Trabajo inteligente

Satya Nadella ha reconocido que las expectativas de los empleados están cambiando, y que la productividad no puede ser el único elemento de peso en las corporaciones, sino que también deben pensar en el bienestar de sus equipos, la flexibilidad, las oportunidades de crecimiento, el sentido de propósito y la felicidad.

La empresa estadunidense Gallup realiza un estudio anual en el que pregunta a los encuestados qué tan felices son. El informe, aplicado en muchos países y a miles de personas, arroja resultados preocupantes: en los últimos 16 años, el grado de infelicidad de la población mundial ha aumentado de 24% hasta 33%. En contra de lo que podría insinuar la intuición, la primera causa detrás de este descontento no es la pandemia ni la situación económica, sino la insatisfacción laboral.

Es sabido que, durante la pandemia, se llevó a cabo un fenómeno denominado “la gran renuncia”; cerca de cincuenta millones de estadunidenses dejaron sus trabajos, precisamente por causas relacionadas con la insatisfacción profesional. El límite e inusitado escenario derivado de la crisis sanitaria los llevó a replantearse su calidad de vida y a optar por modelos más favorables en términos de bienestar.

Las empresas tradicionales se han cuestionado esta situación con perplejidad y preocupación. El CEO de Microsoft, Satya Nadella, recientemente reconoció que las expectativas de los empleados están cambiando, y que la productividad no puede ser el único elemento de peso en las corporaciones, sino que también deben pensar en el bienestar de sus equipos, la flexibilidad, las oportunidades de crecimiento, el sentido de propósito y la felicidad.

Al mismo tiempo, las empresas se enfrentan tanto a la oportunidad como a la amenaza que representa la inteligencia artificial. En su más reciente libro, Hidden Potential, Adam Grant señala que, si las habilidades cognitivas eran las que nos distinguían de los animales, las habilidades del carácter son las que nos separan de las máquinas.

Características como la proactividad, la disciplina, la determinación, la adaptabilidad y la circunspección nos diferencian de la inteligencia artificial y, cada vez más estudios lo muestran, se han convertido en habilidades con creciente valor comparativo frente a las habilidades cognitivas.

Helen Keller decía que el carácter no podía desarrollarse en la quietud, sino en el reto y en el sufrimiento, donde el alma se fortalece, la visión se esclarece, la ambición se inspira y el éxito se consigue. En esa línea, el mundo corporativo premia la consistencia, el esfuerzo y la resiliencia. El carácter es fundamental para el éxito profesional. Es cierto. Sin embargo, no estar bien articulado con las emociones y con la razón, no garantiza estabilidad en el largo plazo. Es por eso que, actualmente, el carácter se entiende en un sentido más amplio, que implica tanto contar con principios como desarrollar la capacidad de vivir acorde con ellos.

Según los estudios del propio Grant, el progreso de los países desarrollados no se debe tanto al trabajo arduo, sino más bien al trabajo inteligente. Según sus conclusiones, el progreso, más que trabajar a “brazo partido”, implica ser capaces de desarrollar las habilidades críticas en el momento adecuado e implementarlas correctamente. Si el principio de trabajo inteligente aplica a los países, sin duda puede ser también una solución para el mundo de las organizaciones.

En el caso particular de nuestro país, diversos estudios muestran que los mexicanos son de los que más horas trabajan al año. Sin embargo, no estamos en los lugares más altos en productividad ni en eficiencia. Ante esta situación, precisamente el trabajo inteligente puede ayudarnos a hacer más con menos.

En un mundo donde la conciliación de intereses entre empresas y personas parecía distanciarse cada vez más, el concepto de trabajo inteligente puede ser un puente que beneficie a ambos. Trabajo inteligente significa saber distinguir entre fines y medios; ser exigentes en los qués, pero flexibles en los cómos; distinguir en qué momento una hora más de dedicación ya no agrega valor significativo a lo previamente logrado; utilizar una buena asignación de tiempos que equilibren lo personal, lo familiar y lo profesional.

El trabajo, en este contexto, debe tener un diseño inteligente por parte de los empleadores y una ejecución inteligente por parte de los colaboradores. Ese trabajo inteligente, que sabe descansar en las habilidades del carácter, puede ofrecer soluciones que abatan la insatisfacción laboral, potencien lo humano en tiempos de inteligencia artificial y maximicen el valor de las empresas no sólo en aspectos económicos, sino también en bienestar integral.

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