Mimetismos
El poder se convierte en el objeto común que se desea y genera el mimetismo en tensión. Lo que no deja de llamar la atención, a pesar de ser un fenómeno antiguo, es precisamente el deseo de poder, cuya obtención está dispuesta a transgredir numerosos límites y a olvidar escenarios ganar-ganar que propicien el bien común.
René Girard fue miembro de la Academia Francesa y profesor de importantes universidades como Stanford y Johns Hopkins. Estudioso de numerosos maestros de la literatura, como Shakespeare o Dostoyevski, concluyó que el deseo humano es al mismo tiempo mimético y triangular. Mimético, debido a que muchas veces deseamos algo porque otros lo desean. Triangular, puesto que, además, establecemos una tripartita vinculación entre las personas a quienes imitamos, el objeto deseado y nosotros mismos.
Pongo un ejemplo: es posible que Stranger Things sea una serie atractiva. Sin embargo, el hecho de que muchos otros la estén siguiendo y hablen bien de ella aumenta mi deseo de verla y genera la triple conjunción referida. Presenciamos, por tanto, una especie de círculo atrayente donde lo deseado se multiplica por la recomendación de otros; regla básica de la mercadotecnia.
Sin embargo, desde otra perspectiva y especialmente en ámbitos como el político, lo que encontramos es un excluyente círculo vicioso derivado del deseo compartido: “el poder es para mí y no lo comparto”, suponen algunas ideas contemporáneas. En este caso, el deseo compartido por los aspirantes al poder, más que una vinculación triangular virtuosa, lo que produce es una tensión que lleva a ambos bandos a buscar caminos similares para obtener el mismo fin.
El caso me recuerda aquella leyenda de la Casa de los Azulejos en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Dos hidalgos entraron en su coche por los extremos del callejón contiguo y, al no haber espacio para pasar al mismo tiempo, ninguno quiso retroceder debido a la humillación que suponía. Pasaron tres días hasta que el virrey determinó que cada uno tomara una ruta distinta, yendo uno hacia la calle Tacuba y el otro hacia la Plaza Guardiola. Con la perspectiva del tiempo, lo que luce más vergonzoso no es el retroceso de los carros para que uno de los dos pasara, sino la pérdida de tiempo, sencillez y sentido común que exigió el dictamen de un virrey para destrabar aquel callejón de vanidades.
En muchos escenarios políticos actuales, especialmente en aquellos que se reducen a dos contendientes con posibilidades reales de triunfo, la historia se repite. Cuando surge un deseo mimético que se fija en un objetivo común pero excluyente, el efecto inmediato es la tensión. De inmediato comienza el conflicto. Más pronto que tarde surgen los grupos que culpan a los otros, buscando alejar al oponente del objetivo. A diferencia del virrey prudente que llega a una decisión salomónica, en la arena política el vencedor pasará por encima del vencido y, con frecuencia, intentará rematarlo.
Ésta es, precisamente, una de las lecturas que se pueden hacer de la polarización actual: vías sin salida con dos gladiadores donde sólo uno triunfará. El poder se convierte en el objeto común que se desea y genera el mimetismo en tensión. Lo que no deja de llamar la atención, a pesar de ser un fenómeno antiguo, es precisamente el deseo de poder, cuya obtención está dispuesta a transgredir numerosos límites y a olvidar escenarios ganar–ganar que propicien el bien común.
El gobierno como servicio parece un cuento de hadas propio de una galaxia distinta. Siguiendo la analogía de Girard, si el objeto fuera el bien común se daría, por tanto, el triángulo mimético positivo; al ser el poder, la confrontación es la consecuencia común.
Si el sistema político actual parece ese callejón sin salida, habría que pensar si el callejón se puede ampliar, si las reglas se pueden enriquecer o si existe algún mecanismo para cortar el mimetismo negativo en el que la suma de los participantes sea cero o, peor aún, de mayores retrocesos.
El hecho de que un objetivo común, como puede ser el poder, sea excluyente, es un principio mal trazado. La lógica subyacente de deseo y poder impide un estadio social y cultural más maduro. Al menos el diagnóstico del problema y el diálogo para generar soluciones es positivo y fértil. Cambiar esa racionalidad implicaría una verdadera transformación social, no fácil en el corto plazo, pero que, sin duda, es una apuesta por la que urge sembrar.
