Rescatar la belleza
La vida nos ofrece numerosas oportunidades de descubrir la belleza, pero nuestra sensibilidad estragada nos impide hacerlo
Robert Bolt, famoso escritor, guionista y dramaturgo inglés, ganador de dos premios Oscar y un Globo de Oro, reflexionó en una entrevista con Charles Marowitz sobre la creciente tendencia en el mundo del teatro hacia la “cultura del impacto”. El autor de A Man for All Seasons y quien también adaptó Doctor Zhivago al cine, se preocupó del enfoque excesivo en “llamar la atención” y, con su sentido del humor inglés, señaló que aquello podría derivar en escenarios que se limitaran a gritar obscenidades al público.
Más allá de la sugerente ironía del británico, no cabe duda que la sociedad —y no sólo el mundo de las artes— ha privilegiado en las últimas décadas aquello que logra mayor impacto en los distintos públicos. La mercadotecnia digital ha logrado encaminar los hábitos de consumo en muchas personas. Los políticos buscan mensajes de alta retención en los posibles votantes. El Super Bowl es de los ejemplos más emblemáticos en ese “teatro de alto impacto”. El mundo actual no carece precisamente de espectáculo y las fuerzas que buscan llamar nuestra atención son cada vez mayores. Sin embargo, el costo ha sido, en ocasiones, no solo el mal gusto que preocupaba a Bolt, sino también nuestra capacidad de apreciar la belleza.
La palabra estragar se suele emplear para ilustrar el daño físico o moral causado por algún exceso. Se puede estragar al oído después de escuchar sonidos muy fuertes, estragar el paladar cuando comemos algo sumamente picante o estragar la sensibilidad cuando nos acostumbramos con indiferencia al sufrimiento del más necesitado. En esa línea, la cultura de lo digital, sumada al impacto, puede estragar la vista y, específicamente, nuestra capacidad de valorar lo bello. Las imágenes sensoriales, el exceso de luces, el continuo movimiento y la falta de descanso a los ojos pueden afectar no sólo nuestros ojos, sino también nuestra capacidad de apreciar la belleza.
Las campañas políticas han estragado nuestra capacidad de apreciar la bondad de lo que tendría que ser una actividad noble como es el arte de gobernar. La frecuente vulgaridad en el entretenimiento ha estragado nuestras posibilidades de disfrutar las bellas artes. Ejemplos podríamos citar muchos más y todos nos llevan a una importante conclusión: el enfoque reduccionista hacia el impacto, si además se desliga de aspiraciones humanas nobles, puede conducir a la falta de aprecio tanto de la belleza como de la realidad misma.
¿Por qué los seres humanos buscamos experimentar la belleza? Por el hecho de tratarse de una experiencia humanamente gratificante. No se requieren aspectos utilitarios o prácticos, sino sólo nuestra inclinación a disfrutar de lo bello.
La belleza implica el despertar de las pasiones. Nuestra capacidad de gozo, amor, esperanza, se maximizan ante el estímulo de algo bello. Por ello, la belleza es profundamente humana, nutre nuestra sensibilidad, alimenta nuestra inteligencia y predispone a la voluntad. Sin embargo, si no se logra algo más que el simple despertar de las pasiones, aquello corre el riesgo de volverse en contra nuestra, pues las pasiones son manipulables. Por ello, la belleza logra su plenitud cuando se une a lo bueno y a lo verdadero; lo que los griegos denominaban kalokagathía. La cultura del impacto puede romper la conexión de la belleza con la verdad y estragar el paladar.
La vida nos ofrece numerosas oportunidades de descubrir la belleza, pero nuestra sensibilidad estragada nos impide hacerlo. El cuerpo humano, quizá lo más hermoso de todo lo que existe, ha sido reducido por la vulgaridad y el erotismo a dimensiones mucho más pobres de lo que verdaderamente es.
¿Cuáles son los atributos de las cosas bellas? En la visión de Platón, lo bello se relacionaba con la medida adecuada o con lo debido. En la de Aristóteles, con el orden, la simetría o la precisión. En ese sentido, los griegos nos alertaban sobre posibles orientaciones desviadas de nuestra propia sensibilidad. Lo torcido, lo perverso o lo desfigurado, quizá podrían excitar nuestros sentidos, pero no necesariamente llevarnos hacia lo plenamente humano.
Basta con observar a la sociedad actual para damos cuenta de que hemos ganado en flexibilidad y apertura ante posiciones sumamente rígidas de las generaciones anteriores. Al mismo tiempo, esos aires de libertad han desencadenado con no poca frecuencia en excesiva vulgaridad. Lo de mal gusto, lo mal educado y lo tosco han ganado lugar en sitios donde el costo ha sido, precisamente, la belleza.
Ante el protagonismo de lo vulgar, es necesario rescatar todo aquello que inspire al ser humano y lo eleve a estándares altos, basados en la potencialidad de lo genuinamente humano. Lo culto, lo refinado, lo que une, lo bello podría dar una dimensión muy distinta a nuestro modo de ver el día a día. Todo aquello que obtenga lo mejor de nosotros y nos haga ver el mundo con mayores tintes de hospitalidad y sentido de hogar.
Entre las grandes batallas culturales del mundo actual, el rescate de la belleza ocupe un lugar prioritario. Distintas manifestaciones artísticas, como la música o la literatura, fundadas en una sólida concepción del ser humano, serían un salvavidas para nuestros sentidos estragados. Cuánta falta hacen hoy los espíritus exquisitos y las mentes geniales que potencien nuestra sensibilidad.
