Meritocracia en crisis, ¿es posible la meritocracia?
El sistema meritocrático americano ha propiciado una estructura paralela que prepara estudiantes para ingresar a instituciones de educación superior de prestigio. El acceso a estos mecanismos supone inversiones de dinero para preparar a los postulantes y, por tanto, los segmentos de mayores ingresos son los que tienen más posibilidades
En una reunión con educadores, Barack Obama elogiaba el sistema meritocrático americano. En su opinión, la formación universitaria sería el principal mecanismo de movilidad social ascendente en Estados Unidos. Si bien no prometía la igualdad de resultados, sí presumía la igualdad de oportunidades. “Da igual quién seas, qué aspecto tengas, de dónde vengas, puedes conseguirlo”, concluía el entonces mandatario.
Por su parte, los europeos se muestran más pesimistas en cuanto a las posibilidades de “ascender”. Al ser sociedades con menor tolerancia a la desigualdad, aspiran menos a elevar su nivel socioeconómico. En cambio, los norteamericanos, amantes de la libertad y la iniciativa individual, exageran las expectativas de lo que puede generarles su ética de “trabajo duro”.
James Conant, quien fuera rector de la Universidad de Harvard, intentó cambiar el sistema de ingreso a la universidad y transitar a un modelo meritocrático. Anteriormente, Harvard admitía, sobre todo, hombres blancos originarios de la costa del este, principalmente protestantes, graduados de escuelas privadas; católicos y judíos eran difícilmente aceptados y muy pocas mujeres ingresaban.
A pesar de la buena intención de Conant, el resultado no ha sido tan positivo. El prestigioso profesor de Harvard, Michael Sandel, escribió un libro llamado La tiranía del mérito, en el que explica que, si bien existe una mayor diversidad en las aulas universitarias, en realidad no se ha conseguido una mejor expectativa de vida para las clases americanas menos favorecidas. El sistema meritocrático americano ha propiciado una estructura paralela que prepara a estudiantes para aprobar exámenes e ingresar a instituciones de educación superior de prestigio. El acceso a estos mecanismos supone inversiones de dinero para preparar a los postulantes y, por tanto, los segmentos de mayores ingresos son los que tienen más posibilidades. Ésta, entre otras razones, ha impedido el sueño meritocrático.
Según Sandel, la postura del expresidente Obama forma parte de un discurso sumamente atractivo, pero difícilmente aterrizable. Existen casos de éxito, sin duda, pero sería ingenuo suponer que puede formar parte de una estrategia global de educación. Sandel propone un modelo alternativo que le resta importancia al examen SAT y elimina preferencias por tradiciones familiares o capacidades deportivas.
Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del mundo. Sus universidades destacan entre las mejores del mundo y su investigación ha favorecido la innovación y transferencia tecnológica de modo sorprendente. La sólida estructura universitaria tiene una alta correlación con su éxito como país. Sin embargo, su educación, su política, su sociedad y su sistema meritocrático parecen estar en crisis.
No deja de llamar la atención la tensión propia del sistema norteamericano. La libertad es de los bienes más apreciados en su cultura: la posibilidad de hacer lo que cada uno quiera y, en ese mismo sentido, las expectativas de crecer aparentemente sin límites gracias al esfuerzo personal. Sin embargo, en la realidad, numerosos factores limitan las libertades individuales. Con frecuencia, esos límites provienen de las decisiones libres de otros con mayor poder y no tanto de criterios de bien común.
- Si el país más poderoso del mundo se enfrenta a estas complicaciones, no menores son las que se viven en naciones desfavorecidas. ¿Es realmente factible establecer un sistema meritocrático desinteresado? ¿Cómo se resuelven las tensiones entre libertad e igualdad? ¿Cómo establecer mecanismos que permitan el desarrollo al mismo tiempo que favorecen a los más necesitados? No estoy seguro que la propuesta de Sandel realmente solucione el problema, aunque sí estoy de acuerdo con él en que la educación cívica, la conciencia social, la prudencia y la necesidad de educar en la lógica del bien común son tan insuficientes como prioritarios hoy en día.
