Seamos serios

Al parecer nadie nos había avisado que nos encontrábamos en plena temporada alta del absurdo en la política de nuestro país. De ninguna forma se trata de minimizar los grandes esfuerzos, la metódica disciplina y la incesante creatividad de la cortesía política de nuestro país, durante las últimas décadas, para ofrecernos un espectáculo que, como un mínimo intento de clasificación, se le podría llamar tragicomedia —con un guiño obligado y agradecido al extraordinario José Agustín— o, como un acto de mayor justicia, colocarla en los anaqueles del esperpento y el absurdo. En efecto, no es nada nuevo emplear el símil de una obra teatral para tratar de explicar o, quizá, comprender con mayor precisión el pésimo actuar de quienes son los responsables de gobernar, de legislar sin fanatismos, y de cumplir a cabalidad con su papel en las diferentes áreas del servicio público; sin embargo, recurrir a esas comparaciones nos permiten recordar que desde hace varios siglos la caricaturización de todo actor político es parte de la crítica con la que una sociedad puede contar frente a quienes ostentan el poder. Por supuesto que el humor es una vía para desarticular la seriedad, la solemnidad y reverencial parsimonia que exige un gobierno que sólo permite y amplifica las expresiones afines a su percepción de la realidad.

En ese sentido, pocas cosas pueden ser tan favorables como una “comedia” alineada a los preceptos de la ideología y el fanatismo que se articula a partir de los contundentes mandamientos del gobierno en turno, pues la acidez de la crítica también puede consolidarse gracias a las flechas y dardos que son empleados para denostar a sus oponentes políticos. 

No obstante, lo interesante se llega a presentar cuando, de manera paralela, el humor y la risa resultan aún más efectivos para señalar las costuras de un gobierno que, por sí mismo, crea personajes y situaciones que llegarían a protagonizar cualquier de comedia de enredos, sátira política o cuadros de absurdo: sin hacer de lado la seriedad que requiere todo análisis y estudio acerca de la realidad de nuestro país, a veces sólo nos queda reírnos del drama que implica la corrupción, la incongruencia ética, la hipocresía y el cinismo de quienes pregonan superioridad moral y política. Así, desde los faraones egipcios, los reyes de Absolutismo francés y hasta el mismo Tercer Reich fueron el objetivo del humor, como todo aquel que se proclama la cúspide de la historia, como posibilidad para una sociedad que se expresa ante sus gobiernos. Por ello, es claro que el humor enoja a quienes son guardianes del plúmbeo gobierno en turno —y sus respectivos arlequines— a través de la cesura que puede adquirir un rostro que pase inadvertido frente a tantos problemas y situaciones de gravedad con la que suele teñirse lo cotidiano.

Ahora bien, que puedan existir instancias que intenten “regular” o mitigar el humor, la risa, el sarcasmo, la ironía, tampoco es nada nuevo. Sin embargo, lo que raya en el sinsentido es que el INE el que haya intentado impulsar una ley en la que se prohibiría colocar —en miras de las próximas elecciones— a quienes pretender ser las y los candidatos en dicha contienda como protagonistas de la crítica sardónica y, quizá, la más contundente posible. En efecto, la llamada “Variable 14” que implicaba un monitoreo exhaustivo de todos los medios para detectar que no se rozara a las y los candidatos con el pétalo de la risa. ¿De cuándo acá, oiga?, ¿cuál es el peligro, eh?, ¿para qué tanta seriedad? ¡Cuánta gravedad!

En efecto, a pesar de que dicha iniciativa fue rechazada de forma unánime por quienes integran el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación —“ah caray, ¿y eso?” dirían otros más—, no podemos pasar por alto que dicha propuesta no sólo existió, sino que hizo eco entre quienes son los responsables de un proceso electoral que aspiraría a ser democrático. Y poco puede erosionar la búsqueda por la democracia como el silenciar la crítica que se articula a través de la caricaturización de quienes quizá actúan bajo el amparo del cinismo y la impunidad. Lo gracioso es el intento por controlar esto y no señalar las ominosas precampañas que hoy se llevan a cabo, por ejemplo.

Quizá sea prudente y oportuno recordar las palabras de Amos Oz que, en su libro Contra el fanatismo (Siruela, 2003), nos dice con una leve sonrisa: “[...] El sentido del humor es un gran remedio. Jamás he visto en mi vida un fanático con sentido del humor. Ni he visto que una persona con sentido del humor se convirtiera en un fanático, a menos que él o ella lo hubieran perdido. Con frecuencia los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor. Tener sentido del humor implica habilidad para reírse de uno mismo…”.

Vamos por un café para seguir nuestra conversación y reírnos un poco más.