¿Y si Los Miserables, de Victor Hugo, pudieran enseñarnos algo sobre la identidad? ¿Y si las pinturas de Joaquín Sorolla pudieran revelarnos algo sobre la felicidad? ¿Y si la película La sociedad de los poetas muertos escondiera una lección sobre el manejo de las emociones? Así comienza la reseña, publicada en Ciudadela Libros, de la obra de Verónica Sarría titulada Terapia cultural.
El libro propone novelas, obras de arte y películas con un poder “curativo” para enfrentar algunas de las ansiedades del mundo actual. Hay obras clásicas, como Don Quijote de la Mancha, El Principito y Los Miserables, y otras más contemporáneas, como Las gratitudes, Comerás flores o El hombre en busca de sentido. También aparecen obras como El Grito, La noche estrellada o El pensador, y películas como La princesita, Perfume de mujer, La vida es bella o Intensamente.
Siguiendo la línea de Sarría, pienso que los libros, el arte y la cultura no se limitan a tener un efecto terapéutico frente a emociones amenazantes. Tienen, además, un valor fundamental en muchos otros ámbitos de la vida humana. Quizá esto resulte especialmente importante después de la inundación digital que hemos experimentado en los últimos años y frente a los excesos de unas tecnologías que, cuando abandonan el terreno de sus extraordinarias aportaciones, pueden terminar entrometiéndose en espacios de la vida donde más que ayudar, nos distraen, nos aceleran o incluso nos empobrecen.
Tomar un libro cuesta trabajo. Resulta mucho más sencillo abrir Instagram o TikTok y dejarse llevar por la sucesión interminable de imágenes y estímulos. Un libro, en cambio, exige detenerse, prestar atención y vencer ese pequeño “costo de arranque”. Pero una vez superado, cuando se trata de buena literatura, uno se engancha, disfruta, continúa leyendo durante un tiempo que ya no parece tan breve y, casi sin darse cuenta, no sólo se nutre y amplía su mente, lo hace de un modo pacífico y sosegado.
Josef Pieper insistió en la necesidad de recuperar espacios de contemplación frente a una cultura dominada por la actividad permanente. Se trata de la capacidad de detenerse ante las cosas y dejar que éstas nos hablen; propone otra manera de mirar, de pensar y de estar en el mundo.
En el ámbito educativo, esto adquiere una importancia todavía mayor. Las instituciones capaces de animar a sus estudiantes a profundizar en los textos, que lean libros completos, dialogar sobre las ideas que ahí encuentran y contrastar distintas obras literarias tendrán, sin duda, una ventaja competitiva sólida. Porque formarán alumnos con mayores conocimientos y también contribuirán a desarrollar personas capaces de pensar por sí mismas, de distinguir, de argumentar y de mirar la realidad con mayor profundidad. Y, curiosamente, tendrán más elementos para utilizar mejor las nuevas tecnologías.
Si Sarría, al igual que otros autores, propone obras para conseguir esa especie de terapia cultural, quisiera hacer mi propia lista. En el mundo del cine, Una mente brillante, que narra la vida del genio matemático John Nash y su lucha contra la esquizofrenia. Más allá de la extraordinaria historia de Nash, siempre me ha llamado la atención el papel de su esposa, Alicia, cuya actitud amorosa y paciente resulta indispensable para acompañarlo y ayudarlo a salir adelante a pesar de tantos desafíos. Es una película que habla de talento y enfermedad, pero también de amor, lealtad y esperanza.
En el mundo de la literatura, La vida sale al encuentro, de Martín Vigil, que narra las alegrías y tristezas de un joven que intenta encontrar sentido a su vida en medio de su familia, la escuela, los veranos, los amigos y las primeras experiencias amorosas. Es una historia cercana, porque aborda preguntas que, de una u otra manera, terminan acompañándonos durante buena parte de la vida.
En el arte, El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt. De profunda raíz evangélica, el cuadro ha inspirado a diversos autores a escribir libros sobre el perdón, la fraternidad y la filiación. Todo eso está plasmado en una escena aparentemente sencilla. Un padre que recibe y abraza a su hijo. Quizá ahí se encuentre una de las mayores fuerzas del arte: decir mucho sin necesidad de explicarlo todo.
Me animo a recomendar algunos otros libros: La vida lograda, de Alejandro Llano; Mi testamento filosófico, de Jean Guitton y, para poner algo más moderno y atractivo para quienes también disfrutamos del deporte, Open, de Andre Agassi.
Tal vez por eso la lectura, el arte y el cine puedan ser considerados una forma de terapia cultural. No sólo sirven para entender mejor la tristeza, manejar la ansiedad o desinflar al enojo. Nos ofrecen algo más profundo: una oportunidad para abrir la mente, cultivar el espíritu y engrandecer el corazón, para levantar la mirada y tener miras más altas sobre la manera de enfocar nuestra vida, para detenernos en medio del ruido, regresar a nuestro centro y tomar mejores decisiones.
Y, sobre todo, para volver a preguntarnos quiénes somos. Porque algunas de las mejores obras que ha producido la humanidad tienen esa extraña capacidad de hablarnos de nosotros mismos, incluso si fueron creadas hace siglos o en lugares muy lejanos. Tal vez ésa sea su verdadera dimensión terapéutica.
