Mirar hacia atrás para mirar hacia adelante
El conservadurismo y el progresismo son irreconciliables antípodas. El primero vinculado a la autorreferencialidad y el segundo, al vaciamiento interior. Quizá uno con tintes narcisistas y, el otro, servilista e instrumental.
En el marco de un fin de semana dedicado a la celebración del aniversario de la Independencia de México, devienen casi naturales pensamientos sobre nuestra historia. Y también sobre el futuro; más, incluso, dado el actual proceso de selección de candidatos a la Presidencia de nuestro país. Las reflexiones nos llevan a analizar las crisis por las que atravesamos y, al respecto, resuenan clarividentes las palabras de Gramsci, quien señalaba que la verdadera crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer.
Renegar de lo antiguo sólo por un deseo de futuro se convierte en un progresismo sin fondo. Es la idea de romper con el pasado “porque es pasado”. Es aspirar al futuro dejando de lado las propias raíces y el conocimiento que con el tiempo se capitalizó. Se trata de un afán de cambiar por cambiar, asumiendo que lo futuro es mejor que lo pasado, quizá simplemente porque no ha sucedido.
Desde la perspectiva opuesta, es decir, cuando lo nuevo no puede nacer, la lógica prevaleciente se parece al conservadurismo. Detenerse en el pasado, aferrarse a la seguridad de lo anterior sin tener en cuenta ni el futuro ni el innegable y subyacente cambio del río vital, dejando con ello de aspirar a realidades mejores. Prevalece una dialéctica retrógrada, se huye de las referencias externas y nos atamos al statu quo.
Una sociedad sana, en cambio, desea el progreso o, para decirlo de modo más preciso, el desarrollo. Evolucionar es un valor positivo. Implica un antes y un después, una mejora atestiguada a través del tiempo. Una evolución congruente, a la vez, con las propias raíces: sabiendo encontrar en nuestro pasado las fuerzas invisibles que han significado pilares sólidos y, también, el filtro que aparta lo que ya no sirve. Muchas organizaciones y empresas testimonian que es posible ese maridaje.
En una entrevista, el anterior CEO de Lego, Jorgen Vig Knudstorp, comentó que —en alguna de las crisis organizacionales— decidieron preguntar a sus fans qué era aquello que les hacía apasionarse con sus productos. Redescubrieron muchas cosas del corazón de la empresa que curiosamente habían olvidado. Al recordar ese core fueron capaces de diseñar nuevos productos. Knudstorp cerró su intervención asegurando que esa empresa pertenecía a sus fans y que él simplemente la administraba, mostrando un respeto por sus clientes y una responsabilidad que, sin duda, deja un ejemplo a políticos, empresarios y líderes sociales. Por algo, los fabricantes de juguetes ensamblables siguen siendo un referente mundial, y es que han sabido articular sus raíces con una admirable innovación.
El conservadurismo y el progresismo son irreconciliables antípodas. El primero vinculado a la autorreferencialidad y el segundo, al vaciamiento interior. Quizá uno con tintes narcisistas y, el otro, servilista e instrumental. Históricamente, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, en el mundo bipolar de capitalismo y comunismo, ambos extremos han tenido consecuencias negativas.
Cuando hablamos de nuestro país, no exagera el cantautor mexicano Fernando Delgadillo al señalar que “siempre nos inflama el pecho”. Hablamos de una cultura con una riqueza inigualable. A la vez, con la posibilidad de aprender de las mejores prácticas de tantos otros países y culturas. No obstante, cometemos dos pecados con referencia al pasado: en ocasiones no lo valoramos con profundidad o, en otras, nos aferramos a viejas anclas incapaces de dejar la comodidad y ser más ambiciosos. En ese sentido, un artículo de Harvard Business Review, escrito por Ranjay Gulati, me parece un excelente antídoto a la preocupación de Gramsci: “Para ver el camino hacia adelante, mira hacia atrás”.
Se trata de tener no sólo la habilidad de adaptarnos, sino también de transformarnos: ésa es la competencia que se requiere para tener futuros más promisorios. Aplica a las empresas, a los gobiernos, a las organizaciones y también a cada persona. Precisamente, dándole la vuelta a la frase de Gramsci, en contraposición con numerosos discursos actuales de carácter maniqueo, sería deseable conservar lo antiguo y dejar nacer lo nuevo. Sí. Así. Al mismo tiempo. Mirar hacia atrás y mirar hacia adelante.
