Legados universitarios: réquiem por ellos

Un rector entregado, humanista y afable. Un decano profesional, generoso y cordial.Una alumna alegre, amable y servicial, dentro de un sinnúmero de historias de fallecidos.

La comunidad de la Universidad Panamericana fue sacudida esta semana por la noticia del fallecimiento de Félix Todd, director de la Facultad de Derecho en el campus de la Ciudad de México. No mucho tiempo atrás, la Universidad Iberoamericana padeció una noticia similar, aunque con tintes más dramáticos por tratarse del deceso de su rector, Saúl Cuautle. A mitad del año pasado, dos trabajadores administrativos universitarios sufrieron la pérdida de su hija Brenda, alumna de Enfermería.

Un rector entregado, humanista y afable. Un decano profesional, generoso y cordial. Una alumna alegre, amable y servicial. Tres ejemplos dentro de un sinnúmero de historias –entre otras los 50 universitarios de la UNAM fallecidos por covid– que hemos vivido en distintas instituciones educativas estos dos años. Si bien es innegable que los fallecimientos son noticias muy tristes, también es cierto que nos encaran con una realidad extrema que incentiva a reflexionar sobre lo importante, en este caso de la vida universitaria.

Cuando hablamos de las universidades, con frecuencia pensamos en sus instalaciones, en sus cafeterías o sus servicios. Al analizar los rankings universitarios, detectamos que la investigación es lo que tiene mayor peso, o, para ser más precisos, el número de productos de investigación y otros derivados cuantificables. En el caso de las universidades públicas, es común detenerse en discusiones presupuestales. Ahora, en nuestro país, en relación con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), el debate más bien se ha orientado hacia qué merecemos o no las universidades privadas o sobre la pertinencia de nuestra oferta de posgrados.

Curiosamente, muchos estudios sobre lo realmente importante en los años universitarios apuntan en direcciones distintas. Richard Light llevó a cabo una investigación (2001) en Harvard donde descubrió que cuatro de cada cinco estudiantes de esa casa de estudios referían que lo más significativo de su vida universitaria habían sido las experiencias fuera del aula. En 1987, Arthur Chickering y Zelda Gamson concluyeron que las dos mejores prácticas para una buena educación universitaria eran promover el contacto entre estudiantes y profesores, así como la reciprocidad entre estudiantes. En 2013, Kuh y O’Donnell publicaron los resultados de su investigación donde aseguraban que lo más relevante era plantear expectativas altas a los estudiantes, además de garantizar la inversión de tiempo y esfuerzo de modo consistente en proyectos que valieran la pena. La Universidad de Duke, por citar otro ejemplo, ha hecho famosa la Duke difference, que consiste sencillamente en crear relaciones con significado para la vida durante los años de college.

Mientras las preocupaciones, discusiones y presupuestos suelen atender aspectos legítimos aunque no siempre sustanciales de la realidad universitaria, el legado de los grandes universitarios y la educación superior en general apuntan a temas más trascendentes; asuntos que aparecen poco en la agenda política, mediática o reputacional, pero marcan la profesión –incluso en alta correlación con el éxito– y la vida de las personas.

En el caso de nuestra comunidad universitaria, seguramente nuestras memorias quedarán positivamente marcadas por el invaluable ejemplo de un directivo que no tenía agenda personal, sino un afán de hacer crecer, a través de la educación, o una alumna que inspiraba a sus compañeros y padres por su actitud de vida. La comunidad Iberoamericana recibirá mañana lunes a su nuevo rector, magnífica persona, también, sin dejar de recordar el legado del anterior, cuyo humanismo resultó transformador para muchas personas. Cualquier persona

–profesor, alumno o administrativo– que intente encarnar el espíritu de su institución y los nobles principios universitarios, dejará un legado sustancial. Al mismo tiempo, son momentos donde se aprecia de modo especial la cercanía y solidaridad de las comunidades humanas, valores que en ocasiones perdemos de vista en la vida cotidiana.

Experiencias en el aula y fuera de ella; las amistades que se generan y serán para toda la vida; la relación profesor-estudiante impregnada de respeto que trasciende las relaciones meramente formales o de prestación de servicios; la exigencia basada en la confianza de lo que el otro puede dar y que además lo engrandece; las altas expectativas que tanta falta hace inspirar en las comunidades jóvenes; trabajos de investigación serios y profundos orientados con afán por mejorar a la sociedad a través de la generación del conocimiento. El legado de los universitarios trasciende los medios materiales o a las estrategias administrativas, pues representa y transmite un espíritu y una cultura.

John Tagg estableció hace muchos años la llamada regla de oro de la Universidad: “Haz lo que quieres que tus estudiantes hagan. Sé lo que quieres que tus estudiantes sean”. Quizás el fallecimiento de personas que podían haber vivido muchos más años productivos y felices resultan muy dolorosos; sin embargo, son oportunidades para volver a distinguir lo verdaderamente importante de la realidad universitaria como de la vida misma.

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