

Politizar la educación sería un grave error: generar lógicas partidistas o movilizaciones políticas en espacios educativos, una malinterpretación. Sin embargo, formar ciudadanos responsables y activos es hoy una de las cuestiones más importantes en la que nos jugamos el futuro de la democracia.

Derek Bok, quien fuera Presidente de Harvard, se plantea en Higher Expectations la siguiente pregunta: ¿Es tarea de las universidades formar ciudadanos responsables? Aunque la respuesta parece un evidente sí, no todas las voces coinciden.

Por ejemplo, Robert Hutchins, quien fuera rector de la prestigiosa Universidad de Chicago, decía que la educación para la ciudadanía no tenía lugar en el nivel superior. De igual manera, muchos académicos se han planteado dudas al respecto, basadas en la preocupación de que aquello justifique hacer campañas, privilegiar partidos o formar un patriotismo mal entendido.

Efectivamente, politizar las instituciones educativas iría en contra de sus fines específicos. Bok concluye, en cambio, que sí es preciso el esfuerzo educativo no sólo en conciencia cívica, sino también en acción ciudadana, entendida no como un compromiso político o partidista, sino como responsabilidad ante un mundo que nos compete a todos.

Según distintas investigaciones, consistentes en el tiempo, los alumnos graduados de universidad votan en mayor porcentaje que los que únicamente terminan la preparatoria. A pesar de que las instituciones de educación superior no suelen tener programas orientados a fortalecer la participación en los distintos sistemas electorales, la formación o el contexto universitario consiguen de modo lateral una pequeña victoria en esta materia. Por tanto, es lógico pensar que, si existe un esfuerzo más estructurado y mejor pensado, se pueden pronosticar resultados positivos en materia de responsabilidad ciudadana y no sólo en lo relacionado al voto. Todo ello, por supuesto, sin descuidar la prioritaria formación profesional específica que requieren los estudiantes.

Podemos formar para que todos los estudiantes descubran que el ejercicio de su profesión conlleva también preocupación por la solidaridad y el bien común; que todos podemos ayudar a reducir la pobreza y la desigualdad; que, independientemente de nuestro campo profesional de acción, todos podemos colaborar en la opinión pública; que estar informados correctamente es importante para la toma de decisiones; que es factible aumentar el porcentaje de votantes; que podemos exigir a los gobernantes cumplir lo que prometieron; que podemos generar contrapesos si es necesario; que la corrupción no es algo exclusivo de la esfera política y que hay que abatirla; que la justicia y la ética se deben practicar en todos los campos sociales y profesionales. Finalmente, ¿por qué no?, sembrar inquietudes para que algunas buenas cabezas y corazones quieran dedicarse al servicio público o bien que algunos otros decidan invertir uno o dos años de su vida a ello.

En ese sentido, no me parece casual que una de las realidades que más impactan en los años de formación a nivel universitario y preuniversitario son aquellas orientadas al servicio social. Cuando estas actividades están bien planeadas, tienen metodología y sus proyectos impactan en comunidades concretas, suelen ser de las preferidas de los estudiantes. Además, pasado el tiempo, reconocidas como experiencias de vida de alto impacto. Muchos antiguos universitarios llevan a la práctica el compromiso social en sus vidas profesionales.

Un error frecuente es asumir que la democracia es una realidad a la que se ha llegado, que está hecha, sin reparar en que es indispensable construirla cada día.  La sociedad democrática actual, además, enfrenta importantes retos: polarización, tendencias autoritarias, proliferación de fake news, desconfianza en la política, corrupción, faltas de ética y un largo etcétera. Por ello, se requiere la participación comprometida de la ciudadanía.

Politizar la educación sería un grave error: generar lógicas partidistas o movilizaciones políticas en espacios educativos, una malinterpretación. Sin embargo, formar ciudadanos responsables y activos es hoy una de las cuestiones más importantes en la que nos jugamos el futuro de la democracia.

Lograr una conciencia cívica en la sociedad no es tarea fácil ni cómoda. Es necesario, por tanto, que las instituciones de la sociedad se comprometan a formar buenos ciudadanos. Todos podemos coadyuvar en ese sentido: gobierno, empresas, familias, organizaciones civiles y sí, también las instituciones educativas, especialmente necesarias en tiempos de democracias tambaleantes.

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