Socialismo individualista
La sospecha ante la relación desinteresada, la aparente imposibilidad de conectar profundamente con los demás, el miedo a compromisos definitivos y la defensa a ultranzade una libertad entendida en términos absolutos son algunas de las características propiasde las corrientes actuales y no parece que estos derroteros sean los más afortunados.
A pesar de que en la cultura actual prevalecen las ideas socialistas, la realidad práctica parece estar más bien marcada por el individualismo. El discurso privilegia la igualdad y el desarrollo comunitario, mientras que las acciones favorecen más la preocupación individual alejada de un verdadero crecimiento social.
“Tienes que ver por ti”, “dedícate tiempo”, “quiérete a ti mismo” y otras frases similares son muy actuales y sin duda importantes para el desarrollo de la propia personalidad. Sin embargo, cuando su raíz implica una desconfianza en la capacidad del don o en la posibilidad de encontrar respuestas en los demás, puede traer consigo el peligro de evasión de la enorme riqueza que deriva de las relaciones humanas.
En generaciones anteriores encontrábamos modelos de vida sumamente sacrificados que, con mucha generosidad, no escatimaron esfuerzos para sacar adelante una familia, un matrimonio y diversas causas legítimas. En esa lucha no fueron poco frecuentes los extremos, en los que el sacrificio parecía un movimiento automatizado, carente de verdadera libertad, como la fidelidad al cónyuge o a los hijos valorada como un simple deber. Como consecuencia, surgieron muchos reclamos, vinculados especialmente con la parte afectada de la ecuación, quien sacrificó mucho a cambio de poco. Las voces de reclamo derivaron en nuevas aspiraciones, dirigidas a no descuidar la propia persona a costa de otros.
Cuando el énfasis se centra de modo excesivo en el propio yo —más allá de unos límites razonables— y la desconfianza en el otro se convierte en común denominador, esto nos lleva a otro extremo también inconveniente, pues las relaciones sociales se reducen a meros acuerdos, negociaciones, juegos o pactos, lo que implica un modus vivendi totalmente volcado hacia uno mismo, sin las convenientes aperturas e intercambios que tanto bien hacen a propios y ajenos.
“Vivir significa estar solo; nadie conoce al otro; cada cual está solo”, señalaba con elocuencia Herman Hesse. Albert Camus, por su parte, sentenciaba que hablar con el otro era como interponer una pared de vidrio opalino: “Nos vemos pero no nos vemos, estamos cerca pero no podemos acercarnos”, enfatizaba de modo tanto sugerente como angustioso el famoso novelista francés.
La sospecha ante la relación desinteresada, la aparente imposibilidad de conectar profundamente con los demás, el miedo a compromisos definitivos como el matrimonio, el rechazo a proyectos de largo plazo y la defensa a ultranza de una libertad entendida en términos absolutos son algunas de las características propias de las corrientes actuales y no parece que estos derroteros sean los más afortunados. El juego defensivo de la desconfianza arrincona posiciones, encorseta e incluso elimina la capacidad de la creatividad social.
El activismo digital se presenta como una alternativa entretenida, pero no hace más que anestesiar la desconfianza y convertirse en una nueva forma de prisión. La persona se contrae, se autolimita, genera un enrejado de la propia soledad. Y este miedo al intercambio personal hace que el otro también se repliegue. En ese estado, la reconciliación de un yo con un tú se vuelve más difícil. Como consecuencia, todos perdemos inmersos en este círculo vicioso.
Una solución propia de numerosas técnicas actuales de meditación consiste en resolver a través de la disolución del yo; descansar en la nada. El encuentro con el vacío genera una cierta tranquilidad, una paz que evita los propios demonios, pero también abstrae del mundo exterior de fricciones y del desgaste natural de las relaciones humanas. Por su parte, en el día a día, generamos reglas y procesos para minimizar el riesgo y vivir del modo más ordenado posible. Generamos acuerdos, incluso, con instintos propios y ajenos, evitando lo más posible nuevos desgastes. Sin embargo, ni la nada como filosofía de vida ni el activismo desconfiado parecen ser una solución definitiva.
Me cuesta trabajo creer que realmente sea mejor apostar a la nada que al ser; que el repliegue sea mejor que la apertura y el individualismo sea mejor que la riqueza que conllevan las relaciones humanas. La autoreferencialidad no parece ser ni el mejor camino, ni el más claro, de cara a la alteridad.
Ante el extremo de sacrificarse ciegamente por otros con el riesgo de atentar contra la propia persona, el encorsetamiento no parece ser la mejor solución, ya que simplemente traslada la prisión de la dependencia en otros hacia el enquiste del yo. El discurso social tan presente en la actualidad tiene el enorme reto de generar una verdadera cultura de confianza alejada del individualismo.
