Un futuro esperanzador se escribe con dignidad

El panorama internacional de las últimas décadas prometía un desarrollo económico y social sustentable, anclado en premisas tecnológicas y políticas que nos hacían pensar con optimismo. Sin embargo, enfermedades, violencia, pobreza, discriminación, atentados contra ...

El panorama internacional de las últimas décadas prometía un desarrollo económico y social sustentable, anclado en premisas tecnológicas y políticas que nos hacían pensar con optimismo. Sin embargo, enfermedades, violencia, pobreza, discriminación, atentados contra la vida, nuevas guerras, maltrato a la naturaleza, por mencionar algunas de las más agudas batallas mundiales, nos echan en cara un reto enorme que luce menos halagüeño de lo supuesto. ¿En qué hemos fallado? ¿Tenemos argumentos para pensar en el futuro con esperanza o, más bien, el panorama resulta sombrío?

En cuestiones técnicas y tecnológicas, el avance de la sociedad es incuestionablemente positivo. En asuntos económicos, la generación de riqueza global ha crecido significativamente en el último siglo, si bien la distribución sigue siendo una enorme área de oportunidad. Con todo, una vez más, nos damos cuenta de que eso no es suficiente. Si lo fuera, ¿por qué tanto malestar e insatisfacción? Me parece que la respuesta salta a la vista: si el binomio técnico-económico no tiene como base la dignidad y como fin el bien de la persona, si no se ordena a un desarrollo solidario, si no se respeta un marco de valores claros y principios morales sólidos, termina perdiendo su fuerza como factor de esperanza para la sociedad. El desarrollo técnico y económico, incluso, resulta destructivo, si lo que prevalece es la ambición, la envidia, la venganza, el resentimiento, la avaricia, la lujuria, la ambición, las agendas egoístas.

La pobreza sigue oprimiendo a millones de personas. Al mismo tiempo, la riqueza de unos pocos es opulentamente mayor que grandes porcentajes de la población. Oxfam ha estimado que poco más de 2 mil 150 familias poseen más riqueza que 4 mil 600 millones de personas; aproximadamente 60% de la población mundial. Ciertamente, los marcos regulatorios podrían ayudar a verificar una mejor equidad en los recursos. Sin embargo, sin una convicción profunda de los millonarios o los tomadores de decisiones en la materia, la solución se reducirá a ingenierías legales defensivas que nunca llegarán a buen puerto, o se decantará hacia autoritarismos igualitarios que tampoco han demostrado ser la mejor manera de conseguir la ansiada justicia social.

Especialmente en los tiempos que corren, con el “capitalismo de la vigilancia” advertido por Shoshana Zuboff, la posesión de valiosa información de millones de personas por parte de unos pocos gigantes tecnológicos es el nuevo petróleo para el movimiento comercial de las siguientes décadas. Sin la convicción de esos tenedores de datos sobre la dignidad de las personas y el bien común, sin la solidez moral que exige ciertas restricciones y autorregulaciones, será imposible frenar esa ola que podría derivar, como ya lo ha mostrado la experiencia, en importantes transgresiones al ser humano.

La discriminación y persecución por motivos raciales, religiosos y culturales sigue siendo un problema de dimensiones importantes. Quizá los equipos de futbol americano de la NFL señalan uno de los aspectos de este triste separatismo en su campaña que sensibiliza sobre los afrodescendientes. No obstante, hay otros ejemplos más extendidos, aunque menos mediáticos. Basta considerar las numerosas migraciones o asesinatos por motivos religiosos, como es el caso de grupos cristianos en tierras orientales, por citar un ejemplo. De nueva cuenta ni la tecnología ni la ciencia ni la NFL ni la legislación nos hará solucionar este problema de fondo. Es necesaria una cultura de mayor sensibilidad, comprensión, ayuda mutua y, sobre todo, absoluta convicción de la igual dignidad de todo ser humano, en todas las etapas de la vida, en cualquier contexto, edad, sexo o religión.

El uso indiscriminado de los recursos naturales ha tenido consecuencias importantes en la salud física y mental de personas y sociedades. Nos hemos dado cuenta de las implicaciones de no cuidar la naturaleza y de no respetar el fin que tiene cada aspecto que nos rodea.

De nuevo, una legislación no bastará para resolver este tema, si no somos capaces de avanzar en una conciencia universal de cuidar a profundidad el hogar común. La misma factura que nos está pasando la afectación a los ecosistemas es la que nos puede llegar si seguimos ignorando y transgrediendo aspectos torales de la condición humana, que análogamente tiene una naturaleza. El relativismo imperante que deja que cada quien actúe como quiera, al margen de compromisos morales sólidos, no nos ha legado una mejor sociedad.

La violencia en Ucrania nos ha devuelto cierta sensibilidad ante la tragedia de la guerra; sin embargo, la violencia en esferas sociales, familiares y mediáticas es una constante realidad en miles de rincones del planeta. Cualquier solución jamás será satisfactoria si no termina de tatuarnos la idea de que la solidaridad, la justicia y la misericordia son pilares fundamentales de cualquier tejido humano y social. Decía Aristóteles que, para lograr la concordia en la convivencia, era más importante la amistad que la justicia.

Lo mismo ocurre con los atentados contra la vida o integridad de las personas en distintas etapas, modos y escenarios, más allá de la guerra. No bastan medidas legales; es fundamental la convicción sobre el valor de una vida humana, incluso en los casos donde ésta parece inútil o sólo produce sufrimiento.

Los más altos logros tecnológicos, técnicos y económicos, si no abrazan una total convicción de buscar el bien de las personas y de comprometerse con la dignidad del ser humano, seguirán siendo incapaces de transmitir una esperanza, como ahora lo atestiguamos. Acentuar los desequilibrios e injusticias existentes tiene una probabilidad alta mientras no haya un cambio cultural en lo profundo de la persona y de los grupos de poder que toman decisiones. El futuro puede ser esperanzador,  pero tiene que partir de premisas humanas y morales sólidas, de tal modo que los crecimientos tecnológicos y económicos nos lleven a buen puerto.

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