Mi hermano Jaime

Hace unos días falleció mi hermano Jaime. Su partida conmovió a muchas personas. Vivió 59 años con una fuerte discapacidad y, sin embargo, nos regaló un ejemplo entrañable de vida, acompañado siempre por el cariño y la entrega de nuestros padres. Además del dolor ...

Hace unos días falleció mi hermano Jaime. Su partida conmovió a muchas personas. Vivió 59 años con una fuerte discapacidad y, sin embargo, nos regaló un ejemplo entrañable de vida, acompañado siempre por el cariño y la entrega de nuestros padres. Además del dolor de la noticia, estos días me han llevado a reflexionar sobre los retos que supone la discapacidad y sobre aquello que puede permitir que quienes la viven tengan una existencia plena y feliz.

En su caso, desde los primeros meses no se sabía si lograría caminar, hablar o escuchar. Después de varios tratamientos en Suiza y Estados Unidos, dio sus primeros pasos a los cinco años. Era sordo; con aparatos alcanzaba a escuchar un poco, aprendió a comunicarse oralmente con esfuerzo y siempre tuvo dificultades de coordinación motriz.

Gracias a escuelas especiales y a la dedicación constante de mis papás, aprendió a leer los labios, a leer y escribir, y a hacer cuentas básicas. Intentó incorporarse al sistema educativo tradicional, pero no avanzó mucho. Encontraron entonces un centro educativo donde le enseñaron oficios simples, hacer las compras, cuidar la casa o cocinar platillos de baja complejidad.

Desde el principio, mis padres optaron por educarlo de la forma más libre, normal e independiente posible. Así, a pesar de sus limitaciones, lo veíamos jugar al aire libre, ir a campamentos, asistir a las reuniones familiares y ayudar en casa como uno más. No era raro que saliera solo a hacer un encargo, fuera a la tienda o incluso a cortarse el pelo por su cuenta.

Pasábamos tardes jugando UNO, Rummy Q o Continental. En vacaciones disfrutaba el mar con su chaleco salvavidas y le encantaba la alberca. Se divertía con El Chavo del 8 y seguía los deportes con entusiasmo en la televisión; siendo mi hermano mayor, le heredé la pasión por el futbol e, incluso, jugábamos juntos. Creció en la fe católica, aprendió las oraciones elementales, hizo su Primera Comunión y mantuvo siempre una relación confiada con Dios.

Esa visión de mis padres de formarlo en independencia, con sensatez y prudencia, le ayudó a forjar un carácter admirable. Jaime se atrevía a todo. Desde lanzarse de una tirolesa hasta subirse a un “parachute” en la playa. Esa valentía lo preparó para afrontar obstáculos cada vez mayores. Con el tiempo, su aprendizaje formal llegó a un límite. Entonces, uno de mis hermanos lo empleó en su empresa. En las mañanas ayudaba en tareas sencillas y por las tardes disfrutaba salir a tomar café, leer la sección deportiva del periódico o revistas de futbol.

Al llegar a los 40 o 50 años su salud comenzó a deteriorarse. Caminaba con dificultad y tuvo varias caídas que le obligaron a usar silla de ruedas prácticamente todo el día. Luego sufrió dos neumonías; la última le dañó un pulmón y lo obligó a usar oxígeno de forma permanente. Meses después, falleció tras un problema respiratorio. Jaime era una persona generosa, alegre, valiente, cariñosa, detallista, humilde. Disfrutaba las cosas más sencillas de la vida, que, en realidad, tendrían que ser las más importantes. Reía con frecuencia y apreciaba que le gastaran bromas. Le gustaba comprar tarjetas de cumpleaños y escribir a sus hermanos para felicitarlos.

Fue el segundo hermano de cinco, cuya hermana mayor falleció de leucemia, duelo que él mismo vivió y padeció. Tenía trato con Dios a través de una piedad de niño. Rezaba todos los días y con frecuencia traía un rosario en la mano. En las noches le daba un beso a una figura de madera de la Virgen María.

En general, su infancia y juventud fueron momentos muy alegres en compañía de papás, hermanos, primos, tíos y amigos. Se aficionó especialmente al Cruz Azul, al Barcelona, a Alemania y a Dallas. El Barcelona le dio muchas alegrías y el Cruz Azul, muchas frustraciones. En esta nueva etapa en el cielo, si el Cruz Azul es campeón este año, ¡estaremos seguros que es su primer milagro!

La vida de Jaime, como la de tantas personas con discapacidad, estuvo llena de dificultades. No fue una historia perfecta. Tenía momentos de enojo, frustración o berrinches. En casa también había miedo, tristeza y preguntas sin respuesta. La fe a veces se nublaba, como ocurre en cualquier familia. Los últimos años, cuando el estaba aún más limitado, fueron especialmente difíciles en cuanto a su cuidado, situación que nos estresaba a todos sus seres queridos. A todo esto se sumaban dificultades externas, como una sociedad que pocas veces entiende estas realidades, un mundo que discrimina lo que considera “menos útil” y una cultura que evita el dolor a toda costa, como si el placer fuera lo único importante. En los años setenta había pocas herramientas; hoy México ha avanzado, pero aún queda mucho por hacer, sobre todo en el cambio cultural necesario para comprender y acompañar mejor estas situaciones.

En nuestra experiencia, lo que marcó la diferencia no fue la formación de su carácter o su independencia, sino sobre todo dos raíces profundas: la fe y el cariño. Saber que Dios estaba a nuestro lado y sentirnos sostenidos por Él, y, al mismo tiempo, que Jaime se sintiera querido de verdad por la gente cercana. Las personas con discapacidad suelen devolver multiplicado el amor que reciben.

Aunque la vida no es fácil, historias como la suya nos iluminan y nos arrancan una sonrisa profunda. Nos hacen ver que la felicidad puede ser compatible con el sufrimiento; que las vidas generosas suelen ser recompensadas; que las alegrías y las penas pueden formar un curioso tejido lleno de fecundidad. Relatos de vidas que, no exentas de dificultades, lograron trascender, amando la vida profundamente, con todos sus matices, buenos y malos. ¡Gracias, Jaime, pues tu vida ha valido la pena!

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